No Direction Rome

Iván de la Nuez

 

El Papa Francisco en la portada de Rolling Stone. Así cruza, se nos dice, otra frontera en su afán de actualizar la Iglesia y sacarla a la calle, de situarse a sí mismo como una figura más asequible para un público nuevo. Solo en Estados Unidos, la revista tiene una tirada quincenal de 1.400.000 ejemplares. A eso se le llama una ampliación del target.

Ante la mediocridad superlativa de los políticos actuales, millones de personas parecen haber desplazado su fe hacia este otro jefe de Estado que se explaya sobre la urgencia de atender los asuntos terrenales. Esto es: barrio, trabajo, penuria cotidiana, conflictos generacionales, brechas sociales… Nada, por otra parte, que no estuviera en el Concilio Vaticano II.

De todos modos, y aunque su discurso se sitúe a la izquierda de Wojtyla, con su Rolling Stone Francisco no ha hecho más que seguir la estela de Juan Pablo II, campeón absoluto en el dominio de los media. El Papa de ahora, eso sí, ha comprendido rápidamente la lógica de la cultura de masas, que no escatima el uso de cualquier icono para expandir su propia prédica.

Por la redacción de la revista de marras han pasado algunos “popes” de la contracultura –como Hunter S. Thompson-, así como por su portada han pasado algunos “diablos”; desde los mismos Rolling Stones -nada menos que Sus Satánicas Majestades- hasta un chico con cara de ángel y demonio interior capaz de perpetrar una matanza en el Maratón de Boston.

El caso es que las cubiertas de Rolling Stone nunca se han dedicado a invocar la santidad. Y precisamente uno de sus protagonistas –un John Lennon desnudo en posición fetal– llegó al punto de considerarse más famoso que Cristo. Esto fue en 1966, un año antes de fundarse esta revista que, en su día, llegó a equiparar rock y rebeldía.

Medio siglo más tarde, un Papa en la portada nos hace dudar si es la Iglesia la que se ha “soltado” o es el rock el que se ha domesticado.

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