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Un ensayito postnacional (1993)

 Iván de la Nuez

1. Los espacios pueden bastarse por sí mismos. El pensamiento cubano ocultó, por lo general, esta autosuficiencia. Precisaba de un tiempo alcanzado, de un contenido ideológico; del momento mágico que escinde una cronología y nos anuncia el principio de otra “era”, constituida por los ingredientes definitivos que permitan afirmar la fundación de una cultura nacional.

Tratamos con el vicio “clásico” de entender las culturas en términos lineales y progresivos, mediante un continuum con los secretos del drama griego: presentación, nudo, desenlace. Y con la repetición del teatro que la cultura occidental ha construido de sí misma y de las otras. Una operación que nos suscribe a esos modos y nos dibuja con sus signos.

La persecución de ese modelo, y la necesidad imperiosa de pertenecerle, marcan extraordinariamente la conducta cultural cubana. En correspondencia con un discurso decimonónico que nos induce a percibir la cultura como una moral; con el desplazamiento intelectual que relaciona el concepto de origen y de nación con cualquier otro análisis. Como si todo antecedente concurriera inevitablemente hacia estos, o todo en ellos ya previera o determinara nuestra experiencia del presente. Es allí -y algo anterior a su banalización- donde se provee una cultura sobresaturada por criterios “fuertes” de identidad nacional.

Devenimos de ese momento y no de otro, de esa y no de otra moral. Todo lo que no se ha conectado con ello -el lado oscuro y nunca bien aceptado de nuestra prosperidad y nuestra hipocresía, de nuestra decadencia y nuestra transgresión-, debemos asumirlo como pequeños atisbos, imperceptibles circunstancias sin trascendencia ni estirpe.

Semejantes pasos obedecen a una maniobra conceptual: la instauración de una tradición ética destinada a subordinar la singularidad, el espacio y los fragmentos para privilegiar las magnitudes cronológicas férreas, los discursos definitivos y la totalidad.

La búsqueda de un devenir lineal ascendente, desde un estatuto originario y a la vez triunfal, cumple una larga trama: Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, considerado nuestro primer historiador, salva para la posteridad Espejo de paciencia, al que recibimos como primer texto poético cubano. Recientemente, Manuel Moreno Fraginals ha demostrado que Espejo… no es todavía cubano. Cintio Vitier, por su parte, no ha dudado en reafirmar su “cubanidad”. Todo ello forma parte de un entramado polémico “moderno”, que coloca al tiempo en un trono, y requiere de unas condiciones ontológicas para dictar un origen -o ya precisado o todavía sin completar- identificado por una serie de componentes.(1)

Tenemos que aprender a odiar un poco el siglo XIX. En él se afianza, estratificada y eterna, la pasión seductora por nuestra pretendida modernidad. Los valores que hoy dominan el discurso sobre la nación y nuestra identidad ideológica, los argumentos del saber, las concepciones sobre el tiempo y la virtud, se entrelazan de mil modos con ese siglo que pronto cumplirá doscientos años. Desde él nos sigue, como una sombra, la definición de nuestra tradición y del devenir progresivo que nos atribuimos.

Son las estrategias civilizadas de El Tiempo: mayúsculo y lineal -legitimante perpetuo del futuro con respecto al pasado, gracias a la evasión del presente. (Un modo de vivir entre el Infierno y el Paraíso y de callar acerca del pasadizo que nos conduce de una a otra costa.)

Las asperezas del terreno, la irrupción abrupta de un acontecimiento, cualquier singularidad irrepetible, ocasionan un disgusto considerable a estos estilos del pensar. Hay un terror implícito en considerar a la isla como un accidente geográfico, como un trozo del mundo en una orilla. Nuestra reflexión -y aún más, nuestra conducta- no se ha resignado a la humilde belleza de ser  (al menos también) sólo eso. En tal fragmento, quizá irrepetible, confluyen identidades mutables, ritmos menores, que no se definen por la totalidad ni aparecen para confirmarla.

Todo ello es, sin duda, temible. Una cultura está obligada a defender la totalidad que ha diseñado. Precisa, a todo precio, enaltecer su minúsculo camino sobre el trazado del mundo. Dotarnos de unos impenitentes extremos. Siempre un protagonismo extravagante, un llamado de atención, el vértigo irrefrenable de abarcar espacios más vastos que los marcados de una manera tan contundente por la geografía. Durante más de un siglo se ha situado en punto a la nación, a un proyecto, al sentido de pertenencia. En el otro, a ese mito terrible de la cultura occidental: la muerte. (Independencia o Muerte, decían los mambises contra  la Corona española; Patria o Muerte, gritaban los milicianos contra los invasores de Playa Girón; Socialismo o Muerte fue el eslogan ante la caída del Muro de Berlín.) Necrofilia que aflora en argumentos aceptados e impuestos. Ratificación absoluta de nuestro proceder trágico. Opción y sacrificio. Primitivismo y modernidad.(2)

La nación ha crecido así, amparada por unas compañías imprescindibles: el tiempo, el ser y la muerte.

2. La  nación, quizá, ya no sea el refugio privilegiado de la cultura cubana.(3) Aunque el discurso-nación, curiosamente, persista como uno de los grandes tópicos del pensamiento social de la revolución y de la historiografía marxista. El gran tema de la burguesía liberal y criolla ha permanecido intacto; corregido y aumentado.

¿Por qué?

Podemos sospechar en éste un tema noble que el marxismo ha podido esgrimir para probar su “cientificidad” y sus buenas maneras. Un modo suspicaz de recoger -ante la avalancha ortodoxa- al “gran pensamiento cubano” (desde José Antonio Saco hasta Fernando Ortiz) y de matizar, en lo posible, los estrictos análisis clasistas del marxismo escolástico, frecuentemente contradichos por las prácticas históricas insulares. El discurso-nación, además, se avitualla en una tradición tutelar. En Cuba (como en otros países apegados a los modelos historiográficos occidentales) la ciencia histórica surge insertada en una conciencia trágica -en nuestro caso también católica- que no cesa de autocontrolarse. ¿Qué puede ser dicho y qué no? ¿Sobre quiénes hablar? ¿Qué mantener dentro de la retícula de lo innombrable? No es costumbre preguntarse por temas menos dignos, por aquellos que sólo unos elegidos, “libres de contagio”, pueden saber y atesorar. Uno de estos temas “peligrosos” ha sido el cuestionamiento del presente. Si la nación se convierte en una especie de obsesión para el pensamiento cubano se debe, posiblemente, a que su discurso es incapaz de apresar las circunstancias del presente; a que suele extraviarse en las simulaciones de un movimiento perpetuo (¿y rítmico?) entre un origen y un modelo a perseguir.  En este sentido, hubo siempre un innegable realismo en los poderes insulares que lograron aparecer no sólo como los orígenes, sino también como las culminaciones de diferentes procesos. En toda culminación, y en todo origen, hay una proximidad con lo eterno.

No es extraño, entonces, que los criterios de identidad prevalecientes en la cultura cubana -recordemos que “en ninguna parte de la América española ha tomado la civilización un aspecto más europeo”(4)– atraviesen los corredores activados por el saber occidental y moderno: semejanza, progresión, continuidad, tradiciones enmarcadas en largas series históricas. En fin, una armadura construida únicamente con singularidades aprehensibles. De modo que, una vez producido el desgarramiento excepcional por el que nos hemos definido ante el otro, los enunciados se universalizan y escapan de esa singularidad. Así, en medio de una revolución insólita desde muchas aristas, Che Guevara, por ejemplo, no reivindica su excepcionalidad o el fragmento irrepetible que puede significar, sino su continuidad y su “vanguardismo”. La percibe, sin más, como un “momento” iluminado que tirará del resto de la totalidad latinoamericana para encaminarla a su proyecto.(5)

Para Octavio Paz es impensable comprender al virreynato de la Nueva España como la vanguardia del mundo colonial iberoamericano. Considera, sencillamente, que es una sociedad “singular”. (6)

Es curioso que obras como El laberinto de la soledad o Cien años de soledad no están escritas por insulares, aquellos que (al menos físicamente) se encuentran más solos. Es muy probable que esta paradoja nos descubra un inmenso terror y, asimismo, nos conduzca a algún puerto útil. Ese afán de trascendencia perpetuado en la avidez por el afuera, el vértigo incontrolado de vivir hacia el exterior, obedecen al signo inequívoco de una limitación espacial tan detonante.(7)

Hacia el interior, las marcas son igualmente peculiares. En esta dimensión, el discurso-nación cumple una serie de requisitos defensivos que son intrínsecos al proceder militar de la isla: se fortifica, activa sospechas y vigilancias; define sus blancos. En el mundo colonial, como en la república -para usar una terminología comprensible- se decretan los vicios y los modos de detectarlos. El vicio de la sacarocracia se descubre en su prosperidad; el vicio del hedonismo se detecta en su decadencia.

“Es preciso no equivocarse, en la isla de Cuba no hay amor a España, ni a Colombia ni a México, ni a nadie más que a los sacos de azúcar y a las cajas de café”.(8)

Esta irrupción del que “nos enseñó primero a pensar” -como le bautizara José Martí- dibuja los estatutos de esa primacía moral y encumbra al siglo XIX sobre cualquier proyecto cubano. El presbítero Félix Varela -pues de él se trata- tiene un mérito todavía mayor que el de aconsejarnos a anteponer nuestro pensamiento a cualquier decisión o acción. Le adeudamos, también, haberle proporcionado al siglo XIX el estatuto de la eternidad.

Una ética de fuerte sabor colonial -y español- acompaña los postulados fundadores de la nación. Así como una ética de insospechados matices neoconservadores habita en los criterios recientes de identidad nacional.

Son riesgos inevitables de este juego especular que impone toda estrategia conceptual de definiciones por oposición. Ello ocurre, en buena medida, con los presupuestos de la cultura dominante en Cuba y las tesis del neoconservadurismo norteamericano. Gracias a ambos, el pensamiento cubano -e incluso las conductas- rota constantemente en un anti-proyecto; en un juego de reflejos y blancos desplazados en cada extremo de un espejo en el que cada piedra lanzada hace diana sobre la imagen opuesta de sí misma. Los procedimientos pueden ser comunes, pese a que los proyectos sean trazados en los polos opuestos.

3. Podemos, todavía, recorrer otros paisajes; abocarnos al sitio de la luz, de la intuición y la mirada -interrogar otros misterios. José Lezama Lima, por ejemplo, ha atravesado un umbral tal vez menor, pero pródigo. No es inútil seguirle. Sin ser un historiador -o por no serlo- ha considerado como primer texto poético de Cuba al Diario de Navegación, de Cristóbal Colón, quien no es poeta y, además, no es “cubano”. Una serie de supuestos no-lugares que reivindican la operatividad del espacio como punto de partida de una nueva mirada hacia la cultura, la historia y la escritura misma.

La isla, en este caso, tenía una inmanencia definitiva. No hizo falta un tiempo formador, una creciente composición del ser, para hablar de la historia y de la cultura; de la palabra. Todo estaba allí, descubierto u oculto, en las presencias desnudas del espacio.

Y no se trata -lo cual es válido- de un ejercicio de transfiguración, de transmutación, de un universo a otro (definiciones históricas asumidas como definiciones poéticas). Se trata, más bien, de avizorar a un mundo que contiene a otro: “Nuestra isla comienza su historia en la poesía”.(9)

Nos remontamos al siglo XVI y a la conquista misma. Allí la geografía ocupaba un lugar más destacado. Era imprescindible, entonces, no sólo invadir los espacios, sino también marcarlos, concederles un nombre y un código.

La maravilla del encuentro, así como su horror, era proseguida por acciones contundentes de medición y bojeo.

Eran así los tiempos, y los espacios, en los que salvajes, bárbaros y civilizados convivían en el caos, allanando territorios y marcándoles. Luego, cuando se hable del ser, de “lo cubano”, del tiempo de su composición, de la amalgama de sus ingredientes; en fin, del argumento criollo de la nación, no parece haber lugar para esos procederes que integran también -¿quién puede hoy dudarlo?- las ecuaciones de nuestro presente.

Nos consuela, seguramente, pensar que hemos “superado” semejantes instancias. Gravísimo desliz. No hay sucesión alguna a tales fragmentos. Ellos nos acompañan y nos descomponen, entre otras cosas porque forman el lado oscuro de nuestra composición. Los modos dominantes de nuestro pensamiento han obviado, con frecuencia, estas zonas innobles, perpetuando otros caminos. Sobre cada código anterior hemos colocado otro código en lugar de una fuga. Por cada discontinuidad aparecida, un hilo conductor que la anula o la simplifica. Es la tradición de un pensamiento que se avergüenza de sus vicios y allí donde el cuerpo se excede prefiere contraer el discurso.

Si Lezama nos proporciona un escape a semejante situación conceptual, es porque aventura un sistema poético donde el texto, la escritura, la poesía, marcan las pautas (caóticas e imprecisas) de una cultura. Para ello concede un valor “filosófico” y noble a lo singular, a lo informe, a aquello cuya permanencia es prescindible y mutable.

No encontramos en él un parecerse a. Ese cúmulo de identificaciones por similitud, por acoplamiento a un índice referencial ya codificado: la isla como Cypango, Sicilia, Albión, según la procedencia del definidor (Colón, Humboltd, Mártir de Anglería, Madden), grados de prosperidad, ilusiones ópticas…

Tampoco nos tropezamos, siguiendo la cuerda anterior, un oponerse a. Esa pléyade de identificaciones por oposición  distribuidas en lo que hoy conocemos como el origen y expansión de la nación; lo que ha traído consigo una identidad por negación, un “nacionalismo por sustracción”.(10)

Lezama tiene otras maneras de apreciar las identidades. Por eso configura un tipo de intelectual “extraño” dentro de ésta y de cualquier cultura. Es en la diferencia, en lo impreciso, en lo contingente, donde establece el dominio de sus comparaciones. “¿Qué similitud puede haber entre Aquiles y Agamenón? Su excepcionalidad.”(11)  Precisión de lo impreciso.

Este estilo de pensamiento -si de él puede hablarse- nos abastece, por otra parte, de cierta pragmática, pues generalmente no establece oposiciones especulares. Antes bien, se basa en simulaciones, pequeños golpes, escapes precisos. En él se aloja, además, una historia oculta que nuestra moral olvida con frecuencia. El discurso pragmático de la primera ilustración cubana -que crece con la plantación o paralelo a su desarrollo- es muy singular dentro del despotismo colonial. Porque lo aprovecha tanto como lo transgrede; lo construye con la misma intensidad que lo disuelve. La piratería, las lecturas liberales, el contacto con todo tipo de referencias allende los mares, le han aportado al plantador poder, prosperidad, ilustración, una considerable diferencia con la burocracia peninsular. Cualquier cosa menos una ética precisa. Cuando, finalmente, ocurre la primera independencia -y una independencia implica, como ha demostrado rigurosamente nuestro acontecer, el arribo de nuevas e insospechadas dependencias- el colonialista español es arrastrado y, con éste, el plantador próspero y cínico que abría las fugas del poder colonial.

El onanismo insular, el amor a sí mismo, la pragmática que le otorgó al placer, a la riqueza ilícita (tanto como a la literatura y a lo que hoy llamamos “alta cultura”) un lugar honorable, hallaban su singular expresión en esta figura, cuyo devenir puede resultar intolerable para una moral rígida.

Asumir, a la hora de pensar nuestra cultura y nuestro presente, semejantes “analíticas” puede resultar rotundamente frágil. Accidentado y accidental. Incapaz de ocuparse de un trazado universal o de cortes conceptuales que vayan más allá de cierta -que no toda- escritura. Esta fragilidad aparece también en sus maneras de apreciar los espacios y de renegar de un tiempo absoluto que solamente es transitable hacia el futuro o “hacia la semilla”. Más bien, opta por descubrirlo en su multiplicidad, transitarlo en toda dirección e, incluso, apreciarlo allí donde no impera; en lo que puede aportarnos, o restarnos, la discontinuidad, la bifurcación, la quiebra de los múltiples espacios discursivos y no discursivos. Humanos y no humanos.

Toda fuga no implica un “salir” o un avanzar vertiginoso. Y ese matiz está ausente en las definiciones extremas (por oposiciones o similitudes); en el obsesivo descubrimiento de orígenes y metas; de procesos, continuidades, indicios y culminaciones.

Y es de esa ausencia de lo que podría tratar, para nosotros, otra manera de pensar. De un universo -sugerido por Lezama y otros pensadores de nuestra cultura- en el que no es decisivo ni el arquero que tensa ni la diana buscada. Sino la trayectoria y la propia saeta. Un espacio posible donde encontrar la huella, apenas perceptible, de una fuga.

 Notas

(1) Cfr. Manuel Moreno Fraginals: El Ingenio: Complejo Económico-Social Cubano del Azúcar, Ciencias Sociales, la Habana, 1978 y La historia como arma, Cátedra, Barcelona, 1983; Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, Instituto Cubano del Libro, la Habana 1970; y Antonio Benítez Rojo: La isla que se repite. (El Caribe y la perspectiva postmoderna), Ediciones del Norte, Miami 1989. Los dos primeros autores intervienen en este texto tanto a través de las obras citadas  como desde sus artículos, conferencias o debates públicos a los que tuve oportunidad de asistir. El libro de Antonio Benítez Rojo fue “encontrado”, precisamente, en el momento que algunos preferimos -ante los debates al uso sobre identidad nacional- buscar otras maneras de enfrentar la tradición cultural cubana. Este ensayo, en alguna medida, puede ser leído como un diálogo, descubrimiento y contradicción con estos escritores.

(2) Para el hombre moderno, la progresión del tiempo que le toca vivir, puede restar sentido a la muerte. En una breve, pero precisa, arqueología del sentido de la muerte para el hombre occidental (civilizado) y del tercer mundo (subdesarrollado), Roger Bartra descalifica diversos tópicos; como el de la poca importancia que los seres más primitivos conceden al acto de morir. En su reflexión -que entrecruza sin jerarquías a Max Weber, Carl Sagan, Juan Rulfo, Octavio Paz, Artaud, Freud, Marguerite Yourcenar o José Guadalupe Posada-, Bartra considera que la muerte “oculta algo que es necesario descifrar. Oculta el misterio del otro”. En la evocación de la muerte impera también -aquí el autor mexicano sigue a Jean Plumyene- un instinto nacionalista. De ahí que la muerte sea “también una expresión de la pertenencia a una patria cuya defensa suele costar muchas vidas. Al respecto es significativo el lema ‘patria o muerte’ de los revolucionarios modernos”. Cfr. Roger Bartra: La jaula de la melancolía. (Identidad y metamorfosis del mexicano); especialmente el capítulo 8: “La muerte fácil”.

(3) Incluso, luego de una revolución esto es frecuente. Así como lo contrario. La revolución bolchevique, por ejemplo, dejó muy pronto de ser revolución cuando se convirtió en país, en Estado, y alojó los componentes destructivos y autodestructivos que suelen acompañar semejante emplazamiento.

(4) Alejandro de Humboltd: Ensayo Político Sobre la Isla de Cuba, Archivo Nacional de Cuba, 1960, p. 31.

(5) Ernesto Che Guevara: “Cuba: ¿Excepción histórica o vanguardia en la lucha anticolonialista?”, Obras, Casa de las Américas, 1970.

(6) Octavio Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, FCE, México, 1982. Véase especialmente el primer capítulo: “Una sociedad singular”.

(7) Algo así han notado nuestros visitantes. Cfr. Alejandro de Humboltd, ob.cit. Y también Richard Madden: La isla de Cuba, sus recuerdos, progresos y perspectivas, Consejo Nacional de Cultura, la Habana, 1962.

(8) Félix Varela: “Consideraciones sobre el estado actual de la isla de Cuba”. El Habanero, Universidad de la Habana, 1945.

(9) José Lezama Lima: “Introducción a una Antología”, La cantidad hechizada, la Habana, UNEAC, 1971.

(10) Roberto Schwarz, cit. por Bernardo Subercaseux: “La apropiación cultural en el pensamiento latinoamericano”. ARS, Santiago de Chile, 1991.

(11) José Lezama Lima: Algunos tratados en la Habana, Anagrama, Barcelona, 1971.

(*) Este texto -titulado originalmente Un fragmento en las orillas del mundo, y aparecido por primera vez en Apuntes postmodernos– fue publicado hace 20 años (aunque tuvo dos versiones anteriores en un par de catálogos). Lo recupero para compartirlo con los lectores y de paso celebrar el cumpleaños del blog.

(*) En la imagen: Peripathetic Boatman, de Luis Cruz Azaceta (1994).
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Iván de la Nuez

El espectáculo de la corrupción

Iván de la Nuez

Hablamos de la corrupción, escribimos sobre la corrupción. Y es bueno saber que cada vez que lo hacemos, aunque no nos guste, formamos parte de su engranaje, nos convertimos en una fase de su circuito; terminamos dotándola de una mala épica.

La crónica de la corrupción es, como el mismo material que la compone, profundamente real y al mismo tiempo profundamente falsa, porque no hay trampa sin truco. Artaud dejó escrito a mano, sobre un dibujo, una frase breve y demoledora que era, en sí misma, un manifiesto artístico: “Nunca real, siempre verdadero”. Pues bien, las noticias que devoramos o divulgamos sobre este asunto han invertido ese dictum que antes sirvió para el arte y que hoy puede aplicarse, al revés, a la sociedad.

Todo lo que se nos dice es real, pero nada parece verdadero.

Opuesto a esa pesadilla, el Padrino tuvo un sueño feliz: que la próxima generación de Corleones llegara a codearse con el mundo respetable. Por soñar, Don Vito alcanzó a imaginar un hijo congresista, con la influencia y el poder “legal” que él nunca había tenido. Con la corrupción actual, las cosas también viajan en sentido contrario a la historia de Mario Puzo. Así que hoy algunos sueñan, desde oficios y cargos supuestamente respetables, con acabar formando parte de una trama mafiosa.

Para el periodismo, tiene que ser una papeleta difícil de afrontar la paradoja surgida de este asunto. ¿Cómo conseguir que la denuncia no se convierta en altavoz, la fachada en sustancia, un problema, por grave que sea, en el problema?

Es como si pudiéramos vivir contra la corrupción, pero no al margen de ella; criticarla pero no esquivarla. Aunque haya dejado de ser noticia para convertirse en un hecho cotidiano. Aunque no se nos venda ni la consumamos como fragmento sino como totalidad. Y aunque sepamos que hay algo, en esta realidad, que no es del todo verdadero.

Delante de un hombre llamado Luis Bárcenas, con semejante hipervisibilidad, tiene que haber una cortina de humo que esconde más de lo que exhibe. Desde su ubicuidad, resulta curioso que sea él, precisamente, quien haya optado por callar mientras todos hablan –y a veces sólo hablan- de su caso.

Convertida en Reality Show -espectáculo y mercado de sí misma-, la corrupción ha ingresado, por derecho impropio, en el Gran Hermano de nuestros días; eso sí, versión degradada de Orwell. Un evento que ya no es metáfora de la crítica política sino el espectáculo de una política en estado crítico.

(*) Publicado en ElDiario.es, 25 de marzo, 2013.

(*) En la imagen: El Mini Palau de Millet, de Daniel G. Andújar.

Fumatas

Iván de la Nuez

En su primer día, el cónclave vaticano nos dejó sin Papa a la vista. Fumata negra. Un rato más tarde, el Barça tumbó al Milan en los octavos de final de la Champions. Fumata azulgrana. Algunos medios daban cuenta de la votación mediante la cual Las Malvinas se mantendrían inglesas. Fumata británica. En otros, nos enterábamos que Silvio Berlusconi no salió del hospital por un problema ocular, lo cual le salvó de tener que responder por una imputación de la justicia. Fumata cotidiana. También se ha venido sabiendo, aunque eso no es noticia, que el presidente Obama fracasó en el enésimo intento de colarle un proyecto al Senado de Estados Unidos. Fumata cameral. Una mujer en España fue obligada a entregar sus tres hijos a un padre para que este los llevara de vuelta a México. Fumata paterna. Más tarde sí hubo un Papa, argentino además. Fumata blanca.

No sé cuantas fumatas en unas horas, miles tal vez. Un par de jornadas corrientes en el arco iris del Occidente cristiano (que dijera el poeta de Haití antes de que Haití dejara de emitir fumata alguna). Y no son más fumatas porque que ignoramos las de otros lugares en los que ni siquiera hay propiamente “noticias”, incluso en tiempos como estos en los que todo se sabe. Un “todo” que, por supuesto, no es más que una categoría para ocultar muchos e invisibles “algos”, “alguienes”…

En todos lados, se pierde y se gana. Da igual que se trate de países, curias papales, equipos de fútbol, sentimientos nacionales, una pareja que se tira los hijos a la cabeza.

Es ley de vida, se nos dice. Hay que saber perder y saber ganar, se nos insiste, porque de lo contrario se solivianta la horda y salimos en trompa como el ejército, el hooligan, la mala bestia que arrastramos desde tiempos remotos.

Aguantarse, en fin, para que las cosas sigan su curso. Y darle sin parar a la ruleta a ver si sale premio o bala.

(*) La imagen es una pieza de Félix González Torres.

Fontcuberta, “Nobel” de Fotografía

Iván de la Nuez

Anoche, Joan Fontcuberta recibió el Premio Hasselblad de Fotografía, considerado -y perdón por el clisé- el Nobel de la especialidad. Como el Pritzker para los arquitectos, digamos. Dejando aparte la solemnidad y dimensión del premio, lo importante no es que lo haya ganado un fotógrafo, sino un “antifotógrafo”, como muchos lo definen.

Aquí, un ensayo sobre su trabajo que ya compartimos en este blog, palabras que sirvieron como introducción de De Facto, su exposición retrospectiva.

Antipolítica contra pospolítica

Iván de la Nuez

Después de sus recientes elecciones, Italia ha alcanzado la dimensión ingobernable. En esto coinciden casi todo los medios de casi todas las tendencias en casi todo el mundo. Ha vuelto Berlusconi por la derecha. Emerge Beppe Grillo desde los movimientos sociales y la izquierda antisistema. Comprimido entre ambos, el centroizquierda de Bersani aguanta con, prácticamente, un tercio de los votos. Lejos queda Monti: el tecnócrata que se encargó de conducir las políticas de austeridad -con piedra, papel y, sobre todo, tijera- se ha desplomado.

En el momento en que escribo estas líneas, no hay fórmula a la vista capaz de construir alguna alianza entre dos de las tres fuerzas más votadas. Así que, nos afirman, la situación está próxima al caos. Imposibilitado de calibrarse desde el centro, el sistema político italiano parece definirse por sus extremos. En el choque explosivo entre el modelo pospolítico de Silvio Berlusconi y el movimiento antipolítico de Beppe Grillo.

Ambos astillan la política convencional, pero uno lo hace desde dentro y el otro desde afuera. El primero usa las instituciones, aunque siempre se ha jactado de estar por encima de la política. Grillo llega desde la calle y no se siente “más allá”, sino directamente en contra de lo que la política representa hoy.

El universo pospolítico se planta en la sociedad a partir del decreto del fin de las ideologías. Lo antipolítico intenta recuperar el debate ideológico, pero sospecha de su representación en los escaños parlamentarios, las cámaras senatoriales o la partitocracia. El pospolítico enrumba su brújula, siempre, hacia el poder (que es el Estado y, aún más, las élites financieras o mediáticas). El antipolítico (al menos hasta las experiencias de Syriza en Grecia o el M5S en Italia; en menor medida Compromís en Valencia y la CUP en Catalunya), solía despreciar la posibilidad de hacerse con el gobierno o con parte de la representación parlamentaria. El pospolítico parecía tener claro cómo canalizar su desprecio y el antipolítico, hasta el momento, no parecía haber dado con la clave para organizar su descontento.

La pospolítica no se entiende sin la corrupción orgánica y organizada del modelo –que es el desfalco del erario público, pero también la degradación de la democracia, lo cual no resulta un “robo” menor-, mientras que la antipolítica no se entiende sin la crítica y reacción ante esa corrupción. Digamos que la primera está en el origen de la crisis y la segunda es parte de su resultado. Para la pospolítica, todo es posible en este sistema; el antipolítico está persuadido de que nada es posible dentro de este sistema.

Desde el punto de vista cultural, la era de la pospolítica se deja definir a partir de ese estado de “moralidad posmoderna”, certificado por Lyotard, en el que podemos regodearnos con nuestras peores catástrofes expuestas en un museo. De hecho, la pospolítica podría leerse como una época en la que la cultura llega a reciclar los movimientos sociales para convertirlos en proyectos “estéticos”. La antipolítica invierte esa tendencia: ahora son los movimientos sociales, las manifestaciones, la revuelta misma, los que parecen incidir en la “politización” de la cultura.

De cualquier modo, una franja de la izquierda intelectual no las tiene todas con Beppe Grillo. En un reportaje publicado en El confidencial sobre este cómico que ha reventado la política italiana, Peio H. Riaño recoge opiniones de varios escritores a los que el Movimiento 5 Estrellas le suscitan dudas diversas. La crítica más dura proviene de Wu Ming, colectivo de activismo y pensamiento radical, con un profundo descreimiento hacia esta emergencia de la antipolítica representada por Grillo. “Hay un espacio vacío que el M5S ocupa… para mantenerlo vacío. A pesar de las apariencias y de la retórica revolucionaria, creemos que en los últimos años el M5S ha sido un eficaz defensor de lo existente”.

Pese a estas dudas, cabe reconocer que, al menos como tendencia, si la pospolítica vacía de contenido las instituciones democráticas, la antipolítica pretende dotar a la plaza pública de fundamento político. El pospolítico cree en los partidos, o al menos se sirve de ellos; el antipolítico prefiere los movimientos.

En lo que respecta al uso de la tecnología, el tiempo de la pospolítica no se entiende sin la caída del comunismo real y el advenimiento del capitalismo virtual, asentado en la Era Digital. El pospolítico apuesta por la tecnología para multiplicar el poder económico y financiero. La antipolítica usa la tecnología para subvertirla a favor de la movilización. Una cara de la moneda muestra un volumen de negocio sin precedentes (el dinero virtual también multiplica exponencialmente la magnitud de la crisis). La otra cara enseña la posibilidad de una economía, una democracia y una cultura que intentan operar en código abierto.

La estética de la pospolítica corre en paralelo al posmodernismo. El estallido de la antipolítica tiene lugar justo cuando se da por hecho el fin de la posmodernidad (defunción que ya han apuntado sendas exposiciones en el Victoria & Albert de Londres o en el Reina Sofía de Madrid).

La pospolítica es una forma de gobernar asentada sobre “el fin de la historia” proclamado por Fukuyama. La antipolítica está algo más inmersa en eso que Paul Virilio ha definido como “el fin de la geografía”, en línea con el acortamiento de las distancias provocado por Internet. La pospolítica necesita el control de los medios de comunicación, la antipolítica la expansión de las redes sociales…

Junto a estas desavenencias, hay también algunos puntos en común entre la pospolítica y la antipolítica que vale la pena resaltar en aras de evitar la demagogia. Lo primero es que ambas utilizan la política como un medio para posicionarse ante el mercado. La primera, lógicamente, para encumbrarlo y la segunda para limitarlo. Las dos opciones sobrepasan a menudo las instituciones, sea por efecto del carisma, la tecnocracia o la asamblea. De Reagan a Putin, de Thatcher a Berlusconi, la pospolítica no se entiende, históricamente, sin un liderazgo y una retórica antisistema “desde arriba”. Del subcomandante Marcos a Beppe Grillo, ese liderazgo ha presionado “desde abajo”. En ambos casos, por la derecha o por la izquierda, con una sobredosis performática que queda evidenciada en el perfil histriónico de Berlusconi, Zarkozy, Hugo Chávez o el propio Grillo.

Pospolítica y antipolítica dirimen su batalla sobre las ruinas de la socialdemocracia. La primera, con su ataque persistente a la condición económica del Estado de Bienestar; la segunda, desde una crítica cultural y generacional que rechaza la moderación, el pactismo a ultranza y un lenguaje secuestrado por la corrección política. La diferencia está en que los primeros apuestan por reducir al máximo el carácter distributivo del gobierno y los segundos presionan por incrementarlo, en tanto que un derecho republicano ganado por la sociedad.

La pospolítica enfatiza el neoliberalismo, mientras que hay algo neocomunista en la antipolítica (su apuesta por la apropiación gratuita, la entronización de la masa anónima, la crítica a la democracia liberal). Ambas dejan a la vista el divorcio entre Mercado y Democracia como tándem idóneo del liberalismo.

Una y otra, desde ángulos opuestos, nos dejan el convencimiento de que la política –sin prefijos- no puede continuar como hasta ahora. También la duda sobre el porvenir de esta democracia llena de grietas en la que estamos varados; la incertidumbre de no saber si estamos asistiendo a su regeneración impostergable o a su hundimiento definitivo.

(*) Publicado en El País, 5 de marzo, 2012.

(*) La imagen pertenece al libro Al final, (Kókinos, 2010), con textos de Silvia Nanclares y dibujos de Miguel Brieva.

El filósofo y el megáfono

Iván de la Nuez

Durante las protestas en Nueva York, desatadas por el movimiento Occupy Wall Street, hubo un momento en el que Slavoj Zizek se encaramó en la tribuna y soltó un discurso. Como mandan los cánones de este tipo de actos, el filósofo esloveno enardeció a las masas, la emprendió contra el capitalismo financiero, hizo alguna salvedad -“no somos comunistas”- y cumplió con todos los rituales propios del intelectual orgánico en una época en la que se da por sentado que el compromiso está desfasado. O, como mínimo, empaquetado en galas o conciertos benéficos, comandados por estrellas del cine o el rock.

En una reflexión posterior a los hechos, Zizek expuso su descontento con una norma jurídica de Nueva York que, se quejaba, había mutilado su performance: la prohibición de utilizar megáfonos. Ello impidió a Zizek imitar con toda fidelidad a Foucault o Lenin –dos de sus modelos- que sí habían podido servirse alguna vez del altoparlante. Así que tuvo que conformarse con el llamado “megáfono humano”, que consiste en una cadena de voz mediante la cual la gente transmite a los que están detrás lo que dice el orador. Un repetidor simultáneo con la calidez y los riesgos propios del rumor: basta con una palabra de más, o de menos, y el que está a doscientos metros en lugar de El manifiesto comunista puede acabar entendiendo La macarena. (Sobre todo si es Zizek quien gesticula en la distancia).

En su día, Foucault también echó mano de un megáfono en apoyo a los trabajadores de Renault. El filósofo del biopoder, el pensador  que detectó la normalización de la sociedad moderna, el mismo que había cuestionado al intelectual orgánico representado por Sartre y sometido su humanismo a una crítica severa, aparecía ahora en su gesto más sartreano, alentando a las masas. Pero lo más curioso de la famosa imagen de Foucault blandiendo el megáfono es que, justo delante suyo, el que aparece no es otro que Sartre.

No conforme con haberlo desbancado de su lugar en el pensamiento, Foucault lo desplazaba, también, de su sitio en el panteón de intelectual del pueblo. La imagen lanza otra alerta: además de todo eso, pudo incluso haberle destrozado el tímpano, dada la proximidad entre el grito amplificado de Foucault y la oreja del hombre que había escrito El ser y la nada o rechazado el Premio Nóbel.

Retrocedemos en el tiempo y un Sartre más joven, aunque no con megáfono sino con pipa, se mueve perfectamente en diversas plazas y entre distintas muchedumbres, lo mismo en París que en La Habana. En esa ciudad, pudo seguir desde la tribuna un discurso multitudinario de Fidel Castro, cuyo lugar en la historia del poder no se entenderá por el uso del megáfono, pero sí del micrófono.

Y si continuamos, marcha atrás en la historia, nos topamos con las imágenes de otro intelectual modélico, Bertrand Russell, cuyo leit motiv siempre fue la lucha por la paz. En ninguna fotografía lleva megáfono, pero en casi todas, aún más que Sartre, aparece en la revuelta con su inseparable pipa. Algo es algo.

Zizek por Foucault, Foucault por Sartre, Sartre por Russell…

Todos filósofos, todos espoleados por sus conciencias para lanzarse a la calle. Todos opuestos a los rostros diferentes con los que se presenta la dominación… Y todos posteriores a otro teórico y otro megáfono. El único que alcanzó el poder. (Zizek intentó ganar las elecciones eslovenas, pero no lo consiguió).

Se trata, por supuesto, de Lenin, el primero que, además, arenga a las masas a favor de la autoridad (la suya en representación de los bolcheviques). El único que, a diferencia de sus ilustres continuadores, amplificó desde el megáfono su cruda certeza de que todo “lo que no es poder, es ilusión”.

(*) Publicado en ElDiario.es, 1 de marzo de 2013.