Entries from febrero 2015 ↓

¿Debe publicarse “Mi lucha”, el libro de Hitler?

Iván de la Nuez

MEIN KAMPF

 

Aunque siempre ha estado ahí, la polémica se refuerza ahora en Alemania, pues este año prescribe la prohibición de publicar Mi lucha, plataforma y legado político de un autor llamado Adolf Hitler. Los derechos del libro están en poder del Ministerio de Finanzas de Baviera, que se hizo con ellos en exclusiva, precisamente para impedir su propagación. Según la ley actual, a partir de este 2015 cualquier editorial puede publicar el libro y, claro está, venderlo. Una vez que editarlo sea legal, es de esperar que también lo sean las presentaciones, lecturas públicas y toda la repercusión que supone un acontecimiento de esta magnitud. (Se avecinan tiempos de hitlerología, con especialistas y tertulianos diciendo la suya).

Ante el fenómeno político, ideológico y moral (hay de todo) del asunto, leo que los historiadores están barajando la posibilidad de aderezar la impresión con comentarios académicos, alertas y una serie de apuntes que amortigüen el impacto de su discurso. Se da el caso de que fue precisamente en Baviera donde Hitler hizo su primera gran aparición pública, en un intento de golpe de estado que lo llevó a la cárcel. Y fue en la cárcel donde, un año después, en 1924, escribió este panfleto entre biográfico y programático en el que desgranó sus ideas sobre la necesaria expansión de Alemania, la superioridad de la raza aria o el imperativo de acabar con la conspiración judía. En fin, que esta obra sustenta el ideario que llevó al mundo al paroxismo nazi, al Holocausto y a la Segunda Guerra Mundial.

Una vez derrotado el fascismo, la adquisición de los derechos mundiales del libro por el land bávaro no consiguió eliminar la lectura del libro, pero sí pudo limitar, con la ley en la mano, su propagación en Alemania, donde por razones obvias todo lo que tiene que ver con Hitler o el fascismo sigue siendo tabú.

¿Qué puede pasar ahora? Pues que, a punto de caducar la prohibición, el libro podría publicarse. También es previsible que genere los beneficios propios del negocio editorial (con la impagable publicidad del morbo que le precede). ¿Debería ser rearticulada la ley y prohibirse Mi lucha para siempre? Ciertamente, no parece que estemos en el mejor momento para que este libro se convierta en best seller. Con una crisis evidente de la democracia en cualquier lugar en la que está instalada (no hablemos de allí donde ni siquiera existe). Con la ultraderecha viendo crecer sus votos en Europa o Estados Unidos. Con un mundo tan seducido por el fundamentalismo y tan poco dado al discernimiento, esta resurrección puede ser una preocupante guinda en el pastel del extremismo.

Así y todo, creo que el libro debe ser publicado. Todavía más, pienso que debió publicarse durante todos estos años y que fue un error de los gobiernos posteriores aplazar la decisión. Una sociedad sin los anticuerpos necesarios para enfrentar un libro de esta índole, de cualquier índole, no puede definirse como una sociedad libre. Peor aún: es una sociedad en peligro. Aparte de que no hay mejor publicidad que lo prohibido y que la salida abrupta del libro será mucho más nociva que una edición “normalizada” y continua.

Esto sin reparar en que cualquiera puede leer el libro por Internet y que no todos los países tienen prohibida su venta. En Estados Unidos, por ejemplo, no es ilegal. En los Países Bajos, sí; aunque no su lectura o su préstamo (una legislación hipócrita muy parecida a la de otros países europeos con las drogas, dicho sea de paso). Por último, según Amazon, los mayores encargos provienen de Alemania, país en el que, hasta hoy, también puede ser leído y comprado, aunque no publicado.

Visto que el efecto “bombazo” producirá, presumiblemente, un considerable negocio, mi inquietud está encaminada a saber dónde irán a parar las ganancias de esas futuras ediciones y así calibrar, dentro de lo posible, el increíble marketing de esta campaña que ahora podrá recoger sus frutos después de setenta años de abstinencia.

Como dijeron Karl Marx y Sherlock Holmes –dos hombres del siglo XIX-, siempre es recomendable seguir la pista del dinero. Por lo general, ahí reside la clave de casi todos los misterios y de casi todos los crímenes.

Marcador

El traductor de los extraños

Iván de la Nuez

Sacks

 

Oliver Sacks acaba de publicar un artículo en el que explica que tiene una enfermedad terminal y le queda poco tiempo de vida. El autor de Un antropólogo en Marte, Despertares o El hombre que confundió a su mujer con un paraguas ha escogido para su despedida un título de su admirado David Hume: “De mi propia vida”.

En el texto citado despliega la misma lucidez con la que acometió el estudio de pacientes con enfermedades extrañas y fobias inexplicables. Sacks siempre creyó en la importancia del relato de los implicados para afrontar las enfermedades, en la experiencia única de los pacientes, en la posibilidad de sacar lo mejor de gente que padece autismo, parkinson o acromatopsia (incapacidad para distinguir los colores).

Nunca se conformó con su despacho, y lo mismo viajó a hospitales que a islas recónditas para encontrar el misterio del ser humano y constatar su capacidad de superación. Más que un médico, Oliver Sacks ha sido un traductor; un puente para que entendiéramos a aquellos cuyas enfermedades no tenían explicación.

En su despedida, este científico nacido en Londres (1933) y afincado en Nueva York establece un paralelo entre su final y el del filósofo Hume, dejando claro que ya no le queda tiempo para lo superfluo, así que quiere aprovechar sus días para “ajustar sus cuentas con el mundo”.

Sacks se va agradecido y sabe que ha sido afortunado. El suyo ha sido un viaje por la singularidad humana que ha llevado a su mejor definición esta máxima de Malinowski: “la antropología es la ciencia del sentido del humor”. Así que dice adios ofreciendo una lección de cultura -en su sentido más abarcador- y apuntalando ese estilo que lo colocó en la cuerda de H. G. Wells, D. H. Lawrence, Daniel Defoe, Emilio Salgari, Darwin o Kant.

Toda su obra puede ser comprendida como una parábola sobre la tolerancia y la comprensión de lo distinto. Y puede marcharse orgulloso de su viaje por la vida, pues la suya ha sido una travesía comparable a la del capitán Nemo, o a cualquier otra aventura imaginada por Julio Verne.

Él consiguió hacerlas realidad en su sana ambición por alcanzar unas islas en las que, como intuyó Michael Butor, pudiera empezar otra vez la historia humana.

El Negro Iván y el Big Data

Iván de la Nuez

seguridad-big-data

 

Hace unos meses, me dio por escribir algunos artículos sobre el control de nuestros datos en Internet, el precio de cada paso que dábamos en la red y, en fin, el uso y abuso que de esos datos hacen las compañías, los gobiernos, las agencias de seguridad. Unas veces escribía espoleado por un libro de Evgueny Morozov o de César Rendueles, otras por la visita a la exposición Big Bang Data… El caso es que aquellos artículos dejaban una sensación apocalíptica, un sentimiento de “todo está perdido”; más bien “todo está vigilado”.

Una experiencia posterior me ayudó, sin embargo, a matizar esas pesadumbres.

Resulta que, al enterarme de la muerte de Juan Formell, director de los Van Van, decidí regresar a los primeros éxitos de la orquesta. A unos años que coincidieron con la época en que yo era un muchacho allá en Cuba. Así que me metí en Youtube y busqué Marilú. Busqué De mis recuerdos, compuesta por Formell para Elena Burke. Busqué a Pastorita con su guararey.

¿Qué pasó? Pues que, a la tercera búsqueda, apareció en la pantalla un anuncio personalizado para este internauta obsesionado por los primeros Van Van. ¿Y qué me ofrecía el anuncio? Nada más, y nada menos, que un producto para alisarme el pelo.

Para El Gran Hermano de nuestros días, la conclusión es obvia: si te gustan los Van Van, eres negro; y si eres negro, no te gustan tus rizos. Una cadena de racismo múltiple que, al final, me dejó una salida aprovechable. Si esa es mi identidad, así me dije, entonces El Sistema es falible y la datificación del mundo tiene sus puntos de fuga. Digamos que, en medio de la agonía por el control total de Internet, se abrió ante mí una ventana cimarrona en la que, por unos instantes, llegué a sentirme a salvo de la confiscación de mi vida.

Ahora, como El Negro Iván Siempre Dispuesto a Estirarse el Pelo, había encontrado una brecha en El Sistema. Una vía de escape que me permitía jibarizarlo y salir huyendo, nunca mejor dicho, con mi música a otra parte. Aunque sólo fuera por Seis semanas.