Entries from septiembre 2014 ↓

Entre el exhibicionismo y la vista gorda

Iván de la Nuez

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En los últimos días, guerras y maltratos, crímenes y conflictos, han consumado su colonización de ese otro campo de batalla que ya no podemos esquivar: la videosfera. Incapacitados para evitarlos, su omnipresencia ha acabado por convertirnos en testigos obligados de una deriva en la cual la violencia ya no sólo necesita difundirse; exige, además, imponerse. No nos remite a un estallido extraordinario; describe un acto cotidiano.

Lo mismo en los telediarios que en la red, en tertulias y en todo lo que disponga de una pantalla desde la cual inocularnos su mensaje. Así las decapitaciones del Estado Islámico o las ejecuciones del narcotráfico (cuya artillería videográfica nos hace sospechar de una complicidad profesional). Así las palizas entre adolescentes o un bombardeo, quemar a un mendigo o regodearse en una violación…

A los protagonistas –en este caso los victimarios- ya no sólo les basta con utilizar las nuevas tecnologías. Sienten la irrefrenable necesidad de aparecer en ellas. Ya no les basta con producir, ahora también necesitan figurar.

Mediante esta obsesiva performance, matar o abusar, violar o extorsionar dejan de ser actos clandestinos para monopolizar el primer plano de la visibilidad.

La banalidad del mal –que inquietó a Hanna Arendt-, y la transparencia del mal –que fascinó a Jean Baudrillard-, han dado paso a un tercer capítulo en esta escalada: aquel que refiere el exhibicionismo del mal.

Un exhibicionismo que, por cierto, no debe entenderse como mera postproducción, sino como una pieza imprescindible sin la cual los efectos buscados –de horror o de fascinación- no estarían conseguidos del todo.

Se da, por otra parte, la curiosa paradoja de que, mientras los hombres más buscados actúan desde la exhibición, los gobiernos y autoridades dedicados a buscarlos y capturarlos operan en la mayor opacidad. Hoy todos sabemos lo que hacen los malos, los detalles de sus argumentos, la secuencia milimétrica de sus procederes. Pero desconocemos lo que hacen las fuerzas del orden.

¿Cuestión de táctica? ¿Una estrategia para trabajar contra el mal desde sus mismas tinieblas? Permítanme el escepticismo. Lo que tiene un mundo hipervisualizado es que, salvo por imperativos de la hipocresía, resulta imposible hacer “la vista gorda”.

(*) La imagen es de Miguel Brieva. 

Marcador

La burocracia

Iván de la Nuez

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Si el ácrata se posiciona frente al Estado, y el aristócrata se siente por encima de este, el burócrata se instala en el núcleo mismo de sus tramas. De modo que, si la vida pública pudiera ser leída desde los protocolos del drama griego –con su planteamiento, su nudo y su desenlace-, la burocracia sería el ámbito por excelencia de esa trabazón intermedia que se sitúa entre el planteamiento de nuestros problemas y el desenlace de sus soluciones.

No hay Estado sin burocracia. Lo mismo en la antigüedad que en los imperios coloniales, bajo el comunismo o las monarquías feudales, durante la expansión del ferrocarril o en la eclosión de Internet. Pero sí hay burocracia más allá del Estado, cuando esta rebasa los poderes públicos y se aloja en otras formas de organización de la vida económica, social y cultural de una comunidad. Allí donde se convierte en un estilo, una conducta que se filtra en nuestros procederes e incorporamos como algo “sustancial” en cada uno de nuestros pasos.

Max Weber no duda de la existencia de una burocracia estatal que funciona como “autoridad”, de la misma manera que hay una burocracia privada que opera como “administración”. El empresario moderno se percibe a sí mismo como “primer funcionario de su empresa”, como Federico II de Prusia se sentía “el primer funcionario del Estado”.

Así pues, la idea de que “a menos Estado, menos burocracia” se tambalea cuando observamos el poder militar, el tráfico de armamentos o la guerra misma. El complejo militar industrial, por ejemplo, funciona en Estados Unidos como un ente privado, aunque sólo alcanza su sentido en las decisiones políticas. Si repasamos la historia de los actuales oligarcas rusos, comprobamos que estos no emergen gracias a las herencias de antiguas familias del zarismo defenestradas por la revolución bolchevique, sino debido al aprovechamiento corrupto de los restos del Estado soviético. Aparecen como la casta intrínseca a una máquina burocrática que tuvo su origen en el Estado para acabar, finalmente, en el mundo privado de la élite financiera.

Otro espejismo sentencia que “a más tecnología, menos burocracia”. Hasta la era digital, más que como contrarios, burocracia y tecnología funcionaron como un tándem. (De hecho, la tecnología había sido la punta de lanza de una burocracia que Weber equiparó a una máquina que jugaba con ventaja en un mundo no maquinizado). A estas alturas del siglo XXI, es cierto que el uso de las nuevas tecnologías vulnera uno de los templos de la burocracia –el gobierno de nuestro tiempo-, pero también es verdad que, al mismo tiempo, Internet facilita el control sobre nuestros archivos. La ciber-burocracia es la sublimación del Gran Hermano imaginado por Orwell.

Con críticos tan curiosos como Karl Marx y el Che Guevara, o teóricos del calado de Hegel o Robert Michels, la burocracia se comporta como un mecanismo de alienación al que, paradójicamente, estamos ligados desde el primero hasta el último día de nuestra vida.

Y mientras las teorías han intentado su racionalización, el arte se ha enfocado, precisamente, en su irracionalidad. De ahí su abundancia en la literatura del absurdo y el surrealismo. En los desvelos de Berlanga o Buñuel, Kurosawa o Tomás Gutiérrez Alea, los hermanos Marx o Ingmar Bergman. Sobre todos ellos, Kafka; con esos personajes sometidos a un ente misterioso que controla sus vidas desde esas oficinas que aniquilan toda ilusión vital.

Desde esa perspectiva, la vida es una odisea burocratizada que va desde nuestra aparición ante “la parte contratante” hasta el momento que alguien nos pone “el último sello”.

(*) En la imagen, obra de Carlos Rodríguez Cárdenas: Construir el cielo. (1989).

Rapeando “El Capital”

Iván de la Nuez

 

En este vídeo, el actor esloveno Klemen Slakonja se caracteriza como su paisano, el filósofo Slavoj Zizek, y “rapea” algunas de las obsesiones de este controvertido teórico marxista. Así, desgrana sus críticas a la oligarquía y su denuncia de la injusticia social, el impacto de los medios de comunicación y de la cultura de masas, el estado del mundo y una solución radical que ya se vislumbra desde el mismo título: “Cut The Balls”.

Con un punto delirante, y una música de discoteca pasada de moda en la que no falta un momento para la “Macarena”, el vídeo podría incorporarse a una larga lista de intentos por difundir la filosofía, o incluso la ideología, por vía facilona y divertida. En el corto, además, reina un tono burlesco hacia el propio filósofo, su exagerada gestualización (se dice que es un antídoto contra su tartamudeo), su megalomanía y su inglés macarrónico.

Desde aquella relación tormentosa de Nietzsche con Wagner, la música y la filosofía moderna han sido prácticamente inseparables. Bien porque los filósofos la han asumido sin cortapisas (Eugenio Trías), bien por sus reticencias a hacerlo (el caso de Theodor Adorno con el jazz).

Michel Foucault y Pierre Boulez, Deleuze y la música electrónica, José Luis Pardo y los Beatles, Maldita vecindad y Marshall Berman… Estos no son más que ejemplos muy diversos de esa connivencia y ese enriquecimiento mutuo que ahora se actualiza en forma de esperpento y videoclip viral que cualquiera puede descargarse en Internet.

El fin justifica los méritos

Iván de la Nuez

 

Con la expansión de la crisis, los méritos han vuelto a tener predicamento. No es para menos, habida cuenta de esas grandes masas, la mayoría jóvenes, que viven un desencuentro estructural con el mercado de trabajo. Y tampoco es para menos, habida cuenta de que el asunto no se limita al “desempleo”. Casi tan grave resulta su paliativo -el empleo precario- y que la gente, frente a la nada, acabe conformándose con lo poco.

Así funciona, hoy, este sistema.

En un presente en el que vuelve con fuerza la esencia y no la elección, la herencia y no el mérito, el apellido y no la carrera, es comprensible que la meritocracia genere ilusiones. Tanto como que, en algún lugar del imaginario colectivo, se cebe la fantasía del triunfo definitivo del talento y el esfuerzo, tan propios del self-made-man a lo anglosajón o de la feina ben feta a la catalana.

Ahí se esconde, sin embargo, una trampa; pues los méritos no son magnitudes neutras ni, desgraciadamente, están determinados por el sujeto que los atesora, sino por la autoridad que los concede. Y sí, tal vez sean más evidentes en la guerra o el deporte, pero en los mundos de la burocracia o los negocios conviene hurgar en las tinieblas para entender algo sobre ellos.

A fin de cuentas, ninguna sociedad -más si está en transición o crisis-, suele premiar aquello que la cuestiona.

Quizá por eso Adam Smith identificara, hace más de dos siglos, a los sujetos portadores de “estados impropios” –el libertador pobre, el llanero violento, la víctima o el gobernante manirroto que regala lo ajeno- como lastres para una meritocracia en la que debía prevalecer lo doméstico y lo estable. Así pues, por debajo del discurso capitalista sobre los méritos, más que la virtud se gratificaba la obediencia. Y más que residir en el arte de quebrar las normas, tal virtud se alojaba en la habilidad para usarlas.

A pesar de su exaltación de la igualdad por encima de la competencia, los países comunistas no lo hicieron mejor. De manera que su versión de la meritocracia puso el énfasis en la fidelidad –al partido, al sistema, al secretario general-, hasta el punto de convertirla en El Mérito por excelencia.

Una vez desplomado el comunismo en Europa del Este, y explayado el capitalismo de las nuevas tecnologías, la concepción del mérito sufre una mutación importante. Por una parte, tiene lugar “la era del acceso” de grandes multitudes a unas posibilidades inéditas de visibilidad y exposición de sus cualidades. Por la otra, como ha visto César Rendueles en Sociofobia, muchas veces esos méritos han sublimado el carisma antes que la formación propiamente dicha. La meritocracia de la cultura digital ha extendido la figura del iluminado solitario que, surgido de un garaje, acaba amasando millones. Al punto de que hemos terminado encumbrando a un rey (Bill Gates), canonizando a un santo (Steve Jobs) o condenando a un demonio (Kim Dotcom).

El término meritocracia surge en 1958, con el libro The Rise of Merithocracy, de Michael Young, que siempre le dio un tratamiento crítico, por no decir peyorativo, al vocablo de marras. El neoliberalismo, en cambio, ha hecho lo posible por abrillantar la palabra y no parece casual que fuera Tony Blair –rey de la tercera vía- el encargado de redimensionarla. (Algo que, por cierto, enfureció al propio Young, quien denostó la habilidad especulativa como máxima virtud de la nueva época).

Esa distorsión de Blair es una buena clave para entender, por ejemplo, el sello de las políticas culturales recientes, que difunden como mérito el hecho de que la gente se comporte como una industria en lugar de como una comunidad. En esa cuerda, el meritócrata de hoy insiste en convencernos de que el tiempo es dinero, sobre todo porque perder el tiempo es, sobre todo, perderlo con otras personas.

Conviene recuperar aquí los argumentos de Paul Lafargue o Bertrand Russell, quienes apostaron por la utilización del tiempo libre en su justo sentido. Es decir, no como la etapa de reposición de fuerzas para volver al trabajo, sino como el aprovechamiento de un periodo no sujeto a explotación. Es curioso que, tanto en El derecho a la pereza, de Lafargue, como en Elogio de la ociosidad, de Russell, encontremos una anticipación a las posibilidades libertarias de una época como la nuestra, en la que pueden romperse las barreras entre el día y la noche, días laborales y fines de semana, hogar y oficina, deber e imaginación. Los ecos de Russell nos ayudan asimismo a subvertir aquel viejo prejuicio de los ricos, “convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto tiempo libre”, de modo que era mejor que dedicaran la mayor cantidad de sus estúpidas horas al trabajo. (O a buscarlo).

La meritocracia aparece en la actualidad como esa dimensión en la que nuestro tiempo queda secuestrado por la competencia, como una tercera vía entre los derechos y la supervivencia. Y es que, por lo general, cuando hablamos de mérito, en realidad nos referimos a “oportunidad” (sobre todo en una sociedad en la que no impera la demanda sino la oferta, y que no tiene suficiente con la dosis; necesita a toda costa la sobredosis).

La meritocracia no puede crecer sin el miedo a la pobreza. Y si en otro tiempo llegó a mostrarse como un trampolín para ascender socialmente, ahora se parece más a un clavo ardiendo al que nos agarramos para no descender (aún más). En esa circunstancia, la meritocracia se comporta como la zanahoria que nos hace movernos en pos de algo inalcanzable. Un estímulo pavloviano por el que avanzamos, salivando, sin percatarnos de que, al final, el fin justifica los méritos.