Entries from noviembre 2015 ↓

¿Occidente sin Humanidades?

Iván de la Nuez

Kerouac

 

“¡Hay que reivindicar los valores de Occidente!” Este apremio reaparece cada vez que el terrorismo islámico se asoma a nuestros predios y hace correr la sangre. Una urgencia cíclica que ahora resurge, con estruendo, tras la masacre perpetrada en París. En esa reclamación se esconde, sin embargo, una paradoja que no conviene esquivar si queremos bajarle el tono a la demagogia. Y es que, en lo más alto de tan noble demanda, suelen encaramarse los mismos líderes que han tenido a bien reducir las Humanidades en los programas de estudio europeos. Resulta curioso tanto golpe de pecho en la reivindicación de Occidente y, a la vez, ver acorralada la filosofía en los planes de enseñanza mientras nos dedicamos a sublimar esa panacea universal que es la tecnocracia.

Mirado así, no debe extrañar cierta confusión a la hora de entender qué valores occidentales nos llaman a defender nuestros políticos. ¿La democracia, el cristianismo, el paganismo, la revolución, la tecnología, el consumo? ¿La libertad, la fraternidad, la igualdad? ¿El jazz, el rock, el pop, el rap? ¿Los valores laicos o los religiosos? ¿Los de la familia o los de la escuela? ¿Los que vienen de la tradición o los que dicta la constitución?

Claro que estas serán, siempre, preguntas difíciles de responder. Entre otras cosas, porque elegir entre la diversidad ha sido, hasta hace poco, un estandarte que nos caracterizaba como occidentales. Pero no cabe duda de que, sin una educación humanista en condiciones, seremos incapaces de afrontar esas cuestiones con alguna garantía.

Al ritmo que vamos, podemos acabar resultándonos tan inexplicables como ese terrorismo que ahora nos espanta, pero al que estamos llamados a oponernos desde todos y cada uno de los frentes. (Incluidos los culturales).

El infierno no son “los otros”, como justificaba Sartre; el paraíso tampoco.

De alguna manera, el valor de Occidente es igual a Democracia más Humanidades. Aunque el éxito de esta ecuación requiere algo más que sustituir la cultura por la tecnología, la duda por el fanatismo, la comunidad por la secta, la crítica por la militancia. Y demanda, igualmente, algo más que poner en práctica esa nueva modalidad de multiculturalismo financiero, consistente en cambiar libertades por unos petrodólares que ya marcan el funcionamiento de nuestras muy occidentales instituciones artísticas, mediáticas o deportivas. (Sobran ejemplos de algunos para los que la Alianza de las Civilizaciones no reside en entenderse con los árabes, sino con los jeques).

No hay aquí, dicho sea de paso, la más mínima justificación de los asesinos. Esta nota al pie de la masacre es tan sólo una alerta lanzada desde una sociedad que, simplemente, no está en condiciones de reivindicar los valores que está dejando de transmitir.

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La cifra

Iván de la Nuez

01 Agustín Marquetti

El cine suelto

Iván de la Nuez

muestra_poster_paraguas

El cine suelto es el título de una charla que ofreceré en la Filmoteca de Catalunya el próximo miércoles 11 de noviembre. Será durante la clausura de la Muestra de Cine Independiente Cubano.

Aquí dejo el link con horario y dirección:

Archipiélagos

Iván de la Nuez

invitación ABILIO casamerica

Hoy estaremos en Casa América Catalunya con Abilio Estévez, armando otra isla del archipiélago. Pinchen en la invitación y úsenla.

El artista reaccionario de un arte por venir

Iván de la Nuez

prova

 

Uno. Javier Codesal es un artista pionero y, al mismo tiempo, reaccionario. Un valedor de la modernidad que el videoarte español le ha transmitido a esta época y, sin embargo, un renegado que se opone a usar tal soporte para maquillar lo que esa modernidad no ha conseguido transformar. Así pues, Codesal no sublima –más bien lleva al límite- una disciplina que ha hecho pasar por unos principios muy concretos: expansión, historicidad, dualidad, precariedad, inclusión, intimidad, narratividad, tecnología…

Por encima de todos, un principio artístico innegociable a la hora de encarar su poética: el principio del fin. (*)

Antes de Codesal (aC), buena parte del videoarte español estaba encaminado a validar el triunfo de lo contemporáneo sobre la tradición. Después de Codesal (dC), resulta un poco más evidente que esa contemporaneidad ha quedado jalonada por mucho de lo que parecía domado: la represión sexual y los determinismos familiares, lo religioso y lo militar, la enfermedad y lo atávico. Sus piezas dejan escuchar el latido primigenio que sobrevive en el mundo de hoy. Y es, en esa paradoja, donde encontramos las claves de un arte a contracorriente, activado desde un anacronismo entre el medio y lo que este, finalmente, saca a la luz.

Estamos en presencia de una obra litúrgica, que no se contenta con describir los ritos sino que es, ella misma, ritual. Una obra que no muestra el arte de la libertad, sino el arte de una liberación. Codesal nos está diciendo, en gerundio y en tiempo real, que no es un artista libre, sino algo más honesto y difícil: es un artista que se está liberando. Y lo que le importa, a fin de cuentas, no es el peso de la libertad, sino el precio de esa liberación en este presente perpetuo que parece construido -más que por el olvido- por la lobotomía.

Codesal intuye que, entre otras cosas, es perentorio liberarse del medio artístico. O, al menos, pasar de puntillas por sus inmediaciones. Y no porque prefiera ser un artista desconocido. Es porque sabe que muchos prefieren no conocerle demasiado, como si así pudieran esquivar el espejo que nos ha reservado en cada una de sus obras.

La adolescencia y la belleza, lo permitido y lo prohibido, quedan a la vista de todos. Lo que ya no es tan obvio es la escala de estremecimientos que provocan o el modo en que nos indican que algo está por suceder. Codesal es un retratista de la intuición de ese porvenir. El archivador de un preámbulo que otros llamarán proceso y que en él no es más que la visualización de un ensayo: una prueba.

 

Dos.  ¿Acaso Prova no cumple los requisitos de un ensayo expandido que va atravesando, en tiempo real, la construcción de la pieza? ¿Y acaso esa pieza no está siempre por alcanzarnos y es, en esa mediación y esa ausencia, donde el artista encuentra –digámoslo con Lezama Lima- su definición mejor? ¿Y no es Prova, precisamente, un territorio que implica al artista y también a todo lo que lo supera? ¿Un ágora tensa desde la cual discrepan la obra y lo que queda fuera de la obra?

En esa erótica contenida, tal como lo entendió Susan Sontag, hay un temblor que pone en tensión al espectador y a los actores. Un desequilibrio a partir del cual el artista está obligado a ensayar qué hacer. Nótese bien: ensayo y no Work in Progress, ni Lab, ni ninguno de esos eufemismos con los que el arte contemporáneo ha banalizado su propio lenguaje.

Ese ensayo de Codesal prefigura ese arte mediante preguntas simples y a la vez incómodas: “¿dónde iré?”, “¿quién me consolará?”. Se trata de un experimento con situaciones tan físicas como metafísicas, tan concretas como abstractas, tan inmediatas como intemporales. Todo desde un arte a destiempo que, a base de hurgar en los procedimientos del presente, se niega a lo fácil, lo que está a mano, lo que salta a la vista, la realidad que se nos intenta imponer.

Por eso, no estamos hablando de un arte fuera del tiempo, sino de un tiempo fuera del arte. Y por eso, su grandeza no consiste en poner el arte al servicio de estos tiempos –como hace el (mal) arte político-, sino en sacar a estos tiempos de la servidumbre del arte. Una usurpación que sustituye la exhibición por la inhibición. Porque, en muchos sentidos, Prova es lo que no debería exponerse. De ahí que esta pieza abarque el templo y, asimismo, la expulsión del templo.

 

Y tres. Prova es, si puede decirse así, un Anti-Ready Made. Una obra que arrastra el convencimiento de que ya no queda nada por traer -como la ofrenda al Minotauro- al núcleo del arte. Codesal entiende, más bien, que queda mucho por expulsar de esa secta.

Como todo buen ensayo, Prova no es una obra cerrada. Tampoco, en sus múltiples planos, se presenta como portadora de la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Y es, por eso mismo, que no miente.

Javier Codesal se hace a sí mismo, a la vista de todos, las preguntas que solemos hacernos a escondidas. Sólo que en él la transparencia nunca adquiere la forma de la impudicia ni es una coartada para teatralizar la verdad. Si la honestidad fuera un valor artístico, la suerte de Javier Codesal en el arte español hubiera sido otra. Pero eso tampoco es demasiado importante en este ensayo sobre nuestra inquietud, esta prueba filtrada por esos vitrales que dejan entrar una luz que es iluminación y, a la vez, escamoteo de lo que podemos ver. Codesal se vale para ello de su maestría a la hora de trabajar en dos planos. En ese dejarnos ver y ocultarnos al mismo tiempo lo estático y lo móvil, lo fugaz y lo perenne, la luz y la sombra, lo místico y lo carnal… En fin, todas esas dualidades que le pueden dar forma a la vieja pregunta sobre el Bien y el Mal.

En todo esto hay una ética. Un código que en ningún caso nos invita a pensar como el artista, sino a pensar junto a él, sin compromiso alguno de alcanzar las mismas conclusiones. Codesal nos lleva hasta una sala de espera desde la que tenemos que preguntarnos por lo que vendrá. Como los militares se preguntan desde el simulacro, los deportistas desde el entrenamiento, los arquitectos desde sus planos, el escultor desde sus bocetos y el novelista desde sus borradores.

Prova es, a fin de cuentas, una conspiración. Una trama urdida –desde la tradición- para obligarnos a pensar en el futuro. Algo hay en esta pieza de Montaigne o Pascal, Marx o Rousseau, Huxley o Paz, Sarduy o Borges. Todos esos confabulados…

La obra de Codesal –y Prova en particular- funciona como un ancla en la tormenta. Y por eso, al final, el éxtasis que tiene lugar en ella no es conclusión, sino excedente. Un residuo tóxico de lo que se ha puesto en juego.

Ese es el momento en que su arte –delicado y espiritual- enseña las vísceras. Entonces, como aquel bosque suyo que respira, deja latir –en escala humana- la intuición y la angustia de lo que está por llegar.

 

(*) Estos principios están elaborados en Iván de la Nuez y Julián Rodríguez: “Javier Codesal en el tiempo del videoarte”, texto que sirvió como introducción al catálogo de su retrospectiva Dentro y fuera de nosotros, Palau de la Virreina, 2008.

(**) Aquí una simulación de Prova.

La cantidad sin hechizo  

 

Iván de la Nuez

Pellegrinuzzi

 

Cifras, cifras y más cifras. Una cámara móvil necesita un cuarto de millón de disparos para quedar obsoleta. Lo acaba de comprobar Roberto Pellegrinuzzi, que construyó una instalación con todas esas fotografías que “liquidaron” la cámara en cuestión. Con todas esas imágenes capaces de llevar la máquina al límite y que, de tan abundantes, terminan por no decirnos nada.

Vi este experimento en la reciente Bienal de Fotografía de Montreal, Canadá. En este país, pasé unas 7 veces el mismo control en el aeropuerto de Toronto. El mismo ritual, los mismos aparatos, la misma sensación de sufrir una vigilancia equivocada: “¡los terroristas son otros, se los aseguro!” Pero nada, a  levantar los brazos y quitarse los zapatos.

Ahora, en el mercado de mi barrio veo anunciada una lotería que promete premio de 11 millones de euros. Siempre que compres el boleto el próximo 11 del mes 11. Es decir, este noviembre.

Nos mueve un afán cuantitativo descontrolado, como si el mundo hubiera entrado en su dimensión incontable.

En las compañías aéreas, los kilómetros que recorres te dan derecho… ¡a más kilómetros! Cuando lo suyo es que, de vez en cuando, te den el derecho a una parada en el camino, a un hotel donde cobijarte y reponerte de tanto viaje en lugar de incitarte a seguir dando tumbos.

Como el dinero llama al dinero, este mismo sistema se encarga de que los ricos se reproduzcan hasta dígitos inabarcables. Y como la miseria a la miseria llama, no se olvida –el mismo sistema- de reproducir a los pobres, porque sin ellos la cosa no funciona.

Nos la pasamos contando las horas, las distancias, los gigas, los diamantes en el cráneo esculpido por un artista inglés o los millones alcanzados por el último picasso en una subasta.

José Lezama Lima definió una vez a la poesía como “la cantidad hechizada”, aunque mucho me temo que, en esta fiebre numérica, no hay hechizo que valga sino el egotrip de una contabilidad en la que lo cuantitativo funciona como el máximo valor al que podemos aspirar.

Lejos queda el minimalismo con aquello de que “menos es más”. En nuestro mundo, “más” siempre será “menos”: un récord a batir que pronto nuestra insaciabilidad dejará obsoleto.

(*) En la imagen, Mémoires, instalación de Roberto Pellegrinuzzi. Cortesía de Le Mois de la Photo. Bienal de Fotografía de Montreal.