Entries from julio 2015 ↓

Dipsópolis

Iván de la Nuez

botelllón

 

Vuelve el verano y, con el calor, el Botellón busca su apogeo. También algún que otro deporte asociado, como el “balconing”, el turismo etílico, la transformación de la calle en una barra móvil e inabarcable. Llega el sol y, con él, salen los “bárbaros”. Esas huestes que modifican la escala urbana y atraviesan la ciudad para plantar sus tiendas en las afueras, al otro lado de sus murallas. Tribus dispuestas a dinamitar el viejo emblema del siglo XVIII que recomendaba mantener los vicios privados y las virtudes públicas.

El Botellón, por el contrario, es todo expansión: del núcleo al extrarradio, de lo privado a lo público, del recato al exhibicionismo, de la profesionalidad al amateurismo, de la industria a la manufactura, de la Universidad a la calle. Rebasa los claustros convencionales de la Ciudad Etílica y establece una nueva Dipsópolis en la queda desbordado el recinto alcohólico por excelencia de la economía de servicios, tan propia de los países turísticos: el bar.

Pero el Botellón -vilipendiado o glorificado desde estudios, moralidades e intereses varios- es algo más. De ahí que encarne una curiosa subversión del tempo etílico habitual (ese drama griego del dipsómano profesional con su planteamiento, su nudo y su desenlace) para lanzarnos, desde el principio, a por el pelotazo. Junto al tiempo, trastorna igualmente el espacio alcohólico, al renegar de la taberna cerrada para proyectarse en las plazas abiertas. Desde ese paisaje, es posible sacarlo de la exclusividad de borrachera y vandalismo en la que, no sin razón, se ha colocado habitualmente.

Una historia corta nos llevaría hasta finales de 2011, cuando estaba extendida la idea de que los jóvenes españoles permanecían aletargados bajo los efectos de una evidente “desafección”. (No faltaron autoridades y líderes de opinión encargados de afearles su desconexión de la “cosa pública”). Sobre todo, porque esa desidia alcanzaba su clímax en largos fines de semana durante los cuales esas generaciones llamadas a habitar el futuro se abandonaban a la desmesura etílica.

Basta con que un responsable público se queje de la poca implicación política de los jóvenes para que, acto seguido, esa crítica le estalle en la cara. Esta vez no fue una excepción y pronto las plazas se llenaron de muchachos indignados; preocupados, ahora sí, por la política (coto cerrado que “no los representaba” y a la que, también, proponían dirimir en la calle). Así que se lanzaron de lleno a la protesta por la crisis, por la decadencia de la democracia, por el desplome del futuro que se suponía suyo. La movilización dejó, entonces, de ser etílica para convertirse en política. Y la respuesta dejó de ser paternal para convertirse en policial.

No es fácil calibrar con exactitud cuanta gente dio el salto del Botellón a la revuelta. Y aunque Paul Lafargue o Bertrand Russell, en sus merodeos por la ociosidad y la pereza, pudieran auxiliarnos en esa tarea, siempre será complicado establecer el momento preciso en que una forma de ocio se transforma en práctica política: el minuto crucial en que el Botellón se transforma en Batallón.

En cualquier caso, al camuflaje –milenaria táctica militar- lo encontramos tanto en la esencia de la revuelta urbana como en la de la coctelería (de la que el Botellón viene a ser un capítulo salvaje). Porque no dejan de ser eso, camuflajes, los rudimentos dispuestos para mitigar la fortaleza del ron, el aguardiente, los licores fuertes e “intragables” en solitario.

Esto nos lleva a una historia más larga, que empieza directamente con la palabra Cock´s Tail -cola de gallo-, rama con la que revolvían y atenuaban los licores más bravos en el mexicano puerto de Campeche desde la segunda mitad del siglo XIX. A partir de allí, es posible trenzar, entre muchas otras, una relación entre política y coctelería. A fin de cuentas, si el ron puede considerarse un producto colonial (sale de la plantación de esclavos), la coctelería es, por derecho impropio, un arte neocolonial (no se interesa sólo por conquistar los territorios sino también los espíritus, lo cual define al neocolonialismo).

Ahí tenemos al Daiquiri, que toma su nombre del lugar por el que desembarcaron los norteamericanos para intervenir en Cuba al final de la guerra de independencia en 1898. Ya los mambises tenían ganada la guerra a España, así que no le resultó difícil a Estados Unidos aplicar su política de “fruta madura” y, de paso, darle otro uso al hielo picado que venía en las fragatas de guerra para conservar los cuerpos de los caídos en combate. De ese incidente neocolonial surge, cómo no, el Cuba Libre, que consiste en paliar el ron a palo seco con la primigenia bebida de cola norteamericana. (Cualquier parecido con la foto de la última Cumbre de las Américas en Panamá no es casualidad). Hubo, eso sí, un cóctel independentista: la canchánchara (ron, miel, cítrico), que se tomaba caliente y servía lo mismo para darse valor en una carga al machete que para combatir el frío húmedo de la manigua.

En Cuba, país que enaltece cada vez que puede el Nacionalismo Coctelero, ha habido casi siempre un altar para el Historiador de la Ciudad, o incluso el de la Plantación. Pero también fue objeto de culto el cargo, mucho más singular, de Historiador del Ron, ejercido por Fernando G. Campoamor desde una ejemplar combinación de la teoría y la práctica.

Hay un momento en que todo esto pasa de la historia a la infrahistoria. Pensemos, si no, en el tunin’; esa tecnología automotriz de serie B mediante la cual los coches son sometidos a mutaciones de todo tipo. Pues bien, la Ley Seca en Estados Unidos provocó las primeras modificaciones en los automóviles para habilitar espacios interiores que sirvieran como escondite al alcohol de contrabando. Digamos que el tunin’ originario lo inventó Al Capone. Pero admitamos además que el tunin’, con su estética kitsch y su sello macarra, planta su resistencia ante la estandarización de las marcas convencionales. No debe ser casual que una de sus fantasías estrellas consista en la colocación de un mueble bar en los sitios más insospechados: desde la pizarra hasta el maletero.

Al final, el cóctel no deja de ser una contradicción en los términos: acaba uniendo aquello que, en teoría, no debería encajar. Y su estandarte no puede ser más opuesto a los designios de la pureza (nacional o etílica), pues no funciona sin la contaminación, algo que podría resumirse en una frase: mezclar es bueno.

De cara a las historias de género, cabe añadir que, durante un buen tiempo, y particularmente en las Antillas, los combinados funcionaron como el trago femenino por excelencia, tal cual el Daiquiri, hasta que Hemingway –El Macho Literario por excelencia- lo masculinizó (o se feminizó él): “Mi Mojito en La Bodeguita, mi Daiquiri en El Floridita”.

Sin esa historia de la coctelería, incluidos antecedentes populares como el Kalimocho, no entenderemos del todo el Botellón y su lugar en el trazado de la nueva Dipsópolis. Tampoco sin el auxilio de estudios que ya lo han insertado en la academia o la sociología. Algunas veces como un “conflicto posmoderno” (Artemio Baigorri), otras como un subproducto del neoliberalismo (Héctor Caño o César López Llera). Casi siempre como una cita física en la época de las redes virtuales. Existe, incluso, un cómic del mismísimo Ibáñez: Super López. El gran botellón.

Otros planos de la Dipsópolis vienen servidos por El diario del Ron, de Hunter S. Thompson, o la escritura lisérgica de Kingsley Amis. Por Beber de cine, de José Luis Garci, o la infatigable cartografía que Joan de Sagarra ha construido a través de bares, precios y continentes (los tipos de vaso) del Jameson. Queda lugar, todavía, para el desfase y el delirio (Resacón en Las Vegas), o para el mapa de trazo fino con que los cocteleros famosos –Javier de las Muelas, pongamos por caso- siguen la estela de los cocineros estrella.

No es suficiente, en todo caso, con aferrarnos a las recientes coctelerías cool para explicar la ciudad etílica. Es menester fijarnos en el bareto de toda la vida, del carajillo y el pacharán, del vinito mañanero y el garrafón, del paro y el desahucio. O seguir de cerca la impenitente ronda diurna del que bebe fiado hasta que consigue pagar y empieza otra vez a trazar su desnortado urbanismo.

El tempo de estas esquinas de la Dipsópolis es el de aguantar y sostenerse como se planta uno ante el diluvio o la guerra. Una resistencia contraria a la elegante dipsomanía de los bares caros y, asimismo, al Fast-Drink del Botellón. Y es que hay algo ruso –algo eslavo o nórdico- en esa forma de beber para tumbarse. Algo que viene de esa zona del mundo a la que debemos el más famoso, geopolítico y peligroso de todos los combinados: el cóctel molotov.

Marcador

El desencaje

Iván de la Nuez

CUENCA

 

Muchos periódicos, museos o centros culturales de diverso tipo son, cada vez más, plataformas cerradas y previsibles en las que resulta difícil encontrar enfoques plurales, debates, controversias, contrastes…

Hablamos de circuitos cerrados dispuestos para la tarea de generar, regenerar (y degenerar, llegado el caso) su particular Pensamiento Único, no importa el tema que se trate. Desde ellos se nos emite una letanía invariable, capaz de conjurar opiniones, datos y hasta encuestas para moldear al lector o espectador de marras (que es al mismo tiempo un votante político, un comprador real o posible, carne de deudas varias).

El tema griego es un buen ejemplo. Veinticuatro horas antes del referéndum, muchos medios europeos hablaban de una paridad entre el “Sí” y el “No”, incluso alguno daba ligera ventaja para la primera de estas opciones. Pero al día siguiente se sublevaron los hechos, el “No” arrasó y tocó el turno de los malabares…

Otro ejemplo, de naturaleza ideológica contraria, pero de procedimientos similares: hace unos años, reseñé una exposición sobre el arte latinoamericano de los años ochenta y el resultado fue aleccionador. Mientras avanzaba por el museo, el Reina Sofía en este caso, todo iba respondiendo a las generalizaciones curatoriales y el display apuntalaba sus tesis sobre el arte de aquellos tiempos: vena antropológica, pulsión colectiva, crítica política, uso extendido del cuerpo, performances, abundancia de manifiestos, conceptualismo…

Hasta que llegó la pregunta incómoda: ¿qué pasó con el arte de Cuba y Nicaragua, las únicas revoluciones en el poder durante esos años? En el caso de Cuba, su arte era bastante similar al de sus colegas vecinos, muchos de los cuales sufrían a las dictaduras de derecha forjadas en la Operación Cóndor. En el caso de Nicaragua, sin embargo, todo resultaba demasiado diferente: la revolución sandinista no había primado lo contemporáneo sino la utopía primitiva que Ernesto Cardenal desarrolló en Solentiname.

Estos dos “detalles” hubieran dado mucho juego, pero también hubieran hecho tambalear las rígidas tesis que alimentaban el proyecto. De modo que los comisarios tuvieron a bien saltarse estos dos países y esquivar las paradojas del arte producido bajo el poder de la izquierda en el continente.

Ante el juicio previo de esos latinoamericanistas –esto es: su prejuicio- los hechos resultaron un estorbo. Y la bien tramada estrategia intelectual de su plataforma les permitió soslayar alguna que otra realidad en aras del resultado unívoco final.

Aquellos dos países, en fin, “no encajaban”. De la misma manera que hoy “no encaja” algo que inquiete más de la cuenta nuestra tranquilizante verdad sin contrapesos, con su realidad hecha a medida –a corto plazo- y unos efectos culturales –a largo plazo- que comprometerán la cultura democrática del futuro.

Ante tanto calvinismo programático, “no encajar” deja de ser una posibilidad para convertirse en un deber. Acaso la primera prueba de que se está en el buen camino para pensar de otra manera.

(*) En la imagen, This isn´t Havana 1, de Arturo Cuenca.

¿Quién le tiene miedo al voto?

Iván de la Nuez

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En un mundo en el que la Democracia ha sido secuestrada por el Mercado, el “NO” griego del domingo pasado puso las cosas al revés: colocó a la democracia por encima de la banca, y al “demos” por encima de la “cracia”.

He aquí una primera lectura global, geopolítica si se quiere, de lo sucedido en una Grecia presa de errores propios y avaricias ajenas. Pero no es la única enseñanza del enfrentamiento griego a la troika.

Hay otra lección, igual de importante, para la izquierda. En ese mismo mundo -sin sistema comunista a la vista y con la socialdemocracia perdiéndose de ídem-, la democracia aparece como el principal antídoto contra el poder absoluto del mercado, la banca y, en fin… del capitalismo. (O como se le quiera llamar a esta oligarquía especulativa con la que lidiamos). Un anticuerpo que prefiere las urnas a las armas, los votos a los vetos.

Entre el modelo chino y el referéndum griego, la izquierda tiene dos notables espejos en los que mirarse. El primero sigue presentándose como un estado Comunista, pero no es democrático ni anticapitalista. El segundo pretende un tipo de socialismo para el cual la democracia se ha convertido en el arte de lo posible, y la única vía, para tirar adelante su proyecto.

El “No” griego refrenda una contención a esa troika cuyo mismo nombre hace restallar a Stalin en el subconsciente, por más que actúe en nombre de los intereses capitalistas de estos tiempos.

De eso trata hoy, también, la democracia: de votar para impedir, o al menos paliar, el Estalinismo Financiero en el que estamos atrapados.

(*) En la imagen, un diseño de Monica Bussolatti.

La franquicia del arte

Iván de la Nuez

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El Mundo del Arte –así definen las noticias a la alta jerarquía de ese ámbito- se indigna, de repente, porque tres de sus miembros no pueden entrar a los Emiratos Árabes Unidos. Se les niega el visado por sus críticas a las condiciones laborales de los trabajadores que construyen, en Abu Dabi, un complejo museístico sin precedentes. Uno intuye que esas condiciones no son muy diferentes a las que imperan en las construcciones de otros museos, otras universidades, otros hoteles levantados o por levantar en esos paisajes emergentes, pero da igual. La solidaridad de los artistas que pertenecen al colectivo Gulf Labor –y la que se ha manifestado hacia ellos- es siempre de agradecer.
Como de agradecer sería, no sé si siempre pero sí Copn más frecuencia, que ese Mundo del Arte –sus máximos gobernantes e incluso los mínimos- se miraran al espejo, reflexionaran sobre sí mismos y, al filo de tan triste noticia, dejaran de colocar la culpa de todos los males en paisajes distantes. Tal vez haya llegado la hora de reconocer algo tan simple como que el arte no habita en el castillo de la pureza, ni es inocente ante el proceso de expansión que tiene lugar en la economía global. Más bien, convendría asumirlo como parte implicada en las infamias que arrastra ese modelo al que, por otra parte, no deja de reprobar con el mayor denuedo en casi todas las exposiciones.
Es cada vez más insostenible participar como avanzadilla estética de este apogeo de las franquicias y, al mismo tiempo, colgarse de Sartre para vociferar que el infierno son los otros. (Como si los retiros dorados en los Emiratos fueran asunto exclusivo de futbolistas veteranos).
El hecho de que tres –o cuatro o cinco o cien- de los nuestros no puedan entrar aquí o allí es lamentable, pero no deja de ser una escaramuza al lado de la verdadera batalla que se libra. Todavía más: de haber entrado –los cuatro, los cinco o los cien-, el impacto de esa irrupción seguiría siendo mínimo comparado con los intereses gigantescos que se agitan bajo las nuevas cruzadas estéticas. Ese poder ínfimo es, a fin de cuentas, la proporción que le queda al arte dentro de estos asuntos mayores.
Si la gentrificación de ciudades como Brooklyn, Berlín o Barcelona llegó a perpetrarse con cierto disimulo, lo que hoy tiene lugar en los territorios emergentes se da a partir de la cruda transparencia del dinero desnudo. Sin ilusión de independencia ni escenografía radical que lo mitigue, desde ahora hasta el más acróbata de los directores tendrá muy complicado sostener el equilibrio poniendo el pie izquierdo en la revuelta social y el derecho en las petrocolecciones.
Por este camino, el Mundo del Arte acabará constituyendo, él mismo, otro emirato en el que se permiten cosas que a otros ambientes les están vedadas y para el que imperan leyes distintas a otros espacios que muchas veces dice representar. Basta con viajar a cualquier Bienal, Feria u otro acontecimiento artístico y encontrar siempre a la misma tropa, el régimen político da lo mismo, repitiendo un emplazamiento que invoca, a partes iguales, la base militar, el gueto, el campus, el museo o el enclave turístico.
Así como hay una “starquitectura” hay también un “starte”, si se me permite el término, que viene a demostrarnos que no somos el pero del sistema sino una pieza más de su engranaje, el display pertinente de su cadena de montaje. Viajamos en la limosina incontaminada de Don Delillo, en el absurdo crucero de Foster Wallace, con un Hermitage o un Guggenheim esperándonos en el próximo puerto.
Somos, en fin, otra franquicia llamada Arte Contemporáneo, desde la cual validamos las prácticas del capitalismo más salvaje mientras nos permitimos sublimar las teorías del socialismo más cándido.
Cuando se ha trasegado con Blanchot, Jean-François Revel y Toni Negri, o realizado graves proyectos alrededor del capítulo 24 de El Capital –sí, el de la acumulación originaria-, cabe suponer que todo esto es pan comido y que lo escrito aquí no pasaría de ser una obviedad innecesaria.
Pasa, sin embargo, que no es usual la asimilación de esta verdad. Por ingenuidad o por cinismo, no se sabe qué es peor. Pasa también que hay una cierta experiencia en la crítica a los demás y que eso aún permite algún rédito. Pero la credibilidad de ese mundo lo que requiere, sin aplazamientos, no es una crítica de los otros sino una rotunda autocrítica de arte. Una disciplina incómoda, sin duda, que se encargaría de colocar un espejo ante sus más opacos o deslumbrantes mecanismos.

(*) En la imagen, El sabor del mes, de Pablo Helguera. Tomado de El Estado Mental.