El traductor de los extraños

Iván de la Nuez

Sacks

 

Oliver Sacks acaba de publicar un artículo en el que explica que tiene una enfermedad terminal y le queda poco tiempo de vida. El autor de Un antropólogo en Marte, Despertares o El hombre que confundió a su mujer con un paraguas ha escogido para su despedida un título de su admirado David Hume: “De mi propia vida”.

En el texto citado despliega la misma lucidez con la que acometió el estudio de pacientes con enfermedades extrañas y fobias inexplicables. Sacks siempre creyó en la importancia del relato de los implicados para afrontar las enfermedades, en la experiencia única de los pacientes, en la posibilidad de sacar lo mejor de gente que padece autismo, parkinson o acromatopsia (incapacidad para distinguir los colores).

Nunca se conformó con su despacho, y lo mismo viajó a hospitales que a islas recónditas para encontrar el misterio del ser humano y constatar su capacidad de superación. Más que un médico, Oliver Sacks ha sido un traductor; un puente para que entendiéramos a aquellos cuyas enfermedades no tenían explicación.

En su despedida, este científico nacido en Londres (1933) y afincado en Nueva York establece un paralelo entre su final y el del filósofo Hume, dejando claro que ya no le queda tiempo para lo superfluo, así que quiere aprovechar sus días para “ajustar sus cuentas con el mundo”.

Sacks se va agradecido y sabe que ha sido afortunado. El suyo ha sido un viaje por la singularidad humana que ha llevado a su mejor definición esta máxima de Malinowski: “la antropología es la ciencia del sentido del humor”. Así que dice adios ofreciendo una lección de cultura -en su sentido más abarcador- y apuntalando ese estilo que lo colocó en la cuerda de H. G. Wells, D. H. Lawrence, Daniel Defoe, Emilio Salgari, Darwin o Kant.

Toda su obra puede ser comprendida como una parábola sobre la tolerancia y la comprensión de lo distinto. Y puede marcharse orgulloso de su viaje por la vida, pues la suya ha sido una travesía comparable a la del capitán Nemo, o a cualquier otra aventura imaginada por Julio Verne.

Él consiguió hacerlas realidad en su sana ambición por alcanzar unas islas en las que, como intuyó Michael Butor, pudiera empezar otra vez la historia humana.

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