Entries from mayo 2013 ↓

Daniel G. Andújar en el búnker

Iván de la Nuez

 

Daniel G. Andújar comparte en el blog dos imágenes de su participación en la exposición D-O Ark Underground, de la que informamos aquí recientemente y que tiene lugar en el reconvertido búnker del Mariscal Tito, construcción realizada durante los años de la Guerra Fría con el propósito de resistir un ataque nuclear.

En la primera imagen, una foto del momento previo a la apertura de ese espacio para la inauguración de la muestra. (Los soldados no forman parte de la obra). La segunda, se corresponde a su pieza Túnel, a partir de la cual los espectadores pueden comenzar a avanzar hacia el interior del búnker y de la exposición.

 

 

Según la propia descripción de Andújar en el catálogo, aquí el búnker es leído a partir de tres términos en apariencia desligados, pero que funcionan como una parábola de aquella sociedad, incluso más allá de un tiempo concreto. Universitas evoca a los individuos que han de permanecer en un cuerpo común -llámese sociedad, comunidad, gremio, corporación-. Stećaks designa las lápidas medievales dispersas por Bosnia y Herzegovina o en otras zonas fronterizas de Croacia, Montenegro y Serbia. Gymnazium alude a la academia y al aprendizaje. Así pues, comunión, muerte y adoctrinamiento se citan en una pieza que se vale del propio búnker que acoge el proyecto, y de su historia, en esta exposición que intenta releer la Guerra Fría.  

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Uno y la política

Iván de la Nuez

 

En la era de la política, el problema consistía en que, aunque a uno no le interesara la política, a la política sí que le interesaba uno.

En la era de la pospolítica, el problema consiste en que a uno sí le interesa la política, pero resulta que a la política uno le importa un carajo.

(*) La imagen es de Rogelio López Cuenca.

Round about “Caravan”

Iván de la Nuez

A continuación, cuatro versiones de Caravan. Duke Ellington “rondado” por Thelonious Monk, Michel Camilo, Arturo Sandoval y Stevie Ray.

 

http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=8tA-4AeyVy8

Definición del Ensayo

Iván de la Nuez

 

Los adictos al crucigrama de Fortuny (La Vanguardia), casi siempre se llevan alguna joya después de tomar la dosis diaria. Algún momento en que lo más importante no es dar con la palabra sino aquello que la define. Cuando lo que provoca esa palabra deja de ser un acertijo, un jeroglífico, y se convierte en definición pura y dura.

Lo que aquí comparto es del crucigrama de ayer.

Dice así: Ya no sé, me crea una gran confusión, pero lo intento.

Después de darle vueltas, intuyes que hay que buscar el anagrama de Ya no sé, y que además adquiera un sentido entre la confusión y el intento.

Resultado: Ensayo.

Bestial.

 

Arte y búnker

Iván de la Nuez

 

 

En la ciudad bosnia de Konjic, artistas de 28 países participan en una exposición en la que ofrecen distintas lecturas de la Guerra Fría. El título del proyecto, con curaduría de Basak Senova y Branko Francheschi, es D-O Ark Underground y reúne un total de 82 obras.

Se da la circunstancia de que la exposición no tiene lugar en un museo, sino en el famoso búnker de Josip Broz Tito, construido secretamente entre 1953 y 1979 para resistir un ataque nuclear durante esa Guerra Fría a la que alude la exposición. El edificio está a 280 metros bajo tierra (los números “2” y “8” parecen repetirse como una cábala en el proyecto) y todavía conserva la simbología comunista de los viejos tiempos.

Si en la novela Paisaje pintado con té, Milorad Pavic concibió un arquitecto cuya máxima obra de arte consistiría en alojar el palacio de Tito en las orillas del lago Potomac, Estados Unidos, ahora es el búnker del Mariscal el espacio donde van a alojarse las obras de los artistas.

¿Arte en un búnker? No es un caso excepcional. Ya pasó algo similar con el palacio de Ceaucescu, en Bucarest, del cual una parte fue reconvertida en museo de arte contemporáneo.

Justo es decir que ni Tito ni Ceaucescu llegaron a habitar esos mastodontes. El primero, porque no hubo ataque nuclear que lo obligara a ello. (La guerra que desmembró Yugoslavia tuvo lugar en la época posterior a su mandato). El segundo, porque no le dieron tiempo: fue fusilado junto a su mujer intentando escapar de Rumanía antes de establecerse en sus nuevas, y ofensivamente lujosas, alcobas.

Estas construcciones provenientes del comunismo no son los únicos edificios de un poder antiguo que se reciclan más tarde como centros o museos de arte.

La ciudad de Karlsruhe tuvo a bien convertir una de las fábricas de armas más grandes de Alemania en el centro multimedia más importante de Europa, el ZKM, dedicado a combinar arte y tecnología. Buena parte de la Bienal de La Habana transcurre en la fortaleza de la Cabaña, un fuerte colonial devenido en mazmorra en la que fue ejecutado el poeta Juan Clemente Zenea o estuvo prisionero el escritor Reinaldo Arenas más de un siglo después.

Cada vez que tiene lugar una exposición en estas construcciones cargadas de horror, uno se pregunta para qué sirve el arte y qué grado de complicidad mantenemos con lo ocurrido en esos espacios. Es cierto que la cultura puede, y debe, renombrar los lugares, convertirlos en “otra cosa”, propiciar libertad donde antes se albergó la opresión. Pero es preferible hacerlo como un ejercicio que se proponga desvelar la memoria antes que como un proyecto que consiga lapidarla.

Enciclocracia

Iván de la Nuez

Hoy, en ElDiario.es, comienzo a publicar Enciclocracia, un pequeño diccionario de los grandes poderes que se irá desarrollando cada semana. Les invito a pasar por allí.

Los bosnios

Iván de la Nuez

 

 

Acabo de leer Los bosnios, de Velibor Colic (Periférica). Una vez acabado, intento respirar. Al cabo de unos minutos, empiezo a ser conciente de su impacto. El libro hilvana fragmentadas historias ocurridas en Modrica, Bosnia, 1992, durante las jornadas más crudas de la guerra de los Balcanes.

Publicado originalmente en francés, 1994, su valor permanece intacto dos décadas más tarde. Velibor Colic nació en Bosnia, 1964. Allí vio arrasados su casa, sus amigos y sus manuscritos durante el conflicto. Se alistó en el ejército bosnio. Desertó. Fue apresado. Consiguió huir a Francia.

En resumen, una vida europea.

La estructura de Los bosnios, ya lo hemos adelantado, es fragmentaria, pero en ningún caso inconexa. Y el autor va recogiendo las historias como quien colecciona esquirlas.

Esos relatos van armando, a la vista del lector, el mosaico de un desastre que ocurrió en el corazón de Europa al mismo tiempo que se construía la Unión.

No hace falta decir que narra episodios extremos de horror y muerte, mucha muerte… Digamos que la muerte protagoniza cada uno de los capítulos -“Hombres”, “Ciudades”, “Alambradas”- en los que se cruzan fatalmente musulmanes, serbios y croatas.

Y ahí quedan los fusilamientos y las cabezas empaladas y los sadismos sin nombre y las violaciones masivas y los encarnizamientos propios del delirio y la limpieza étnica.

Peter Sloterdijk describió ese espanto echando mano de la tradición “merovingia” para explicárselo. El autor de Los bosnios –que “estuvo allí”- conoce otros móviles menores que hacen más terrible, si cabe, la masacre. Como el caso de un chetnik (soldado serbio) famoso por la violación masiva de mujeres. Sólo que no lo movía el espíritu de Clodoveo. De hecho, en la ciudad todos sabían el simple motivo que lo llevó a disfrazar con una bandera y una coartada ancestral su comportamiento: violar era, sencillamente, su única forma de tener contacto con mujeres.

Ni más ni menos.

En Los bosnios, los efectos de la guerra escoran a las causas hasta un lugar secundario. Lo mismo hacen los hechos con los juicios.

-No hay nada de glorioso en la muerte de un joven en el frente, sea de un bando o de otro.

El autor, pese a todo, intenta agarrarse a un hilo de esperanza. Pero si lo suyo, lector, es reconciliarse con el género humano –“no puede haber una bestia peor”, creo que dijo Mark Twain- no se asome a este libro. Y si lo que busca es sentirse al salvo, tampoco. No ya de “los otros” –esos en los que habita el infierno, según Sartre- sino de usted mismo.

Y esa es, paradójicamente, la razón por la que necesitamos leer Los bosnios. Basta una chispa, una Gran Causa, un remoto agravio manipulado por algún Mesías (o algún poeta), y ya estamos dispuestos para la barbarie.

Fascismo Update

Iván de la Nuez

 

Europa no sería Europa si cada cierto tiempo no sonara la alarma de que “vuelve el fascismo”. Como Agamben no sería Agamben si dejara de recordarnos que nunca se ha ido.

2013 ha sido un año propicio al ritornelo. En parte, porque es difícil negar el crecimiento de la extrema derecha en países como Grecia, Hungría o Francia, mientras que en Italia o España el fenómeno empieza a cotizar al alza. Y en parte, porque en una situación de ruptura social como la que tenemos, el primer efecto suele ser la polarización y, a partir de ahí, el grosor que adquieren los extremos. (Son evidentes asimismo los brotes neocomunistas ante el desmantelamiento de la socialdemocracia).

Este año el asunto, incluso, se complica algo más porque hay fecha redonda de por medio. (Y ya sabemos que la occidental es una cultura apegada a los hitos). En enero se cumplieron 80 años del arribo de Hitler al poder en Alemania. En noviembre se cumplirán 75 de la noche de los cristales rotos, cuando se desató la embestida contra los judíos y sus propiedades.

A la crisis y la fractura social, tanto como a las fechas redondas y al ascenso de la extrema derecha, cabe añadir una lista que comprende el debilitamiento de la democracia, la reflotación del caudillismo, el derrumbe de la clase media, la indefinición de la izquierda, la inanidad de la política, la aceptación de la demagogia y el látigo constante de Alemania sobre el resto de países de la Comunidad Europea.

Con esos truenos, cuesta dormir tranquilos sin encomendarse a aquella frase de Paul von Hindenburg, presidente del Reich, después de entregar, hace ocho décadas, el poder a Hitler como Führer: “Y ahora señores míos, que Dios nos asista”.

(*) Las imágenes corresponden a tres piezas de Glexis Novoa, todas de 2013. Codes of fear (grafito sobre la pared); Luz permanente (Ivan Shadr) (grafito sobre lienzo); Danzig ist Deutsch (grafito sobre la pared), Center for Contemporary Art Laznia, Gdansk, Polonia.

Tipos normales

Iván de la Nuez

Algunos ponen bombas. Otros se embarcan hasta, pongamos, África y se convierten en una versión del coronel Kurtz. Un minotauro en plena selva. Los hay que mutilan y se dan al sacrificio de sangre. Casi todos con el doctor Jekyll por fachada y un Mister Hyde interior que va labrando el espanto.

En este relato casi nunca falta el vecino que, ante el horror que estalla en la puerta de al lado, primero se queda atónito para soltar, más tarde, el recurrente “se veía como un tipo normal”.

La historia se ha repetido en Cleveland. Con triple secuestro, cuatro vidas segadas y un monstruo que jugaba con los niños del barrio, conducía el autobús escolar, tocaba el bajo en los bares locales.

Mientras tanto, raptó, esclavizó y violó durante diez infinitos años a Michelle Knight, Georgina DeJesus y Amanda Berry (esta parió una hija durante el cautiverio). El tal Castro tal vez se siente en la silla eléctrica.

Al asunto no le faltan lagunas. Desde una posible indulgencia policial hasta la sospecha de alguna complicidad con el depredador. Y todo en un mundo en el que la “normalidad” se mide con una escala curiosa.

Si esta bestia era y parecía un “tipo normal”, será mejor que empecemos a cambiar nuestra opinión sobre los extravagantes.

Vuelve el punk, ¿se aleja el futuro?

Iván de la Nuez

 

El Metropolitan Museum de Nueva York acaba de inaugurar una exposición retrospectiva sobre el legado estético del punk. La muestra tiene previsto viajar a Londres, lo cual tiene sentido como acto de justicia, dada la importancia de esta ciudad en el surgimiento de ese movimiento. (Todavía se discute en qué ciudad, Nueva York o Londres, surgió primero).

A estas alturas, la impronta cultural del punk está fuera de duda. Como también parecía fuera de duda su importancia política, abanderando el descontento juvenil con las medidas neoconservadoras de Thatcher o Reagan. En ambas perspectivas avanza uno de los mejores libros escritos jamás sobre un movimiento cultural: Rastros de carmín. Este ensayo de Greil Marcus parte del impacto que recibe el autor en un concierto de los Sex Pistols; un shock que le hace viajar a los orígenes de esta corriente que calificó como una “bomba retardada”. Sin consecuencias demasiado altisonantes en el presente, pero lista para explotar en algún momento del porvenir.

El punk vendría a ser, para Marcus, la culminación de un camino lateral en el que se reconocen el dadaísmo, la Internacional Situacionista, las tesis de Guy Debord o mayo del 68. Un rastro de carmín que te puedes quitar de la mejilla, pero no de la memoria.

A juzgar por las reseñas, la exposición recién inaugurada –Punk: del caos a la costura– no parece privilegiar ese lado subversivo, ni confirmar aquel estallido ulterior previsto por Marcus. Quizá por concentrarse en la moda –llega, por ejemplo, a incluir el vestuario de Cuatro bodas y un funeral-, una nube light se posa sobre este retorno. Nada que ver con lo expuesto por Grail Marcus. Ni rastro de Rastros

Curioso licuado el de un movimiento que arremetió contra todo aquello que hoy vuelve. Y que lo hizo, precisamente, desde un eslogan que tiene su actualidad: No Hay Futuro.