Entries from abril 2013 ↓

Primera Persona

Iván de la Nuez

Esta semana vuelve el Festival Primera Persona, que dirigen Kiko Amat y Miqui Otero. Será en el CCCB los días 3 y 4. Volveremos sobre el tema. De momento, el cartel de la fiesta inaugural.

Marcador

La música bárbara

Iván de la Nuez

No vamos a descubrir el Mediterráneo diciendo que la música cubana, en cualquiera de sus variantes, suele ser sofisticada. Monstruos hay en cada uno de sus géneros (y son muchos, monstruos y géneros). Así que no es noticia que un músico de esa isla (o un practicante de esa música) sea conocido como “genio” o “gigante” o incluso “mago” (el de las teclas se solía llamar a Antonio María Romeu).

Lo que sí resulta interesante es  la apuesta por lo contrario: esos músicos que han renombrado la etiqueta. Así, por ejemplo, Benny Moré era “El Bárbaro”. Arsenio Rodríguez se llamó “Primitivo”. José Luis Cortés siempre será “El Tosco”. Y Pedro Luis Ferrer, otro gigante con el que ayer me reencontré, no ha dudado en titular un disco suyo de esta guisa: “Rústico”.

Como diciéndonos que la civilización, para serlo a plenitud, tiene que pasar por la barbarie. Sobre todo en una cultura donde lo “bárbaro” es, precisamente, la plenitud.

 

El súper cumple 35 años

Iván de la Nuez

 

El súper cumple 35 años y el blog se apunta al homenaje invitando a sus lectores a ver (o revisitar) esta película que no defrauda. Dirigida por León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, con Manuel Arce en la producción y el guión, está basada en la pieza teatral de Iván Acosta y es el primer largometraje realizado por exiliados cubanos en Estados Unidos.

Su estreno tuvo lugar en 1978 y, casi cuatro décadas más tarde, se mantiene intacta (acaso ha ganado con el tiempo). El súper se anticipa a Crossover Dreams (1985), del propio León Ichaso con Rubén Blades como actor y coguionista. Su impronta es perceptible, asimismo, en el El portero, novela neoyorquina de Reinaldo Arenas. Desde su aparente sencillez, se trata de una película hipnótica sin artilugios, de una fábula sin moraleja; un cine pobre sin retórica.

 

El entierro infinito

Iván de la Nuez

El novelista Luis Goytisolo acaba de ganar el Premio Anagrama de Ensayo con Naturaleza de la Novela. Según sus declaraciones, el libro interroga un tema de largo recorrido, incluso entre las preocupaciones del autor: el de la muerte de la novela y, asimismo, el de la forma literaria que hipotéticamente podría sustituirla.

“La novela está en declive”, asegura. Y “en fase de extinción”, añade aún más incisivo. Si la televisión generó un punto de inflexión en el consumo literario –a partir de ella “la gente tiene menos tiempo para lectura”-, con las nuevas tecnologías el hábito de leer pasa, en el presente y no digamos ya en el futuro, a convertirse en “algo prescindible, accesorio”.

Convencido de que no tendremos otro Proust, Luis Goytisolo no sólo señala a los enemigos “externos” de la novela, sino también a los encargados de cultivarla, quienes a base de “repetir fórmulas”, sin duda gastadas, no consiguen su renovación.

Casi nunca es conveniente valorar las obras por lo que dicen de ellas sus autores, así que esperaremos a leer el libro. En cualquier caso, Luis Goytisolo no se ha apuntado a última hora a un debate sobre el que ya ha se ha explayado notablemente en distintos artículos. Tampoco es cuestión de establecer, como contrapunto a sus declaraciones, un listado de excelentes y renovadoras novelas aparecidas en los últimos años. (Las grandes novelas han sido excepcionales en cualquier época y, a fin de cuentas, como decía Blanchot, todo gran arte surge de alguna forma de precariedad). Ni siquiera intentaremos franquear el “formato libro” para descubrir la renovación compleja de la narrativa que, desde sus ficciones visuales, vienen haciendo artistas como Stan Douglas, Steve McQueen, Doug Atkins, Joan Fontcuberta, Valerie Mrjen…

Nada de eso es suficiente ante lo que retumba en las palabras de Goytisolo; su certificación de ese prolongado velatorio en el que hemos subsistido durante dos generaciones, avezados en el arte de amortajar cadáveres a los que ha sido más fácil asesinar que enterrar. Inmersos en las defunciones del comunismo y el arte, la historia y el Hombre, la verdad y las ideologías. Muertos todos, sí, pero no enterrados, de ahí nuestra existencia prefijada -en el post-comunismo, el post-humanismo, el post-modernismo, el post-estructuralismo, la post-historia- y toda esa posterioridad sin porvenir que Peter Sloterdijk tuvo a bien bautizar como la “era del epílogo”.

Luis Goytisolo habla del fin de la novela como Roger Caillois habló de Picasso como el “gran liquidador del arte” o Milan Kundera de Bacon como “el último pintor”. En su voz late el Adorno que negó posibilidad a la poesía después de Auschwitz.

Nuestra disyuntiva ha sido, entonces, la de una vida con arte después de Picasso, con pintura después de Bacon, con historia –pese a Fukuyama- más allá del Comunismo.

Acaso el reto para las actuales generaciones, habitantes del “post”, ya no consista en notificar, muerte a muerte, todo eso que se acaba: en la persistencia de esa práctica forense que empieza a aburrir soberanamente. Tal vez sea el momento de nombrar en positivo nuestra experiencia; y esto pasa por enterrar de una vez los cadáveres que le sirven de lastre.

(*) Publicado en El País, Tormenta de Ideas, 12 de abril, 2013.

(*) En la imagen, dibujo de Fernando Vicente sobre escritores latinoamericanos. 

Marx, Lafargue y los demás

Iván de la Nuez

 

Como en la famosa caricatu­ra del Almuerzo Estructuralista —Lévi-Strauss, Lacan, Foucault, Barthes…— aquí están, frente a sus copas respectivas, en un bar de Berlín del Este, Sartre, Oli­ver Stone, Manuel Vázquez Montalbán, Régis Debray, Graham Greene, Robert Redford…. La lista nunca es fija, crece o dismi­nuye según la intensidad de la conversación, la capacidad de asi­milación del alcohol y los compromisos diversos de estos per­sonajes.

Pueden entrar y salir casi hasta el infinito músicos y actrices, escritores y directores de cine, periodistas y filósofos. Pueden lla­marse Allen Gingsberg y Cartier Bresson, Billy Joel y Gina Lollo­brigida, Rita Coolidge y Danny Glover, Noam Chomsky y Kris Kristofferson, The Weather Report y Manu Chao.

Hay una representación latinoamericana: Mario Benedetti. Ya es octogenario, conoce perfectamente el alemán —¿Cómo olvi­dar su intervención en El lado oscuro del corazón?— y dormita can­sado de un largo viaje: el jet lag es implacable incluso con los inmor­tales.

-Lo primero que debemos saber es que Cuba no es un país normal -dice Régis Debray ante la mirada comprensiva de su maestro Sartre-. Es una revolución, y las sociedades en revolu­ción no se analizan igual que nuestras aburridas democracias oc­cidentales. Pero, además, no es sólo una revolución; es una revo­lución en la revolución.

-Yo diría más —apunta Sartre—. No es sólo una revolución en la revolución, sino algo más importante: es una revolución sin ideología, en la que el pueblo define los esquemas teóricos.

Benedetti despierta de su letargo y apuntilla sin miramientos:

—Y hay mulatas en todos los puntos cardinales.

Con la misma, regresa a su ensueño.

—No podemos olvidar —dice Stone sorbiendo una cerveza—

que además de todas esas teorías de la vieja Europa, los nortea­mericanos estamos fascinados por un enemigo indoblegable, un boxeador que no cae: Fidel Castro. Debo añadir que un hombre de palabra. Desde Roma no se veía un Aníbal de estas características.

—Yo, precisamente, lo consideré un Atlante —espeta Vázquez Montalbán—, ésa es precisamente la portada de mi libro Y Dios entró en La Ha­bana. Sólo les advierto —y aquí el padre de Carvalho sorbe lentamente su whisky— que si bien Dios entró en La Habana, mi libro nunca pudo entrar…

—Pamplinas —dice Graham Greene, mientras le da con sol­vencia a su gintonic—, las prohibiciones que imperan en Cuba no son demasiado distintas a las que conocemos en Occidente. Dí­ganme ustedes, señores míos, ¿cuál es la sociedad que no reprime al que la contesta? Ésa es la razón por la que escribí Nuestro hom­bre en La Habana, que trata sobre la época final de Batista. A Fidel no se le puede comparar con un Chirac o un Blair, ni siquiera con un Aznar. Hay que compararlo con el monstruo al cual sustituyó. Y con él, a todos esos cubanos con las maracas en las ma­nos, satisfaciendo a los turistas y prostituyéndose. ¿Dónde se en­cuentra hoy eso en Cuba?

Después de un largo bostezo, Benedetti regresa a la conver­sación:

—Y hay mulatas en todos los puntos cardinales.

Un silencio sobrecoge entonces a toda la mesa. Marx —Karl Marx—entra en el bar formidable de Berlín del Este.

El maestro no va solo.

Quiero decir que el humano Marx va acompañado. Ya sa­bemos que los genios van siempre solos, aunque los acompañe la multitud. En este caso, Marx —Karl Marx— está acompañado por un joven con una estampa algo exótica. Se sientan, ambos, en la mesa contigua de nuestros amigos, que se dedican a escuchar la conversación.

El joven se llama Paul Lafargue, Pablo Lafargue para los cuba­nos. Pretende a Laura, la hija de Marx y, por qué negarlo, la tiene totalmente seducida. Lafargue, de Santiago de Cuba. Ella, alema­na, de la vieja Europa. Lafargue carece de importancia para aque­llos grandes de la izquierda que sólo tienen ojos y oídos para el maestro, imbuidos, acaso, de una secreta superstición. Si el maes­tro ha aparecido allí, junto a ellos, es porque trae la clave de la li­beración del proletariado en nuestra era global.

Ésta es, sin embargo, la conversación que ellos escuchan:

—Si quiere continuar sus relaciones con mi hija tendrá que re-considerar su modo de hacer la corte —dice Marx—. La intimi­dad excesiva está fuera de lugar, sobre todo teniendo en cuenta que habitan en la misma ciudad.

—Nos amamos y nos amaremos en libertad, como propugna nuestra filosofía revolucionaria, incluidos mis ímpetus —aclara el cubano.

—O se comporta, o Laura quedará muy lejos de usted. Ya advertí que un mestizo como Bolívar no podría liberar a un con­tinente y ahora le advierto que si usted defiende su temperamen­to criollo, es mi deber interponer mi razón entre su temperamento y mi hija.

Sólo Benedetti habla en medio de la monserga del gran Marx:

—Y hay mulatas en todos los puntos cardinales.

Ése es el momento preciso en el que Marx y Lafargue (este úl­timo abona las dos cervezas a medio consumir) se levantan para abandonar el recinto.

Yo, tras ellos.

Fascinado, no voy a negarlo, por la figura de aquel cubano que, en mi particular y disparatada teoría, escribió El derecho a la pereza contra su suegro y situó el vacilón y la vagancia como verdadera liberación del proletariado. No sólo eso: Lafargue, a quien en Cuba incomprensiblemente no se vene­ra, tuvo tiempo de casarse con la hija de Marx, hacer un pacto sui­cida con ella, ser protagonista del partido socialista español o el francés y, una vez cumplido el suicidio, soportar la despedida de duelo de Lenin en un frío cementerio de París.

Como podemos suponer, suegro y yerno no siguen juntos. Marx parte, posiblemente, hacia la eternidad, Lafargue se adentra en el Berlín poscomunista, en la ciudad posterior a la caída del Muro. Compra unos discos de música electrónica en Prenzlawerg, se apunta la fecha de la Love Parade, come en un restaurante viet­namita —Cho—, y adquiere después unos libros en inglés en una tienda dedicada exclusivamente a los Cultural Studies. Yo le sigo de cerca (esperanza y alerta, no olvidemos esto).

Todavía hoy intento seguirle de cerca e imaginar la revolu­ción por esa vía menor, individual y libre que Lafargue cifró una vez y la izquierda no ha sido capaz de escuchar.

Ésa es mi fantasía.

(*) Fragmento del epílogo de mi libro Fantasía roja (Debate, 2006). La escena, recuperada en Tumiamiblog, evidentemente nunca sucedió. Las palabras, en cambio, sí fueron dichas o escritas tal cual por los personajes. 

Intento de escapada

Iván de la Nuez

Esta tarde, conversaré con Miguel Ángel Hernández Navarro para presentar su primera novela: Intento de escapada (Anagrama). La nota de invitación describe así el asunto del libro: “La rutina de Marcos, estudiante de Bellas Artes, se ve interrumpida por la llegada a su ciudad de provincias del célebre Jacobo Montes, el gran artista social del presente, cuya transgresora obra pretende ser una denuncia del capitalismo contemporáneo. Marcos acaba convertido en su asistente y con él aprenderá a mirar con nuevos ojos la realidad, en especial el problema de la inmigración, tema sobre el que Montes pretende trabajar en la ciudad. Una experiencia de iniciación que, sin embargo, no acabará como Marcos había imaginado porque los métodos de Montes están en el límite de lo admisible. Una crítica profunda y envenenada del arte contemporáneo más radical y de la actitud cínica que se oculta detrás de ciertas prácticas artísticas `comprometidas´”.

Será en La Central de la calle Mallorca 237, Barcelona a las 19.30. Prometemos polémica. El vino es cosa de la editorial.

Exponer un judío

Iván de la Nuez 

Dedicarle una exposición a cualquier asunto, desde los más sagrado hasta lo más profano, se ha convertido en uno de los rituales de la cultura contemporánea. Y es que ya quedan pocos temas en este mundo que no hayan sido carne de museo; algo característico, según Lyotard, de la moral posmoderna.

Así las cosas, hemos podido “visitar” el reciclaje del Comunismo y el regreso de la guerra civil española, tanto como la revolución o el colonialismo. Hemos sabido de una exposición dedicada al grupo armado Baader Meinhof en Berlín, con 88 obras de 52 artistas, y hemos asistido a la certificación de “la acción social como una de las bellas artes”.

En esta espiral frenética, hay incluso quien ha llegado a sugerir que la cárcel de Guantánamo sea convertida en un museo…

Ahora, en el Museo Judío de Berlín, está teniendo lugar “La verdad total, todo lo que quería saber sobre los judíos”. Una exposición que intenta destapar los estereotipos, silencios y, sobre todo, el desconocimiento que tiene la población alemana sobre esa comunidad, así como sobre su propia diversificación. La muestra ha desatado distintas polémicas. Porque enfrenta al público con un tema tabú en Alemania y por las preguntas a las que se ven sometidos muchos espectadores, entre los cuales hay mucha gente que ha confesado no haberse detenido jamás a hablar con un judío. (En el país, según información ventilada por el propio proyecto, esa población es de 200.000 entre 82 millones, de ahí que una de las preguntas sea precisamente esta: “¿todavía hay judíos en Alemania?”).

Más allá de las, a veces, incómodas preguntas que el visitante se ve obligado a contestar, el mayor debate ha sido generado por la pieza estrella del proyecto: “Judíos en la vitrina”. Esta ha conseguido soliviantar a los críticos de la exposición, entre ellos varios rabinos que consideran de mal gusto exponer a una persona para que hable con la gente sobre su identidad.

Una parte sostiene que un judío no es una pieza de museo, mientras que los organizadores –en su mayoría también judíos- considera que la merma de su población, junto a la necesidad de tener que explicarse continuamente, le convierten de antemano en “una pieza de exhibición”; una especie de obra caminante por Alemania.

Como sucede con las exposiciones sobre el Comunismo, Guantánamo o Las Grandes Causas, resulta complicado discernir aquí entre crítica y frivolidad, verdad e imagen, arte y provocación, cultura y publicidad…

Más claro resulta percibir todo esto como una mutación, algo perversa, del Ready Made de Duchamp. Ya no son los objetos –un orinal, una aspiradora, la Mona Lisa- los que terminan reciclados en el museo, sino los sujetos y sus causas.

Por el momento, eso sí, junto a la polémica van creciendo las colas.

(*) En la imagen, fotografía de Markus Schreiber (Ap).