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Mercado negro de un imaginario

Iván de la Nuez

 

En el siglo XIX, Marx concibió su crítica a la economía política a base de escrutar el fetiche por excelencia del capitalismo: la mercancía. En el siglo siguiente, Baudrillard se apropiaría de esa idea, enfocando la suya en otro fetiche: el signo. Vik Muniz -que ante las “M” de Marx o Mao prefiere la de Mcluhan- ha decidido concentrar su economía estética en el intercambio simbólico.

Así, frente a la ley de la selva del Mercado (con mayúsculas), y su exceso de oferta sobre la demanda, ha optado por esa regulación a escala humana que rige el mercado negro. Sólo que, a diferencia de Goethe -“cuando me asalta el miedo, invento una imagen”-, su antídoto consiste en desmontar las imágenes ya existentes para descubrirnos el imaginario que las puebla. No se trata, entonces, de consumir la imagen como un elíxir; se trata de asumir la genealogía de su complejidad, interrogar la impronta que ha dejado en ella la cultura, intuir su legado una vez rebasada la sobredosis visual que hoy nos apabulla.

Esta empresa tiene su dificultad, habida cuenta de que la noción de mercado negro acarrea sinónimos peyorativos y, por así decirlo, poco “artísticos”. Por una parte, remite a la oscuridad; al lugar donde las cosas no se ven claras. Por otra, se le atribuyen sinónimos como informal –mientras que el arte dirime su destino en la forma-, o incluso sumergido –cuando lo artístico suele definirse, precisamente, por su emergencia a la superficie.

El trabajo de Vik Muniz pasa, primero que todo, por una dignificación de ese espacio de intercambio. De ahí la certeza de que su encomienda como artista reside en hacer visible lo que no se ve, en sacar a flote lo que está sumergido, en formalizar lo informe…

Que Vik Muniz asuma el intercambio simbólico de esa manera no le lleva a subestimar el hecho de que, en ese mercado negro de los símbolos, el artista se ve atrapado a menudo en una situación trágica. Sobre todo porque está obligado a poner a la venta obras que, en principio, no deberían estar concebidas para venderse. Esa alienación describe una explotación que lo ubicaría en el lugar de los trabajadores; por más que pueda ganar fama, dinero o habite en un mundo elitista.

Desde esa perspectiva, el arte es asumido como un don. Aunque ese don no se refiera al talento o la “gracia” con el que vendrían bendecidos de manera natural sus creadores. Hay otro don que nos habla de “donar”; del arte concebido para “dar”; activado, sin más, como una ofrenda. Una concesión mediante la cual los seres humanos, más que una transacción, establecen una conexión, dejando aparte dimensiones tales como el Estado, el Mercado o el Derecho.

En su ordenamiento, la obra de Vik Muniz funciona, ella misma, como ese mercado negro que sugiere el artista. Igual que el jardín de los senderos que se bifurcan, esbozado por Borges, funcionaba también como una novela.

¿Qué sucede, en la Era de la Imagen, cuando un símbolo -desde el más sagrado hasta el más pagano, desde el más radical hasta el más inocuo- es reciclado y devuelto, en otra condición, a la sociedad? Esta pregunta cruza la actualidad y, de paso, define nuestro lugar en ella. La respuesta de Vik Muniz parte de un convencimiento: construir imágenes es un oficio que va parejo a ejercer la crítica de las imágenes. Porque la distribución de las imágenes, así sin más, se queda apenas en la marea de una superproducción frívola sino es capaz de transmitir el imaginario que las sustenta.

(*) Publicado en El País, Babelia, el 24 de agosto. Un ensayo sobre este asunto puede encontrarse en el catálogo Vik Muniz: Más acá de la imagen, de la exposición retrospectiva dedicada al artista brasileño (Sao Paulo, 1961) que el Museo de Arte del Banco de la República acoge en Bogotá hasta el 28 de octubre de 2013. En la imagen: Nube Nube, San Diego, 2008. (Presión en gelatina de plata).

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