Fresán escribe su «Gran Vidrio»

Iván de la Nuez

 

En un momento en el que el Work in Progress y el archivo, el documento y los proyectos, se han convertido en género literario o display de museo, conviene leer La parte inventada. Y no porque Rodrigo Fresán reniegue de tales procedimientos, sino por su renuncia a columpiarse sobre la garantía de condescendencia que viene adosada a sus usos y abusos.

De hecho, La parte inventada da un vuelco radical a esa tendencia que le había concedido licencia para no matar a tantos escritores y artistas de estos tiempos en los cuales muchos de los que pregonan las bondades del proceso creativo han terminado por rebajarlo a la condición de un tanteo exhibicionista.

Fresán sigue, así, el rastro de Marcel Duchamp con su Gran vidrio. Y eso implica asumir que si bien el proceso es (casi) todo, no es porque anticipe una obra que está “por terminar” en un momento dado, sino porque nos da la posibilidad de armar, escrupulosamente, una obra “definitivamente inacabada”. En esa línea, La parte inventada se deja leer simultáneamente como el primero y el último libro de este escritor. Un libro prematuro y póstumo al mismo tiempo en el que uno puede encontrar varias claves de Historia argentina o La velocidad de las cosas y también quedarse con la impresión de que esas obras no se han escrito todavía.

No es la primera vez que un escritor se asocia a Duchamp, o a esta obra en particular (Mario Bellatín tituló El Gran vidrio a un libro suyo y Graciela Speranza ha documentado la intensa relación del artista francés con la cultura argentina).

En este “gran vidrio” particular, Fresán persiste en destaparse con una “desnudez demasiado vestida”. Siempre desde un trabajo que está en las antípodas del arqueólogo: lo suyo es ir agregando capas hasta conseguir esta escritura tectónica por la que avanza el narrador como camina por la playa un tipo furtivo con un abrigo sospechoso en medio del verano.

La parte inventada es, en buena medida, una biblioteca alimentada de materia “muerte” que los seres humanos han ido desprendiendo a través del tiempo. Paul Virilio, por ejemplo, no dudaría en describirla como una biblioteca catastrófica; visto ese punto terrorífico que nos sobrecoge cuando todos los libros se sitúan al revés en las estanterías -escondidos los lomos e invisibles los títulos y autores-, desde las que ya sólo escapan textos sin jerarcas.

Ante La parte inventada, el lector sabe, desde la primera página, que aquí todos los títeres se quedan con cabeza, que el autor no administra información, que no existen para él dosis graduales, que el drama griego es algo que ha ido encontrando su cobijo óptimo en las teleseries. Así que más le vale asumir, entero, el bloque de hielo -no sólo el iceberg- y enterarse de que se encuentra ante algo parecido al anti-Hemingway. O enfrentar su obsesión por la vida restituida después de la muerte, evidenciada en esa identificación con un anacrónico hombrecito de hojalata. Un muñequito tenebroso que puede evocar a Hércules Poirot o al protagonista de La muerte de un viajante. Un juguete de cuerda que nos coloca, incluso antes que mitos resucitados como Frankenstein, frente a la tecnología primigenia de la resurrección.

La parte inventada es, también, un registro de aquello que no resulta legible del todo y echa por tierra la asumida convicción -seguida a rajatabla, al menos, por mí- de que todo lo pensado no debe llegar a ser publicado. Por eso el borrador y el documento, las sensaciones y los criterios, la investigación y la escritura, el archivo y el gesto, el acontecimiento y su crónica, todos los fetiches y todas las posibilidades, suceden aquí al mismo tiempo y en parecida condición.

Nada que desechar o que olvidar en la cabeza no borradora de un escritor que le propone al lector la tarea de pescar en una cascada.

Ante el vértigo de ser arrastrado por ella, el escritor Fresán se agarra a la frase de Francis Scott Fitzgerald que nos recuerda que “toda buena prosa es como nadar bajo el agua y aguantar la respiración”. Mientras tanto, el lector Fresán se precipita en la corriente de agua, aferrado al consuelo favorito de Marcel Duchamp: “soy un respirador”.

La parte inventada es, quizá, lo que ha sobrevivido de ambos.

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