Los bosnios

Iván de la Nuez

 

 

Acabo de leer Los bosnios, de Velibor Colic (Periférica). Una vez acabado, intento respirar. Al cabo de unos minutos, empiezo a ser conciente de su impacto. El libro hilvana fragmentadas historias ocurridas en Modrica, Bosnia, 1992, durante las jornadas más crudas de la guerra de los Balcanes.

Publicado originalmente en francés, 1994, su valor permanece intacto dos décadas más tarde. Velibor Colic nació en Bosnia, 1964. Allí vio arrasados su casa, sus amigos y sus manuscritos durante el conflicto. Se alistó en el ejército bosnio. Desertó. Fue apresado. Consiguió huir a Francia.

En resumen, una vida europea.

La estructura de Los bosnios, ya lo hemos adelantado, es fragmentaria, pero en ningún caso inconexa. Y el autor va recogiendo las historias como quien colecciona esquirlas.

Esos relatos van armando, a la vista del lector, el mosaico de un desastre que ocurrió en el corazón de Europa al mismo tiempo que se construía la Unión.

No hace falta decir que narra episodios extremos de horror y muerte, mucha muerte… Digamos que la muerte protagoniza cada uno de los capítulos -“Hombres”, “Ciudades”, “Alambradas”- en los que se cruzan fatalmente musulmanes, serbios y croatas.

Y ahí quedan los fusilamientos y las cabezas empaladas y los sadismos sin nombre y las violaciones masivas y los encarnizamientos propios del delirio y la limpieza étnica.

Peter Sloterdijk describió ese espanto echando mano de la tradición “merovingia” para explicárselo. El autor de Los bosnios –que “estuvo allí”- conoce otros móviles menores que hacen más terrible, si cabe, la masacre. Como el caso de un chetnik (soldado serbio) famoso por la violación masiva de mujeres. Sólo que no lo movía el espíritu de Clodoveo. De hecho, en la ciudad todos sabían el simple motivo que lo llevó a disfrazar con una bandera y una coartada ancestral su comportamiento: violar era, sencillamente, su única forma de tener contacto con mujeres.

Ni más ni menos.

En Los bosnios, los efectos de la guerra escoran a las causas hasta un lugar secundario. Lo mismo hacen los hechos con los juicios.

-No hay nada de glorioso en la muerte de un joven en el frente, sea de un bando o de otro.

El autor, pese a todo, intenta agarrarse a un hilo de esperanza. Pero si lo suyo, lector, es reconciliarse con el género humano –“no puede haber una bestia peor”, creo que dijo Mark Twain- no se asome a este libro. Y si lo que busca es sentirse al salvo, tampoco. No ya de “los otros” –esos en los que habita el infierno, según Sartre- sino de usted mismo.

Y esa es, paradójicamente, la razón por la que necesitamos leer Los bosnios. Basta una chispa, una Gran Causa, un remoto agravio manipulado por algún Mesías (o algún poeta), y ya estamos dispuestos para la barbarie.

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