Arte y búnker

Iván de la Nuez

 

 

En la ciudad bosnia de Konjic, artistas de 28 países participan en una exposición en la que ofrecen distintas lecturas de la Guerra Fría. El título del proyecto, con curaduría de Basak Senova y Branko Francheschi, es D-O Ark Underground y reúne un total de 82 obras.

Se da la circunstancia de que la exposición no tiene lugar en un museo, sino en el famoso búnker de Josip Broz Tito, construido secretamente entre 1953 y 1979 para resistir un ataque nuclear durante esa Guerra Fría a la que alude la exposición. El edificio está a 280 metros bajo tierra (los números “2” y “8” parecen repetirse como una cábala en el proyecto) y todavía conserva la simbología comunista de los viejos tiempos.

Si en la novela Paisaje pintado con té, Milorad Pavic concibió un arquitecto cuya máxima obra de arte consistiría en alojar el palacio de Tito en las orillas del lago Potomac, Estados Unidos, ahora es el búnker del Mariscal el espacio donde van a alojarse las obras de los artistas.

¿Arte en un búnker? No es un caso excepcional. Ya pasó algo similar con el palacio de Ceaucescu, en Bucarest, del cual una parte fue reconvertida en museo de arte contemporáneo.

Justo es decir que ni Tito ni Ceaucescu llegaron a habitar esos mastodontes. El primero, porque no hubo ataque nuclear que lo obligara a ello. (La guerra que desmembró Yugoslavia tuvo lugar en la época posterior a su mandato). El segundo, porque no le dieron tiempo: fue fusilado junto a su mujer intentando escapar de Rumanía antes de establecerse en sus nuevas, y ofensivamente lujosas, alcobas.

Estas construcciones provenientes del comunismo no son los únicos edificios de un poder antiguo que se reciclan más tarde como centros o museos de arte.

La ciudad de Karlsruhe tuvo a bien convertir una de las fábricas de armas más grandes de Alemania en el centro multimedia más importante de Europa, el ZKM, dedicado a combinar arte y tecnología. Buena parte de la Bienal de La Habana transcurre en la fortaleza de la Cabaña, un fuerte colonial devenido en mazmorra en la que fue ejecutado el poeta Juan Clemente Zenea o estuvo prisionero el escritor Reinaldo Arenas más de un siglo después.

Cada vez que tiene lugar una exposición en estas construcciones cargadas de horror, uno se pregunta para qué sirve el arte y qué grado de complicidad mantenemos con lo ocurrido en esos espacios. Es cierto que la cultura puede, y debe, renombrar los lugares, convertirlos en “otra cosa”, propiciar libertad donde antes se albergó la opresión. Pero es preferible hacerlo como un ejercicio que se proponga desvelar la memoria antes que como un proyecto que consiga lapidarla.

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