Entries from abril 2014 ↓

Orientación

Iván de la Nuez

 

 

Leo que, además del inglés, las tiendas y otras plataformas de ventas en Europa están exigiendo el chino, el árabe y el ruso para contratar trabajadores. Y leo también que, aparte del turismo tradicional, el revolucionario, el exótico, el extremo, el de la corrupción o el de la pobreza –de todos ellos hemos hablado por aquí-, resulta muy importante el “turismo de compras”.

En Nueva York, por ejemplo, hay establecimientos en los que no sólo los dependientes hablan ruso, sino que incluso cabe la posibilidad de que los clientes paguen con ¡rublos! Sin duda hablamos de esos mismos turistas rusos que muy pronto, nada más desembarcar en Barcelona, encontrarán en el mismo puerto una franquicia del Hermitage para seguir sintiéndose en casa.

Uno u otro lugar de Occidente –bien Europa, bien Estados Unidos- empiezan a comportarse como estaciones de servicios para países de la zona oriental del mundo, la misma que hasta hace muy poco se dio por colonizada por los productos y los valores occidentales. Mientras nos “emiratizamos” en esta parte no muy grande del planeta, ocurre que en los Emiratos de toda la vida se están desplegando franquicias del Louvre, La Sorbona o el Guggenheim, al mismo tiempo que los coleccionistas chinos, nuevos millonarios globales, generan una inflación en los precios del arte.

Estas noticias, tomadas (casi) al azar, dejan ver un cambio en la correlación de fuerzas en la economía mundial y una considerable mutación en los intercambios culturales propia de un futuro que ya está aquí.

Por lo pronto, ha llegado la hora de aprender uno de esos idiomas que antes, en Occidente, sólo sabían los expertos y/o los colonizadores, y que hoy están obligados a manejar los vendedores. Todo para el lujo y esparcimiento de aquellos que nos visitan desde esos países que ocupan el Oriente del mapamundi y que, desde que sale el sol, parecen ofrecernos nuevas claves para orientarnos en él.

(*) La imagen es de Andreas Gursky: Kuwait, Stock Exchange II2008.

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Mafalda cincuentona

Iván de la Nuez

 

 

Según el dibujante Quino, Mafalda, tal como la conocemos, nació el 29 de septiembre de 1964. Así que sus 50 deben celebrarse este año 2014.

Si los que nacimos en el 64 ya estábamos reconfortados con cumplir la media rueda junto a Elle McPherson o el primer disco de los Rolling Stones, hacerlo el mismo año que Mafalda sube unos puntos la zona infantil de la autoestima.

1964 fue, asimismo, el año en que los científicos Arno Penzias y Robert Wilson descubrieron los pormenores del Big Bang. Y Mafalda fue, qué duda cabe, un Big Bang en el imaginario latinoamericano, donde ocupa un lugar privilegiado junto a otros héroes de ficción, como Aureliano Buendía, Pedro Navaja, Inodoro Pereyra, Doña Bárbara o Beatriz Viterbo, por citar sólo algunos nombres de los que, por otra parte, se distancia en la actitud.

Como Charlie Brown, el “hijo” de Schulz, se trata de una niña increíblemente dotada para la observación y la reflexión. Pero, a diferencia de Charlie, que sólo habita en un mundo infantil junto a su perro Snoopy, Mafalda está en permanente tensión con el mundo de los adultos, que a fin de cuentas es el mundo que le ha tocado en herencia, el poder contra el que a menudo se rebela, la autoridad hacia la que expresa su desacuerdo. Un mundo que no ha elegido y que, a la mínima, deja en evidencia o le enmienda la plana con su lógica implacable en medio del absurdo.

Todo el mundo recuerda algún chiste de Mafalda, o su aversión a la sopa, así que no vale la pena repetir alguno aquí. En cambio, quizá sí valga la pena refrendar su actitud. Mafalda le habla al mundo –los globos terráqueos abundan en la tira- de tú a tú, sin complejos de ningún tipo y eso la convierte, posiblemente, en el primer personaje “global” de la cultura latinoamericana. Mafalda no se siente inferior a nadie, entre otras cosas porque se sabe habitante del planeta, por más que su argentinidad aflore cada dos por tres.

Su única arma es el talento mezclado con inocencia: un cóctel que se vuelve letal cada vez que abre la boca. Sin deudas, ni culpas, ni complejos. Sólo, para decirlo desde el lema favorito de Danton, con “audacia, audacia, y más audacia”.

Fresán escribe su “Gran Vidrio”

Iván de la Nuez

 

En un momento en el que el Work in Progress y el archivo, el documento y los proyectos, se han convertido en género literario o display de museo, conviene leer La parte inventada. Y no porque Rodrigo Fresán reniegue de tales procedimientos, sino por su renuncia a columpiarse sobre la garantía de condescendencia que viene adosada a sus usos y abusos.

De hecho, La parte inventada da un vuelco radical a esa tendencia que le había concedido licencia para no matar a tantos escritores y artistas de estos tiempos en los cuales muchos de los que pregonan las bondades del proceso creativo han terminado por rebajarlo a la condición de un tanteo exhibicionista.

Fresán sigue, así, el rastro de Marcel Duchamp con su Gran vidrio. Y eso implica asumir que si bien el proceso es (casi) todo, no es porque anticipe una obra que está “por terminar” en un momento dado, sino porque nos da la posibilidad de armar, escrupulosamente, una obra “definitivamente inacabada”. En esa línea, La parte inventada se deja leer simultáneamente como el primero y el último libro de este escritor. Un libro prematuro y póstumo al mismo tiempo en el que uno puede encontrar varias claves de Historia argentina o La velocidad de las cosas y también quedarse con la impresión de que esas obras no se han escrito todavía.

No es la primera vez que un escritor se asocia a Duchamp, o a esta obra en particular (Mario Bellatín tituló El Gran vidrio a un libro suyo y Graciela Speranza ha documentado la intensa relación del artista francés con la cultura argentina).

En este “gran vidrio” particular, Fresán persiste en destaparse con una “desnudez demasiado vestida”. Siempre desde un trabajo que está en las antípodas del arqueólogo: lo suyo es ir agregando capas hasta conseguir esta escritura tectónica por la que avanza el narrador como camina por la playa un tipo furtivo con un abrigo sospechoso en medio del verano.

La parte inventada es, en buena medida, una biblioteca alimentada de materia “muerte” que los seres humanos han ido desprendiendo a través del tiempo. Paul Virilio, por ejemplo, no dudaría en describirla como una biblioteca catastrófica; visto ese punto terrorífico que nos sobrecoge cuando todos los libros se sitúan al revés en las estanterías -escondidos los lomos e invisibles los títulos y autores-, desde las que ya sólo escapan textos sin jerarcas.

Ante La parte inventada, el lector sabe, desde la primera página, que aquí todos los títeres se quedan con cabeza, que el autor no administra información, que no existen para él dosis graduales, que el drama griego es algo que ha ido encontrando su cobijo óptimo en las teleseries. Así que más le vale asumir, entero, el bloque de hielo -no sólo el iceberg- y enterarse de que se encuentra ante algo parecido al anti-Hemingway. O enfrentar su obsesión por la vida restituida después de la muerte, evidenciada en esa identificación con un anacrónico hombrecito de hojalata. Un muñequito tenebroso que puede evocar a Hércules Poirot o al protagonista de La muerte de un viajante. Un juguete de cuerda que nos coloca, incluso antes que mitos resucitados como Frankenstein, frente a la tecnología primigenia de la resurrección.

La parte inventada es, también, un registro de aquello que no resulta legible del todo y echa por tierra la asumida convicción -seguida a rajatabla, al menos, por mí- de que todo lo pensado no debe llegar a ser publicado. Por eso el borrador y el documento, las sensaciones y los criterios, la investigación y la escritura, el archivo y el gesto, el acontecimiento y su crónica, todos los fetiches y todas las posibilidades, suceden aquí al mismo tiempo y en parecida condición.

Nada que desechar o que olvidar en la cabeza no borradora de un escritor que le propone al lector la tarea de pescar en una cascada.

Ante el vértigo de ser arrastrado por ella, el escritor Fresán se agarra a la frase de Francis Scott Fitzgerald que nos recuerda que “toda buena prosa es como nadar bajo el agua y aguantar la respiración”. Mientras tanto, el lector Fresán se precipita en la corriente de agua, aferrado al consuelo favorito de Marcel Duchamp: “soy un respirador”.

La parte inventada es, quizá, lo que ha sobrevivido de ambos.