Entries from marzo 2015 ↓

Humano sí, error no

Iván de la Nuez

cabina

 

Siempre que ocurre un desastre, el factor humano acaba funcionando como una disculpa. Si un barco se hunde o un avión se estrella, hay algo de alivio cuando se debe a un error de las personas que están al mando. Esto es como decir que los humanos, al final, siempre son los que fallan porque el artefacto es infalible. Y que sin errores humanos el mundo sería perfecto, por la sencilla razón de que las máquinas lo son.

Es muy curiosa esta superstición, que parece olvidar que las máquinas están hechas por el hombre. Incluso un genio como Kaspárov se empeñó en derrotarlas cuando ya no tenía rival que se le resistiera. Como si Deep Blue, la máquina que acabó venciéndolo, no estuviera programada por sus congéneres.

Lo único cierto es que, de momento, nada humano le resulta ajeno a cualquier aparato que en la tierra exista. Todo esto viene a cuento por la catástrofe aérea que acaba de ocurrir en los Alpes, en el vuelo que iba de Barcelona a Dusseldorf. Una caja negra indica que el piloto sale un momento de la cabina, deja al copiloto al mando y, cuando regresa, se encuentra la puerta bloqueada. La razón es obvia: los nuevos protocolos, para impedir la entrada de secuestradores, bloquean la cabina de los pilotos y no permiten el acceso desde fuera.

El problema es que, en este caso, el peligro estaba dentro. Y que, según todas las pruebas, el copiloto decidió estrellar el avión llevándose por delante a todo el pasaje. Un suicidio con daños múltiples cuyas causas mentales recién comienzan a conocerse.

El factor humano, que sirvió a Graham Greene para escribir una de las mejores novelas de espionaje de todos los tiempos, ha servido a algunos para explicar este desastre. Una catástrofe, sin duda, humana, demasiado humana.

Es terrible lo que ha ocurrido, pero de haber sido un fallo de la máquina sería tan humano como este horror que llevó al copiloto a destruir 150 familias.

Lo peor es que, por lo que nos cuentan, esta vez ni siquiera se trata de un error. Si la catástrofe fue, como dicen los informes, “deliberada”, entonces nos encontramos ante un acierto terrible. El acto planeado por un hombre que buscaba la muerte y que no tuvo el valor de irse solo a su encuentro.

Marcador

Distopía colombiana

Iván de la Nuez

ornamento

 

La nueva novela de Juan Cárdenas tiene un título escueto: Ornamento. Y si Aldous Huxley hubiera nacido en Popayán, y en 1977, tal vez habría escrito un libro parecido. No es que Ornamento (Periférica, 2015) sobreactúe al presentarse como distopía colombiana, no es que sea exuberantemente fantástica o se quede extasiada en la violencia para dizque criticarla. Tampoco es un envoltorio pseudo-global embarrancado en disimular cualquier raigambre.

En medio de la Iconocracia imperante, esta novela se apunta a un ejercicio de Iconofagia -término que han compartido Norval Baitello o Alfonso Morales, término que preludiaron Oswald de Andrade o Fernando Ortiz-, de ahí que apele tanto a la gestión de las imágenes como a su digestión. Y de ahí, también, las debidas distancias con este presente en el que, derribados los ídolos –políticos, culturales, literarios- sólo nos queda su mutación estética. (Una frase de Hernán Cortés, que resume este proceso, repica en la novela como un mantra: “quitar los ídolos y poner las imágenes”).

Lo narrado en Ornamento es, entonces, un proceso de colonización contemporánea que se columpia entre el nacimiento de la violencia en Colombia y su supuesta domesticación, entre el mundo anterior al narco y su pretendida eliminación. En esa Colombia futura, las drogas se han asentado, por fin, en la industria farmacéutica; así que los médicos prescriben sin mayor problema la lisergia con el fin de apuntalar una paz que no es, precisamente, la derrota del crimen sino la certificación de su legalidad.

En la Colombia futura–presente de Cárdenas, la paz normaliza la violencia del mismo modo que la medicina estandariza el narcotráfico. Ahí tenemos, para acreditarlo, esa droga interclasista que protagoniza el libro y trae algo de dicha -y algo de desdicha- a los personajes que giran a su alrededor: el médico, la artista, las escogidas como conejillos de indias… Un elíxir capaz de regular nuestros deseos o carencias, y que, eso sí, sólo pueden consumir mujeres pues la testosterona aniquila sus efectos en los hombres.

Todo desde un laboratorio en el que no hay utopía a la vista sino el paisaje tranquilo de un desastre sin nombre. Un medio continente, como la Atlántida, originado en algún antiguo esplendor, o alguna antigua catástrofe, siempre dispuesto a volver a la superficie para recuperar el lugar que le pertenece.

Juan Cárdenas deja caer sobre los lectores una voz que intenta dotarse de identidad en un mundo sin estilo. El suyo es el arte de un tiempo en el que, incapacitados para concebir nuevos ornamentos, se hace inevitable modificar la percepción de aquellos que ya existen.

Quizá al final, y sin llegar al spoiler, descoloque la pirueta que le sirve de epílogo. También es posible que, sin ese contraste tan rotundo, la crítica de la civilización que aquí se acomete no alcanzaría la fuerza suficiente.

En cualquier caso, Ornamento dista mucho de ser una pieza escrita para rendir culto a un mundo colonizado por las imágenes. Es, por el contrario, la constatación de que, bajo la avalancha de esas imágenes que pixelan nuestras tragedias, han sabido resistir nuestras diversas tiranías mientras aguardan el momento de darle “reiniciar” a su sometimiento.