Entries from enero 2013 ↓

McNamara y la ola

Iván de la Nuez

Garret McNamara ha hecho esto con una ola de 30 metros. 

Marcador

Negrofilia

Iván de la Nuez

Lincoln y Django se han desencadenado. De la mano de Spielberg y Tarantino, presidente y esclavo consiguen dar otra vuelta de tuerca a ese síntoma de la cultura occidental que se ha venido consolidando en el último siglo: la paulatina incorporación –en positivo– del mundo de los negros al arte de los blancos.

Desde los tiempos de la vanguardia hasta los del multiculturalismo, del cubismo al pop, del gospel al rock, de la reivindicación de las raíces a la obsesión por el desarraigo del arte global, la historia de la negrofilia, sin menoscabar sus buenas intenciones, ha estado plagada de ambigüedades, malentendidos o racismos encubiertos. En ella, se acomodan el Picasso que se lanza a por las máscaras africanas a principios del siglo XX y los judíos fundadores del sello Blue Note que cobijan a los jazzistas negros en tiempos de la segregación…

Si saltamos hasta los años sesenta -que es saltarse a Elvis- encontramos que esta corriente coincide con el avance, no sin sangre, de los derechos civiles en Estados Unidos y con el alcance, más sangre aún, de la independencia de las colonias africanas. Por un lado, Martin Luther King; por el otro, Patrice Lumumba. Y en medio, Jimmy Hendrix, James Brown o Billy Preston redondeando el ritmo de los Beatles o los Rolling Stones.

A partir de ahí, un Lennon que colabora con Chuck Berry y Little Richard, apoya a los Panteras Negras o entabla amistad con Miles Davis (también intenta sin éxito algo parecido a jugar baloncesto en la calle). O un Dylan –con esa zona tan productiva de su música bajo la influencia afroamericana- que relata la historia de Huracán Carter, boxeador noqueado por el racismo.

Es la época en que el pop empieza a incorporar elementos de la iconografía negra, algo que conduciría más tarde, ya en los ochenta, a la conexión de Andy Warhol con Jean-Michel Basquiat, el primer pintor de raza negra que apareció en la portada de la revista dominical de The New York Times, lo cual no sucedió hasta ¡1985!

Durante los años setenta, la música disco intentó licuar la deriva radical del decenio anterior. Y mientras los Bee Gees componían para Otis Redding o Diana Ross, el productor alemán Frank Farian ponía en órbita a Boney M, gracias al recurso bastante repetido de productor-blanco-explota-producto-negro. Pero la del setenta es, también, la década de la Blaxploitation, cine negro hecho por negros –Curtis Mayfield o Isaac Hayes- sin el cual la obra de Quentin Tarantino, sencillamente, no existiría.

Ya puestos en Hollywood, conviene recordar que, durante años, el protagonista negro era el primero en morir… y el último en ser besado por una mujer blanca, algo que (con permiso de Ellen Barkin) se mantiene con recato invariable hasta hoy.

Y aquí aparece Madonna. Por una parte, la estrella femenina con más impacto que ha generado el pop se coloca en la frecuencia del fotógrafo Robert Mapplethorpe para levantar un panegírico al negro como mito erótico. Por la otra, tenemos su intento, entre melodramático y rudimentario, de “normalizar” el elemento afroamericano en su videografía. Muy diferente a lo que pasa en la ciencia ficción, que imaginó durante largas décadas un futuro sin negros o, tal vez peor (no olvidemos las buenas intenciones), concibió metáforas en los que estos bien podrían ser el “otro” extraterrestre con el que tendríamos que lidiar o entendernos. ¿No es eso, acaso, lo que sugiere Enemigo mío, de Wolfgang Petersen, o el mismo ET de, otra vez, Spielberg?

En este siglo XXI, con Obama se expande una predilección a la que no le faltan prejuicios: aquella que bendice su triunfo electoral como una prueba del advenimiento del post-negro. Esto es: un negro ulterior, con modales de Harvard y con un trayecto que puede rastrearse desde Michael Jackson hasta la estandarización quirúrgica –blanqueamiento incluido- al que actualmente se someten muchas de las estrellas negras de la música, la moda y el cine.

Tal vez, a contrapié, a lo que hoy asistimos es a la configuración de un cierto tipo de post-blanco, apreciable en una Amy Winehouse que salta a la fama con un primer disco titulado, precisamente, Back to Black; o en un Eli Paperboy Reed que se despacha a gusto con un soul cercano a Otis Redding o Marvin Gaye.

Actuando como contraparte de la negrofobia, la negrofilia persigue un camino inverso al racismo. Unas veces, a base de reproducir los usos y abusos de aquello que combate. Otras, abandonada a una fantasía acrítica que le impide percatarse de la diversidad con la que está tratando, de ahí que los negrófilos tiren del estereotipo con más frecuencia de lo deseable. Y más de una vez –vistazo al documental Enjoy Poverty de Renzo Martins-, amalgamando compasión y colonialismo.

Sin duda, los mejores momentos de la negrofilia son aquellos que van más allá de la “apropiación”, la “recuperación” o la “inclusión”. Y, sin duda, uno de ellos es El ritmo perdido, ensayo reciente de Santiago Auserón. Un libro en el que la impronta negra es activada como componente intrínseco de la música española, un órgano vital del cuerpo de Occidente.

Como ya había experimentado antes en su antología Semilla del son, más que acometer un ejercicio de apropiación, lo que hace Auserón es restaurar un derecho de propiedad. No nos remite a una influencia, sino a una pertenencia. El ritmo perdido funciona, además, como la certificación del distanciamiento de su autor con respecto a otros proyectos negrófilos puestos en marcha por la World Music –Peter Gabriel o Paul Simon-, o con el Ry Cooder que cree haber encontrado, en los viejos soneros cubanos, un sonido incontaminado y rural. Más bien, a Santiago Auserón estos veteranos le interesan justo por lo contrario: por su impureza y su fundadora dimensión urbana. (Tal cual había ocurrido en el Nueva York de los años veinte, treinta y cuarenta gracias al trapicheo de George Gershwin con Ignacio Piñeiro, Miguel Matamoros o María Teresa Vera).

Al mismo tiempo que le quita herrumbre a un eslabón perdido de la música popular española, El ritmo perdido completa un capítulo necesario de la negrofilia. Sólo que se inscribe en esta corriente en la misma medida que la pone bajo sospecha; la valida desde su continua disidencia.

 

(*) Publicado en Catalunya Plural, Eldiario.es.

(*) En las imágenes, la portada de El ritmo perdido (Península), de Santiago Auserón; Warhol y Basquiat (fotografía de Michael Halsband); y un fotograma en el que aparecen Miles Davis, John Lennon y Yoko Ono, del videoclip de Nobody Told Me.  

 

Comunistopoly

Iván de la Nuez

Un juego de mesa, lanzado originalmente en Polonia, se expande más allá de sus fronteras. Así que ya ha sido traducido al español, el japonés o el inglés. Se trata de un pasatiempo al estilo del Monopoly, aunque su trama no se desarrolla en la opulencia de rascacielos y mansiones a adquirir en Nueva York o Chicago sino en las carestías de la Polonia comunista durante los años ochenta del siglo pasado.

El título de este juego es Kolejka y su traducción es, precisamente, La cola. Según distintas informaciones, surgió en 2011 y dentro de unos días ya se podrá adquirir en España. ¿A qué jugamos cuando jugamos a La cola? Pues a resolver una serie de situaciones de la vida cotidiana bajo el comunismo polaco; entre ellas, cómo obtener productos racionados o liberados, cómo engañar a los dependientes de los establecimientos, cómo mitigar los avatares de esas filas agobiantes cuando tenemos prisa por conseguir cigarros, alcohol o gasolina. Por supuesto, no faltan premios a distintos ardides, empleados para dar el gran golpe contra esa longeva “institución” del socialismo: colarse.

Los jugadores ganan cuando han agotado la mayor cantidad de existencias para su abastecimiento, mientras que las cartas y casillas de Kolejka nos permiten trampas tales como echar mano de un amigo del partido, o ser un miembro del “aparato” con privilegios. Tampoco faltan otros trucos, entre los que están pasarse directamente al mercado negro –pero pagando más caro- o alquilar tu bebé para esquivar el tumulto y pasar primero.

Kolejka es una adaptación del Monopoly y a la vez un ejercicio de “nostalgia” por el comunismo. Bien mirado, se trata de un juego de perdedores donde se evoca, como la propia escasez que lo protagoniza, a los juguetes manuales de la era predigital, aquellos tiempos anteriores a los videojuegos, y despliega una añoranza por los rompecabezas de la marca Lego, por ejemplo, que siempre quedaban al otro lado del Telón de Acero para los niños del comunismo.

La cola funciona asimismo como una especie de recreación pedagógica, que permite entender el pasado reciente de los polacos, algo que ya no forma parte de la experiencia de la primera generación del poscomunismo. Esa misma impronta didáctica lo ha convertido en el pasatiempo preferido de los extranjeros que viven en Polonia, según afirma Miguel Ángel Gayo Macías en El Mundo.

La cola no deja de ser un ejercicio de “Ostalgia”, en la que el pasado socialista toma fuerza ante las adversidades de ese nuevo mundo en que los camaradas se convierten en consumidores; dejan de ser súbditos para transformarse en clientes.

Desplomado como sistema, el comunismo se ha cobijado, consecutivamente, en el arte y en la cinematografía, en la literatura y en los parques temáticos. Hoy, además, aparece frivolizado como un juego divertido, un paliativo al mundo abierto por el postcapitalismo. ¿Cual será el próximo paso? Tal vez el circo, donde no puede negarse que los soviéticos habían sentado cátedra.

Bob Geldof y el ciberpesimismo

Iván de la Nuez

Bob Geldof, músico y activista que pasó un largo tiempo dedicado a amalgamar el rock con las buenas causas, acaba de afirmar que “el rock ha terminado”, pues “ha sido sustituido por Internet”. Así, el antiguo líder de The Boomtown Rats se suma, por una parte, a las filas de sepultureros abonados al “Rock and Roll is Dead”. Y por la otra, se alista en la tropa de aquellos que ven en la red una panacea, o la fuente de la eterna libertad, o el soporte idóneo para cambiar el mundo.

Geldof llega tarde en sus dos afirmaciones. El rock lleva décadas sufriendo un funeral tras otro. E Internet, si bien no ha sido declarado muerto –algo en lo que algún gobierno y alguna trasnacional trabajan seriamente-, sí empieza a tener detractores tan pertinaces como los enterradores del rock.

Los más destacados suelen ser especialistas –antaño cibereufóricos- que, tras probar los elíxires de Google y Facebook, MySpace y Twitter, han pasado primero a dudar y más tarde a renegar del medio. Algunos de ellos, como Jaron Lanier, antiguos gurús de la informática y la realidad virtual, hoy decepcionados. Otros, como Paul Virilio, que no acaban de comulgar del todo con la “democracia emocional” generada por Internet.

El último, o el penúltimo, en echarle un cubo de hielo a la cibereuforia ha sido Evgeny Morozov, un bielorruso nacido en 1984 que acaba de publicar El desengaño de Internet (Destino). Aquí, Morozov se da a la tarea de desmontar varias supersticiones sobre la red, en un recorrido que va desde sus conexiones con las políticas oficiales hasta sus modelos de negocio, pasando por sus efectos en la vida cotidiana y en la cultura. Sin el carisma vehemente de Lanier, y sin el empaque teórico de Virilio, Morozov goza, sin embargo, de un prolijo conocimiento de las redes sociales y de una considerable capacidad de síntesis, cualidades estas que hacen de su libro un remarcable compendio capaz de atizar todo tipo de sospechas sobre Internet o alertarnos de su lugar en la vigilancia y documentación de todos y cada uno de nuestros actos.

El desengaño de Internet es un libro paranoide –y que nos pone algo paranoicos, todo sea dicho- donde encuentran cobijo la traición de Occidente a los antiguos países comunistas o el efecto de Twitter en la reducción de los discursos de Hugo Chávez, la continuidad de la guerra fría en el ciberespacio o la adicción de los tiranos a los blogs…

El desengaño de Internet tiene mucho de neoludismo y, si no lo ha hecho todavía, salió en inglés en 2011, Bob Geldof debería leerlo para entenderse mejor a sí mismo. Porque si Internet quedara, igual que el rock, como la gran panacea del Entertainment, el problema no estaría en el error de su afirmación sino en la posibilidad de que tenga razón.

(*) En la imagen, una pieza de Hugo Orlandini.

El arte por venir

Iván de la Nuez

Los museos europeos están viviendo su vía crucis –más bien su vía crisis– en estos días. Algunos ya han cerrado, otros se declaran al borde de la quiebra, casi todos se ven obligados a reducir sus programas de exposición. Y muchos se plantean la supervivencia a base de entrar en una fase de regresión en el tiempo.

Basta con echar un vistazo a la próxima temporada para constatar el retorno del pasado. Unas veces reciente, otras remoto, con un evidente predominio de las colecciones, los “repertorios clásicos” (como se dice en la Ópera) o la exaltación local, aunque sólo sea por la imposibilidad de costear proyectos internacionales.

Así las cosas, será cada vez más difícil que las instituciones ejerzan alguna tarea de anticipación, más o menos fiable, sobre lo que están haciendo los nuevos artistas (esos que, se supone, están llamados a marcar las líneas del futuro). Cuando se nos repite por todos lados el estribillo de que los jóvenes se han “quedado sin futuro”, ¿cuál sería, entonces, el arte futuro de unos artistas que no lo tienen?

Hace medio siglo Blanchot le hizo esta pregunta a la literatura en El libro que vendrá. Allí, el capítulo “De un arte sin porvenir” no puede ser más explícito. Lo paradójico es que, precisamente en esa falta de destino, están cifradas las claves para entrever el mañana.

-Cualquier arte se origina en una carencia excepcional.

El arte futuro de una vida sin futuro tendría, según Blanchot, al menos una ventaja. Y es que el artista o el escritor –Blanchot los amalgama sin mucho distingo- ya vendrían despojados del deseo de alcanzar “el poder y la gloria”. Una insuficiencia que, por otra parte, se bastaría para dotar a las obras con otro sentido y modificar, tanto la experiencia del autor como la del encargado de leer o interpelar sus creaciones.

El futuro de Blanchot –que es donde estamos- prefiguraba una situación de “extraordinario batiburrillo que hace que el escritor publique antes de escribir, que el público forme y transmita lo que no oye, que el crítico juzgue y defina lo que no lee, que por último, el lector haya de leer lo que aún no está escrito.” Un horizonte en el que –bajo su dispersión- las obras estarían, sin embargo, abriéndose paso hacia “una nueva unidad”.

En esa circunstancia, al arte del porvenir pueden aguardarle, al menos, tres avatares posibles. Uno, actuar como ironía de lo que fue y de lo que ya no podrá ser. Dos, afianzar su tendencia creciente a suceder como texto, y disfrutarse u odiarse como lectura. Una tercera eventualidad vendría servida por un rudimento más discreto, que suplantaría este tiempo marcado con el superávit de obras posibles por una era singular de obras necesarias.

(*) Publicado en Tormenta de ideas, El País, 14 de enero, 2012.

(*) En la imagen: Mirar. Ver. Percibir, de Antoni Muntadas.

Yuri Herrera y “La transmigración de los cuerpos”

Iván de la Nuez

Hoy sábado, el escritor mexicano Yuri Herrera presentará su tercera novela: La transmigración de los cuerpos. Lo hará en el Espacio Cruce, de Madrid, acompañado por su editor, Julián Rodríguez, y el artista y poeta Javier Codesal. La tarjeta de invitación anticipa que el lanzamiento del libro  tendrá lugar “un día antes de que llegue a las librerías españolas y mexicanas”. También promete “un vino”.

Herrera (Actopan, 1970) es autor de Trabajos del reino y Señales que precederán al fin del mundo. Sobre La transmigración de los cuerpos, en breve compartiremos la reseña aquí.

Mis diez libros del 2012

Iván de la Nuez

Al final, he decidido colgar mi lista en el blog. No ignoro que es un trabajo inútil y también ingrato, pues suele calificarse por los que quedan fuera… Así que cuando Babelia me pidió “mis diez libros del año”, la primera reacción fue negarme. Al final acepté, aunque sólo fuera por lealtad a algunas críticas que había publicado a lo largo de 2012. 

También hay, o al menos eso quiero pensar, otras ligazones. Para empezar, de todos estos libros me he servido a gusto para mi propio trabajo y todos han impactado en su evolución. Todos llevan al límite la relación entre lo real y lo relatado. Y los diez, en su conjunto, ofrecen un curioso mapa del mundo, una cartografía diferente de sus problemas.

Ahí va.

1. Lo que cuenta es la ilusión, Ignacio Vidal-Folch. Destino.

2. Joseph Anton, Salman Rushdie. Mondadori. 

3. Composición no.1, Marc Saporta. Capitán Swing.

4. El libro negro, Vasilli Grossman / Ilyá Ehrenburg. Galaxia Gutenberg.

5. Los sordos, Rodrigo Rey Rosa. Alfaguara.

6. Mientras los mortales duermen, Kurt Vonnegut. Sexto Piso.

7. Jamás el fuego nunca, Diamela Eltit, Periférica.

8. El ritmo perdido, Santiago Auserón. Península.

9. El jardín colgante, Javier Calvo- Seix Barral.

10. Atlas portátil de América Latina, Graciela Speranza. Anagrama.

(*) Esta lista salió publicada en El País, 29 de diciembre 2012.

Una crítica radical al Estado de Bienestar

Iván de la Nuez

Según los titulares de la prensa española de hoy, la crítica más rotunda que se le puede hacer al Estado de Bienestar consiste en desfalcarlo.

Dos hombres que fotografiaron demasiado

Iván de la Nuez

 

Acaban de morir, cada uno con 82 años, dos ejemplares de una especie en extinción. Dos fotorreporteros que cruzaron la historia y que, a la vez, fueron cruzados por sus horrores y esperanzas. Incluso por alguna esperanza trastocada en horror.

Se trata de Enrique Meneses y Shomei Tomatsu. El primero, nacido en Madrid, octubre de 1929. El segundo, en Nagoya, enero de 1930.

A Meneses se le reconoce, sobre todo, como el primer fotógrafo que convivió con el Ejército Rebelde en la Sierra Maestra a finales de los años cincuenta del siglo pasado, donde permaneció cuatro meses y consiguió difundir por el mundo las imágenes de los guerrilleros cubanos. Esta no fue, sin embargo, su única impronta remarcable. Su legado se estira en el tiempo, antes y después de ese episodio. La cámara de Meneses ya había captado la muerte del torero Manolete, en 1947, y había viajado, después de la aventura cubana, hasta Egipto, la India, Jordania y parte de África. Su catálogo de personajes fotografiados recoge a Fidel Castro y el Dalai Lama, Nasser y Luther King, Salvador Dalí o el Sha de Irán. Es más, su inquietud le llevó a ser director de la edición española de Playboy, cumpliendo así con el dictum de que nada humano le era ajeno.

De alguna manera, puede establecerse un paralelismo entre la fotografía de Meneses y el periodismo de Kapuscinski. A los dos les resultaban estrechos sus respectivos países y se lanzaron lejos a apresar otros mundos para conocerlos (y darlos a conocer) de primera mano.

La prisa de Meneses contrasta con la calma de Tomatsu. Su hambre de otros mundos es contraria a la obsesión de este último por hurgar en el suyo. El español es un fotógrafo de gestas y el japonés es un fotógrafo de gestos.

Así, Tomatsu se detuvo en los efectos de la bomba atómica en Nagasaki o en la tozuda supervivencia de la cultura tradicional ryukense bajo el mandato norteamericano. Asimismo, captó la vida y los contrastes en las bases de Estados Unidos en el Japón derrotado de la postguerra. Sus imágenes son melancólicas y, más que de los grandes acontecimientos –y eso que Tomatsu afrontó algunos de los más grandes-, sus fotografías enfocan su trastienda; la perdurabilidad del horror, no en el instante, sino en el tiempo. De ahí su singular abordaje del cisma causado por la bomba atómica más allá de la fecha de su lanzamiento.

Siendo tan diferentes, Meneses y Tomatsu coincidieron con Dorothea Lange en su lema de que es preferible una imagen justa que justo una imagen. Ambos nos dejan la convicción de que, en un mundo abarrotado de imágenes, ya sólo tienen importancia aquellas que no nos dejan indiferentes.

(*) Las dos primeras imágenes, de Enrique Meneses, testimonian la manifestación por la igualdad racial en el obelisco de Washington, 1963, y la lucha en la sierra Maestra, 1957. Las dos siguientes son de Shomei Tomatsu y forman parte de su serie sobre Nagasaki, expuesta por primera vez en 1961.  

De Rasputín a Putin

Iván de la Nuez

Gerard Depardieu acaba de renunciar a la ciudadanía francesa, enfurecido por la política de impuestos a los ricos impulsada por el presidente Hollande. El hombre que encarnó a Asterix el Galo se radicó primero en Bélgica, en una pequeña población fronteriza atestada de millonarios franceses sublevados por las tasas que pretendía imponerles la República.

Si Hércules Poirot, el detective de Agatha Christie, consumía buena parte de su precioso tiempo explicando a los estirados británicos de su época que él no era francés sino belga, Depardieu tomó el camino contrario para decirle al mundo que, si es cuestión de perder billete, es preferible que un francés sea confundido con un belga.

Ahora Putin remata la jugada y le otorga el pasaporte ruso al renegado de ese antiguo imperio con el que una vez Rusia compitió en tiempos napoleónicos (y con el que ahora vuelve a competir como potencia emergente ante una Europa occidental que pierde a la vez peso y rumbo).

Si durante la Guerra Fría los contendientes lidiaban en la astronáutica o la carrera nuclear, en este mundo multipolar –desde Arabia Saudí hasta Gran Bretaña- se da la batalla por ver qué país acoge más millonarios.

Con el pasaporte a Depardieu, Rusia escenifica una venganza pequeña y otra grande. La primera, se dice, como respuesta a las adopciones francesas de niños de ese país. La segunda alcanza una demostración de poderío con la que se permite tutear a Occidente.

No se trata de la retirada de Napoleón, pero sí un aviso de que al otro lado de la Unión Europea el viejo gigante vuelve a moverse con la rotundidad de otros tiempos. Y si la aristocracia rusa acostumbraba a hablar en francés hasta Pushkin, cabe preguntarse si ahora, al revés, los millonarios franceses terminarán hablando ruso.

El mismo Gerard Depardieu apunta en esa dirección cuando declara su amor por la nueva patria, recordando que de niño escuchaba Radio Moscú por la militancia comunista de su padre y que, en general, esa cultura no le resulta ajena. No miente el actor, quien no sólo ha interpretado a Asterix o a Cyrano de Bergerac, sino también a Rasputín.

Y ya sabemos que entre Rasputín y Putin sólo hay que ahorrarse tres letras.