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Cuando un negocio se disfraza de derecho

Iván de la Nuez

 

“Internet es un derecho”. Los gurús de las redes insisten en este eslogan. Y detrás de ellos, empresas, políticos, activistas, reformadores de medio mundo repiten el mantra. ¿Quién se atreve a aguarle la fiesta a estos titanes de la realidad virtual?

Casi nadie, porque sería como ir en contra de la libertad.

Ni más ni menos.

Lo cierto es que, en ese enfático enunciado –“Internet es un derecho”-, se esconde un fetichismo preocupante que consiste en disfrazar a un beneficio económico como una necesidad inalienable.

Convertir un negocio en un derecho implica justamente lo contrario: encubrir ese momento en el que los derechos se transforman en negocios. A fin de cuentas, y siguiendo a Perogrullo, el verdadero derecho es la información, a la que todos deberíamos acceder sin pagar peajes comerciales o políticos.

Pensemos, por un momento, en otros derechos: el agua, la tierra, la alimentación, la educación o la vivienda. Y dónde han ido a parar desde que, un buen día, compañías y gobiernos decidieron convertirlos en negocios.

(*) La imagen es una pieza de Rogelio López Cuenca.

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Piedras rodando hacia Cuba

Iván de la Nuez

 

Si un día se extinguieran, en este mundo, los fans de los Beatles, en Cuba todavía quedarían en pie altares dedicados al grupo. Esto se lo debemos a un largo periodo de censura, que consiguió el efecto contrario: la obsesión casi bíblica por una fruta prohibida que mantuvo insatisfechos a cubanos de varias generaciones y, de paso, perpetuó la memoria de unos Beatles siempre jóvenes (y vivos).

Es cierto que Paul McCartney hizo un viaje casi en secreto a Santiago de Cuba, pero esto sólo parece haber aplacado una curiosidad provocada por la operación Buena Vista Social Club. Y es cierto, también, que no han faltado, en la isla, visitantes ilustres durante todos estos años. Tan sólo después de la revolución, puede dibujarse una historia que va de Grahan Greene a Wim Wenders, de Sartre A Ry Cooder, de Billy Joel a Dizzie Gillespie, de Oliver Stone a Francis Ford Coppola. O desde el impacto de aquella primera visita de Serrat a La Habana hasta actuaciones posteriores de Chico Buarke, Mercedes Sosa o Fito Páez.

Todo esto se insertaba en el despliegue institucional de un país socialista que se había pertrechado con una red de festivales, bienales de arte o instituciones como Casa de las Américas o el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC). Eran tiempos en los que Cuba empuñaba su excepcionalidad, así que muchos de estos artistas –mojitos aparte- se ilusionaban con cumplir la fantasía roja de conectarse con el país pequeño enfrentado al imperio, comprobar in situ el socialismo tropical o explorar, en tiempo real, una revolución encajada entre Estados Unidos y América Latina.

En este tiempo post-revolucionario de ahora, ya los motivos no se corresponden con épica de ninguna clase. De hecho, la aparición de algún famoso se ha convertido en un rito semanal para alimentar la llama del mundo del espectáculo o repetir hasta el infinito las fotos de un país con una imagen más “vintage” que futurista. Aún así, este concierto del día 25 supera cualquier expectativa. O, como diría un son popular, lo de los Stones, “mi hermano, no tiene comparación”.

El viaje del grupo más famoso del mundo ocurrirá cuatro días después que el del presidente más famoso del mundo. Así que Jagger y Obama subirán el volumen y puede que hasta acaben por legitimarse mutuamente frente los críticos de estos acercamientos. Serán dos visitas extraordinarias que servirán, paradójicamente, para confirmar, no la excepcionalidad, sino normalización de un país que intenta conectarse con el mundo. Sartre y sus contemporáneos iban a Cuba fascinados con Fidel Castro, el Che o los propios cubanos. Los Rolling Stones viajarán para ver como los cubanos se fascinan con ellos.

A diferencia de los Beatles, los Stones habrán consumado su pasión. Aunque, a uno y otro lado del escenario, todos estarán más viejos. Como esos amores que se encuentran a destiempo y saben, secretamente, que se han llegado tarde.