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El público, lo público, lo publicado… y el arte contemporáneo.

Iván de la Nuez

 

1.       El público.

¿Supone este criterio la persistencia de la idea sobre un espectador pasivo?¿Puede hablarse hoy en términos de público como quien hablaba de “audiencia” en otros tiempos? ¿En qué lugar dejamos la participación que permiten los nuevos formatos? ¿En cuantas direcciones viaja una obra? ¿Podemos hablar de obras realizadas “para ser completadas? ¿Cuál es el lugar de las obras de arte en la transmisión de conocimientos?

2.       Lo público.

¿Es lo público exclusivamente aquello que está subvencionado por las instituciones públicas? ¿Hay un paralelo entre lo público y lo social? ¿Qué lugar tienen las redes sociales en eso que llamamos “lo público”? ¿Hay una relación irrompible entre lo público y lo estatal? ¿Si un proyecto u obra tiene lugar en el espacio público, no es ya, por definición, “público”? ¿Son las instituciones una entidad pública sólo por el hecho de la procedencia estatal de sus presupuestos? ¿Hay una paridad entre lo público y lo ciudadano? ¿Cómo entender lo patrimonial en lo que entendemos por público?

3.       Lo publicado.

¿Cuál es el lugar de la crítica en el arte contemporáneo? ¿Es lo que se publica lo más adecuado en la actualidad? ¿Son los textos de catálogo un saber que se distribuye de manera endogámica, entre colegas, y al interior de la secta? ¿De qué manera participa lo que se publica sobre arte en el debate intelectual contemporáneo, más allá del arte? ¿Entienden los escritores el arte contemporáneo? ¿Han quedado los artistas como personajes de la ficción del siglo XXI?

(*)  A propósito de algunos encuentros en ARCO, recupero este post con preguntas de 2006. 

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El sabio que aprendió del ornitorrinco

Iván de la Nuez

Resultado de imagen de Umberto Eco

Cuando Umberto Eco llevaba a la imprenta su libro Kant y el ornitorrinco, iba poseído por una extraña felicidad:

-Borges ha escrito de todo, menos del ornitorrinco.

El éxtasis le duró poco; pues el aguafiestas de turno lo bajó de esa nube y le informó sin piedad que el escritor argentino, «al menos verbalmente», sí se había referido al ornitorrinco. Parece que para explicar por qué no había estado en Australia. Todavía más: para Borges, situado en las Antípodas -y nunca mejor dicho- de la euforia de Eco, el ornitorrinco no era la panacea de la interpretación sino, simple y llanamente, una bestia horrible.

-¡Un animal hecho con pedazos de otros animales!-, se supone que dijo.

Una vez pasado el mal trago de no haber vencido la angustia de la influencia, Eco se dio a la tarea de contradecir a su admirado Borges. Y ya que no pudo fundar, se dedicó a rebatir. Así, consiguió explicarnos que el ornitorrinco no era un animal horrible, como afirmaba Borges, sino un ser vivo «prodigioso y providencial para poner a prueba una teoría del conocimiento». Eco insinuó algo más: dada su antigüedad en el desarrollo de las especies, es posible pensar que el ornitorrinco «no está hecho de pedazos de otros animales, sino que los demás animales han sido hechos con pedazos suyos». El ornitorrinco se comporta como uno de esos fenómenos que no aparecen previamente en nuestra enciclopedia y, por eso mismo, es capaz de generar un nuevo conocimiento. Eso es, por encima de todo, lo que comparten el animal múltiple de los Antípodas e Immanuel Kant, ese creador de «enormes conceptos empíricos que luego no sabía dónde meterlos».

-Aunque Kant no sabía nada del ornitorrinco-, pensaba Eco- el ornitorrinco, si quería resolver su propia crisis de identidad, sí necesitaba saber algo de Kant.

Pero, ¿qué es, exactamente, un ornitorrinco? Simultáneamente, un mamífero, un reptil y un ave, entre otras cosas. Una identidad plural que sirve para hablar del lenguaje y de los signos, pero también para explorar la diversidad a la que se enfrenta, de sopetón, la sabiduría. Los animales han servido, tanto al pensamiento como a la ficción, para resolver diferentes enigmas. Así, el axolote (un anfibio a medio camino en la escala evolutiva) fue usado por Roger Bartra para explicar las paradojas del México moderno. El centauro sirvió como metáfora del arte conceptual. Silvio Rodríguez hizo famoso al unicornio como modelo de los sueños perdidos.

Homero y las sirenas. Melville y la ballena. Hermingway y el pez espada de El viejo y el mar

En el fondo, los animales sirven para exponer preocupaciones algo más humanas, pues también nosotros -sobre todo nosotros- estamos en peligro de desaparecer. De esta realidad se ocupó hace unos años Karl Markus Gauss en Europeos en extinción, una llamada de auxilio desde el mismo corazón de esa selva de países, lenguas y razas que conocemos como Europa. Gauss consiguió una historia fascinante, construida con las palabras y los silencios de seres que durante dos siglos han estado como de paso: Sorabos, arbëreshe o aromanos. Minorías que -más que étnicas- son, como dijo una vez Gilles Deleuze, minorías éticas. Gauss invocaba, entonces, esas políticas menores que tanta falta nos hacen: la de un rabino que hace política para «dos centenares de almas», la de un musulmán que arriesga su vida para salvar el patrimonio sefardí bajo el fascismo, la de un judío que consigue salvar un importante arsenal de la poesía sufí. En fin, acción directa sin coartadas. Esa que nuestros políticos ignoran, ofuscados como están en sus Grandes Causas. Con sus cruzadas abstractas y sus extinciones concretas.

(*) En homenaje a Umberto Eco, recupero este post de 2008, publicado entonces con el título de Zoopoética. La fotografía es de Oliver Zehner y fue publicada en El Mundo

Lenin en HBO

Iván de la Nuez

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Entre los mensajes que fluyen de las teleseries actuales, hay uno que se repite bajo cualquier circunstancia: el poder lo es todo. Da igual si se trata del más evidente poder político –Boss, Borgen, El ala Oeste de la Casa Blanca, House of Cards-, o si se abordan otros poderes conectados a este: el poder del tráfico de drogas –Breaking Bad-, el poder de la imagen –Mad Men-, el poder de la mafia –Los Soprano– o, simplemente, el poder que concede el mismo acto de matar –Dexter.

El recado es inequívoco. Si estás dentro del poder (el que sea), eres alguien. Si estás fuera del poder (el que sea), no consigues nada. Incluidas las buenas acciones, que sólo pueden llevarse a buen puerto si los protagonistas entran en la élite que decide y manda.

En ese juego, nadie se libra de mancharse, cometer grandes o pequeños delitos, corromperse. El que quiere algo, debe pactar con el diablo. Por eso las series tienen tanto de Shakespeare como de Goethe. Nos remiten a Hamlet, pero también a Fausto.

Si, como decía Lenin, “todo lo que no es poder es ilusión”, las series contemporáneas son, también, algo leninistas. Sólo que, desde ellas, toda la ilusión debe convertirse en poder.