Amis, Groys y Stalin en «El comunista manifiesto»

Iván de la Nuez

(Comparto aquí el fragmento de un capítulo -«Stalin Neocon»-, que aparece en la tercera parte -«El cuerpo»- de El comunista manifiesto).

Cuando Zhou Enlai fue preguntado por la Revolución francesa, respondió que era “demasiado pronto para opinar”. Con respecto a Stalin, la izquierda de Occidente ha dado su opinión demasiado tarde.

Si el fantasma de Marx, con el que se inicia este libro, ocupa un lugar volátil en el presente, el cuerpo de Stalin está jalonado por un lastre demoledor que le obliga a caer hasta aplastarnos, digámoslo así, por su propio peso. Marx vaga como una metáfora que flota fuera del tiempo. Stalin encarna –como el título de Heberto Padilla, el más famoso de los poetas disidentes cubanos- “el justo tiempo humano” de su cronología, marcada por las decenas de millones de sus muertos.

Incluso para sus adversarios, Marx está lleno de “peros” (su sabiduría, su estatura como ensayista, el halo romántico de alguien que nunca dirigió un Estado). Con Stalin, hay pocos “peros” que valgan. Es más, no hay una sola virtud, ni una sola maldad, que supere la expansión mortífera de su proyecto.

Marx está más allá de la muerte. Stalin es la muerte misma.

Consideremos, si no, esta confirmación: los líderes del comunismo –de Ceaucescu a Fidel Castro, de Kadar a Honecker- pueden haberse permitido el lujo de ser malos marxistas, pero ninguno ha sido un mal estalinista. Ese georgiano, cuyo mostacho es tan reconocible como el bigotito de Hitler, es el rito de paso por el que cada líder del socialismo real debe pasar alguna vez en su vida para saber, de verdad, cómo es esto de llevar las riendas el poder.

Cuando escribió Koba el temible, Martin Amis no se fijó, como lo hace este libro, en el regreso del comunismo a través de la ficción que proponen las obras del arte, el cine o la literatura. Publicado en 2002, su Koba ignora cualquier revival estético y va directo a esa pregunta de tan tardías respuestas, de tan largos silencios, sobre la indulgencia de los intelectuales de Occidente con respecto a Stalin.

Vale añadir que, para Amis, Stalin es más que Stalin. Su nombre, incluso, engloba a Lenin y hasta a su enemigo más odiado: Trotski. Para Amis no hay matices: no es que Stalin sea leninista o anti-trotskista. Es que ambos, Trotski y Lenin, son estalinistas. Bajo esa percepción, Stalin incorporaría –esto es, insertaría en su cuerpo- toda la maldad anterior o posterior del sistema soviético, del comunismo todo, acaso de la revolución. Al mismo tiempo, ese cuerpo expulsa toda la maldad imaginable; el olor de la muerte y los gritos de los condenados en el Gulag, las pústulas y el escorbuto, el hambre y el canibalismo.

-Nadie nos hablará nunca de la fisiología del gobierno autocrático –dice Amis.

Y por eso él lo intenta. Stalin –que acaba sus días en la cama- sólo puede ser comparado con Iván el Terrible y Amis no tiene la menor duda de que ha sido peor que Hitler. No importan, aquí, los avisos de Cristopher Hitchens sobre la importancia de evitar el parangón entre fascismo y estalinismo.

Su pregunta por el amor a Stalin tiene un punto freudiano y, en consecuencia, debe empezar por el padre, Kingsley Amis, el escritor comunista con el cual Amis Jr. inicia un ajuste de cuentas que prosigue con otros intelectuales de Occidente y alcanza finalmente, más allá del Telón de Acero, a Iliá Ehrenburg, Boris Pasternak o el mismo Andrei Sajárov, uno de los disidentes más reconocibles de todos los tiempos. Ellos, todos, para Amis son también culpables, pues alguna vez “amaron a Stalin”.

Koba el temible tiene como subtítulo “La risa y los veinte millones”. Y aunque se propone como un libro que busca una reparación moral, es también un ejercicio de estilo. Es ensayo y memoria, alegato y una larga epístola a los intelectuales que está encaminado, tal vez sobre todas las cosas, a una suerte de desagravio lingüístico.

Y es que a Martin Amis el estalinismo le sigue pareciendo innombrable. Todo el mundo conoce Dachau o Auschwitz, pero casi nadie conoce Kolymá. Todo el mundo sabe de Eichmann y de Himmler, pero pocos retienen el nombre de Dzeryinski. Todo el mundo puede identificar el Holocausto, pero… ¿qué nombre tiene, en la memoria colectiva, lo que ocurrió en la URSS bajo Stalin?

No tiene nombre.

Amis apunta algunos, como Carnicería o Fratricidio (no muy originales, hay que admitirlo). Pero la pregunta, en todo caso, no debería ser ¿qué?, sino ¿por qué? Amis se queja de que aun antisoviéticos tan connotados como Robert Conquest o Vladimir Nabokov se dejaran llevar por la corriente y llegaran a afirmar, contrario a lo que él mismo piensa, que Hitler “fue peor”. El último capítulo de su libro –“Cuando los muertos despertemos”- abunda en la deuda que la cultura occidental arrastra con los condenados del Otro Lado. Con esas veinte millones de tragedias que carecen de “dignidad fúnebre”.

Koba el temible esboza un problema al que no consigue responder del todo: un tabú llamado Stalin sobre el que la izquierda occidental, según su autor, ha callado. Una izquierda que sigue venerando a Lenin o Trotski –ya hemos visto que Amis los deplora casi igual que a Stalin-, y que persevera abonada a la fórmula marxista que define a los hombres por su lugar en el reino de la necesidad, tan caro a la filosofía de Engels.

Para el novelista inglés, los seres humanos nos definimos por nuestra habitación en el reino de la libertad, y por ello llega a la conclusión de que la muerte, en la Era Stalin, no era un medio, sino el fin de un psicópata que gozaba del poder absoluto.

Sin embargo, en la necesidad puede que esté la clave de la aceptación –abierta, discreta o silenciosa- del estalinismo. Si para Reich, la pregunta fundamental sobre Hitler era por qué las masas habían deseado el fascismo, para muchos comunistas, Stalin no sólo fue posible o deseable, sino también necesario. Es sobre esa base que han esgrimido las justificaciones posteriores.

Amis exagera un poco en el desconocimiento de Occidente hacia el estalinismo, habida cuenta del detalle al que se había aplicado Solzhenitzyn, tanto en Un día en la vida de Iván Denísovich como en Archipiélago Gulag; por no mencionar la cantidad de material del que él mismo dispuso para escribir Koba el temible.

-¿Por qué?

Esa pregunta martilla toda la obra. Y la respuesta a ese tabú puede que no la encontremos tanto en lo que representa Stalin, sino en lo que representa el comunismo.

 

Cuando se viene abajo el Muro, Boris Groys se percata de una situación sorprendente: Stalin también era un tabú para la Rusia del comunismo crepuscular. Y eran un tabú, junto a Stalin, las miles de pinturas que lo representaban en términos vergonzosamente laudatorios. En ese misterio hay una clave que nos ayudará a entender el porqué del retorno estético del comunismo tras su hundimiento. Y es que no puede olvidarse que, entre sus misiones iniciales, “el mundo que prometía construir el poder que se estableció en Rusia después de la Revolución de Octubre no sólo debía llegar a ser más justo o garantizarle al hombre un mayor bienestar económico: ese mundo, tal vez en mayor grado, debía llegar a ser hermoso”.

Esta frase de Boris Groys inaugura su Obra de arte total Stalin. Escrito con quince años de anticipación al libro de Amis, Groys se auxilia el concepto de ready made de Duchamp para emplearlo, digámoslo así, al revés. Al contrario que Amis, Groys no entiende que Stalin liquidó a la vanguardia, sino algo peor: la fagocitó.

-La cultura estaliniana se apropió de esas ambiciones y estrategias y las utilizó a su manera.

En código abierto, Groys toma este concepto de “obra total” de Richard Wagner y de su manera de entender la ópera. La Unión Soviética de Stalin tiene algo de ópera y de “escenificación multimedia”, tal como lo entenderíamos ahora, “capaz de absorber e incorporar completamente dentro de sí a su espectador”.

Pero este libro de Groys no es, como el de Amis, un ajuste de cuentas, aunque coincida en tratar de completar un fenómeno no nombrado del todo.

Amis se refiere a la literatura, Groys al arte. A Amis, le intriga la continuidad que representa Stalin con respecto a los zares. A Groys lo que le intriga es, por el contrario, el hecho ver de la excepcionalidad temporal del experimento soviético como algo desgajado del tiempo.

-Ninguna revolución occidental ha sido capaz de una aniquilación tan despiadada del pasado como la revolución rusa.

Donde Amis ve un continuo y exclusivo “martirologio” –en el realismo socialista-, Groys ve un proceso más complejo, que en nada se diferencia de lo ocurrido con la vanguardia. Amis clama por un tratamiento psiquiátrico del estalinismo, Groys por una revisión estética.

Cuando inicia sus investigaciones, a Boris Groys le interesa poner bajo sospecha el “mito de la inocencia de la vanguardia” frente al arte totalitario posterior a los años treinta. (Esto es algo que resuelve muy bien, por cierto, la exposición La caballería roja, presentada en La Casa Encendida de Madrid, que consiguió enlazar las dos etapas).

Para Groys, el artista soviético del estalinismo no sólo no se sitúa frente al Estado, sino que ni siquiera se encuentra fuera de él, como intenta aparentar el artista occidental con respecto a su relación con el mercado.

Si Martin Amis quiere que miremos hacia el Más Allá del Telón de Acero, y que a su vez nos desplacemos en el tiempo a la era del Terror y del Gulag, Groys propone que permanezcamos en Occidente, aquí y ahora, sin necesidad de viajar en el tiempo.

La pregunta de Amis sigue siendo de este tenor: ¿por qué ocurrió “aquello” allí y entonces? La pregunta de Groys es otra: ¿puede ocurrir “aquello” aquí y ahora? Esto es: ¿es el estalinismo un hecho propio del comunismo o es un estilo de poder que, llegado el caso, puede, como el revival del realismo socialista, cruzar la frontera y existir, él también, más allá del comunismo?

Una pareja de artistas rusos –Komar y Melamid- no dudaron en dar una respuesta afirmativa, incluso antes de que Groys escribiera Obra de arte total Stalin y Amis publicara Koba el temible.

-Sí -parecen decir estos pintores-, el estalinismo tiene tentáculos más allá de su tiempo, más allá de su espacio y más allá del propio sistema comunista…

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