Entries from junio 2016 ↓

PJ Harvey anticipa el Brexit

Iván de la Nuez

 

The West’s asleep. Let England shake,
weighted down with silent dead
I fear our blood won’t rise again

England’s dancing days are done
Another day, Bobby, for you to come home
& tell me indifference won

Smile, smile Bobby, with your lovely mouth.
Pack up your troubles, let’s head out
to the fountain of death
& splash about, swim back and forth
& laugh out loud

until the day is ending
& the birds are silent in the branches
& the insects are courting in the bushes
& by the shores of lovely lakes
heavy stones are falling

Marcador

El despertador británico

Iván de la Nuez

Resultado de imagen de pùntualidad del Big Ben

 

Ring-Ring-Ring. La noticia ha sacudido el mundo. Enseguida se han desplomado las bolsas y subido las incertidumbres.

El Primer Ministro británico anuncia su dimisión, mientras otros líderes europeos intentan apagar el fuego con unos eufemismos que ni disimulan sus preocupaciones ni tranquilizan las nuestras.

Nos repiten “¡más Europa!”, pero Bruselas es un horizonte lejano, habitado por unos funcionarios con sobresueldos.

El Brexit afianza el eje franco-alemán que tanto asusta a la Europa del Sur. El Brexit refuerza la égida rusa que tanto asusta a la Europa del Este.

Cuelgan otras incógnitas que se llaman Dinamarca, Holanda, Escocia, Irlanda, Catalunya, País Vasco. O Inmigración, Euro, Turismo, Geopolítica, Fútbol…

No hay una sola causa que se baste, en exclusiva, para explicar esta ruptura. No hay una sola consecuencia que no consiga alcanzarnos.

Teníamos alguna idea de que Europa había privilegiado los intereses económicos sobre los políticos, los financieros sobre los sociales, los tácticos sobre los estratégicos, los de la obediencia sobre los de la pertenencia, los administrativos sobre los culturales.

Sin una referencia sólida, alguien supuso que la siesta burocrática sería suficiente para mantener el sueño.

Y en eso, con la puntualidad del Big Ben, sonó el despertador británico.

Día Mundial de la Aspirina

Iván de la Nuez

 

 

Hoy es el Día Mundial de los Refugiados. Así que toca contrición, 60 millones de palabras a favor de estos 60 millones de parias globales.

Digamos que hoy es el Día del Sexto País más poblado de Europa, el Quinto de África, el Tercero de América Latina o el Duodécimo de Asia.

¿Qué hacer cuando las cosas que nos rodean -desde una pelota hasta un teléfono celular- forman parte de la cotidianidad de ese problema?

Pues, como no podemos arrancar el mal de raíz –o la raíz del mal-, aplicar paliativos.

O dedicarle un día. O un hashtag. O un concierto solidario fervorosamente explayado por las redes sociales, los medios de comunicación, todo lo que pernocta en el origen de la tragedia.

El terrorista suelto

Iván de la Nuez

Resultado de imagen de lobos solitarios

 

El terrorismo ya no hay que explicarlo por las causas, sino por las consecuencias. No por el motivo sino por el resultado, el protocolo de la ejecución, la desestabilización posterior a la violencia.

No es la vinculación del asesino de Orlando con el Estado Islámico lo que lo convierte en terrorista; es su terrorismo lo que le hace parte de ese mundo.

Más que asesinos, ahora se reclutan, directamente, asesinatos.

Hubo un tiempo en el que las organizaciones armadas anunciaban sus atentados antes y no después. Más que matar, intentaban disuadir con la posibilidad de hacerlo. Todavía esgrimían unas causas para justificar sus actos, pero el terror de hoy sólo apunta a las consecuencias de estos.

Fijémonos en Francia. El país se arma hasta los dientes para evitar el ataque terrorista en la Eurocopa, pero no puede controlar una batalla campal entre hooligans ingleses o rusos o eslovacos que siembran el terror en las calles.

Esta nueva situación no podemos explicarla con ninguna filosofía militar convencional (olvídense de Clausewitz), o una teoría guerrillera (olvídense del Che Guevara), ni siquiera con el manoseado El arte de la guerra (olvídense de Sun Tzú).

Las células sueltas de los tiempos de Bin Laden han dado paso al individuo suelto. Una máquina letal que solo necesita un arma y un objetivo. (A estas alturas, el adoctrinamiento consiste en la preparación para el ataque).

En esa tesitura, es tan terrorista un violador en serie que el neofascista noruego que arrasó la isla de Utoya. Y tan terrorismo es enterrar mujeres en Ciudad Juárez como traficar con las armas que ejecutan estos crímenes.

Nuevos juguetes de la guerra fría

Iván de la Nuez

Este jueves presentaremos la novela de Juan Manuel Robles, Nuevos juguetes de la guerra fría, con Santiago Roncagliolo. Será en Casa de América de Catalunya a las 7 de la tarde. En breve, compartiré la reseña.

De la utopía al tópico

Iván de la Nuez

 

EN UTOPÍA (1516), Tomás Moro dedica el sexto capítulo al ‘viaje de los utópicos’. Allí, con su mezcla tan particular de ingenuidad e ironía, habla de ciudadanos que se acogen a un ‘honesto holgar’, inmersos en una situación de ‘abundancia de todas las cosas’ tan bien repartidas que ‘nadie puede ser pobre ni mendicante’. Cinco siglos después, la base del turismo no está montada sobre esa igualdad de oportunidades; mucho menos sobre un encuentro de abundancias. Más bien lo rige un intercambio de carencias, un tráfico de vacíos por llenar. Dirigido por eso que se ha dado en llamar economía de servicios, el turismo, en el capitalismo contemporáneo, ha sustituido aquellos mapas en blanco de los viajeros del Renacimiento por una postal cuyos paisajes nos esperan, no ya para ser descubiertos, sino para ser confirmados.

En lo que respecta a la cultura, se ha extendido el hecho de que museos, galerías o teatros formen parte del circuito de estrategias que ‘venden’ una ciudad. Así, el Hermitage o el Louvre, el MOMA o el Guggenheim, funcionan como esos iconos de ‘obligatoria visita’; tanto como las pirámides y las ruinas (de Grecia y Egipto, pero también de Sarajevo y La Habana).

Si los efectos de especulación, neocolonización o prejuicios sobre las otras culturas han sido atendidos por ensayistas como Lucy R. Lippard o Jane Franco, y artistas como Pedro Álvarez, Sergio Belinchón o Rogelio López Cuenca, hay un efecto, acaso más importante. Un paso más allá que nos avanza hacia un arte, una literatura, una música de servicios; una cultura a la carta. No se trata de la fascinación por el Otro que en su día sintieron Artaud por los tarahumara, Graham Greene por La Habana, Werner Herzog por América del Sur. Ahora se trata, más bien, de la creación de una cultura por encargo que, como los hoteles y otras diversiones, está creada para miradas externas.

Una eterna performance, llena de tópicos, invocaciones folclóricas y sublimaciones acríticas de cosas tales como el ‘alma nacional’. Un buen ejemplo de todo ello (ya que estamos en verano) es la recreación patética de lo latino, mediante caricaturescos productos de mercadotecnia, donde se construyen sujetos exóticamente correctos, con una mezcla de seudomodernidad, condimentos bucólicos y pandereta. O esa clonación infinita del boom de la novela latinoamericana, donde treinta años después se nos sigue insistiendo en mujeres que vuelan cuando tienden la ropa y hombres cuyo sexo huele a mango. Todo vale para esta compraventa de tópicos. Desde el hurto más descarado (compruébese, por ejemplo, el saqueo a Santiago Auserón o Gabriel García Márquez) hasta la frivolización más absoluta de la historia, como la del llamado turismo revolucionario (¿cómo olvidar que la última aventura del subcomandante Marcos se llamó, precisamente, Zapatour?).

En ese sentido, César A. Salgado ha considerado, como ‘mutaciones del escándalo’, la utilización con fines turísticos de José Lezama Lima, tanto en Cuba como en Miami. En estas plazas enemigas, Paradiso (título de su polémica, censurada y luego celebrada novela) pasa a convertirse lo mismo en el nombre de un hotel que en el de una agencia de viajes. Está tan incorporada esa complicidad entre el turismo y el arte que cuesta no seguir la sugerencia de Jorge Luis Marzo y definir el fenómeno como tour-ismo, acaso una corriente ulterior del arte moderno. En los tiempos que corren, el turista, además, ha devenido en agente cultural: tres semanas en el trópico y produce una novela, dos semanas en América del Sur y aparece un documental, diez días en el Caribe y regresa un empresario de salsa, un mes en África y ahí tenemos un comisario de exposiciones.

No es casual tampoco la similitud espacial entre el turismo y el multiculturalismo norteamericano, cuyos sellos de identidad nos remiten a los modos del gueto, la reserva indígena y el campus universitario. Si Jean-François Lyotard nos aventuró una moralidad posmoderna, según la cual podríamos acudir a contemplar nuestras peores catástrofes en un museo, ahora el turismo da una vuelta de tuerca y nos conmina a presenciar tales catástrofes in situ. Por fin, la figura museo ha conseguido expandirse. Pero no como pretendía la vanguardia, sino en ese sentido tan ‘globalizador’ que convierte los países en paisajes, las ciudades en circuitos, el mundo en un descomunal parque temático.

* Este articulo apareció en El País, Babelia, edición impresa del Sábado, 10 de agosto de 2002

La revolución ya no será para bípedos

Iván de la Nuez

 

Lejos quedan aquellos tiempos en los que la izquierda vivía para la revolución y salía a conquistarla, fusil en mano, a la manigua. Lejos las infinitas huelgas sindicales, las manifestaciones estudiantiles capaces de poner de cabeza a países enteros, hacer saltar gobiernos, derrocar tiranías…

En la actualidad, después de primaveras varias, plazas ocupadas, mareas indignadas, la nueva izquierda ha encontrado cobijo en paisajes menos agrestes, a los que intenta transformar, pero a los que, por el camino, también se va acostumbrando. Así pues, no resulta difícil encontrársela asentada en parlamentos o consejos de administración de empresas privadas, manejándose con soltura dentro de un sistema que sus antecesores habían denostado en épocas de sangre y plomo.

Para todo esto, ha sido inevitable remover viejos conceptos que van desde la familia hasta la asimilación de la globalización, pasando por el reciclaje de lo radical en las universidades, el lenguaje políticamente correcto, la aceptación universal del mercado, el paso del anticolonialismo al postcolonialismo, el aborrecimiento de cualquier variante de la guillotina (física) o la anteposición de Rousseau a Marx, implícita en el naturalismo de algunas agendas ecologistas o animalistas.

¿Qué Sartre odiaba la televisión? Pues hoy son incontables los críticos o líderes izquierdistas fascinados con las teleseries (mayormente norteamericanas, dicho sea de paso). Por otra parte, el traslado de muchas demandas políticas a Internet ha traído aparejado un nuevo fetichismo que mezcla la compraventa de mercancías puras y duras con la entrega de nuestros datos y la implantación de una comunidad virtual, muchas veces sustituta de la sociedad, categoría que estaba en el tuétano de cualquier proyecto de izquierdas medianamente serio.

¿Hay, en este horizonte, cabida para el cambio? ¿Quién saldrá vencedor en este nuevo ajedrez: la capacidad de transformación o el acomodo táctico inevitable para conseguirla? Es bastante pantanoso esto de transformar el mundo desde estamentos diseñados, precisamente, para conservarlo tal cual.

No es que sea del todo imposible, pero los peajes políticos suelen salir caros. Como me insistía un viejo maestro en La Habana, evocando la sovietización del país en los años setenta, “el problema de los paquetes ideológicos es que siempre te los traen sellados”. (Digamos que no están diseñados para que nos resulte fácil desmenuzar la entrega).

Pensemos en la familia. La lucha por el matrimonio homosexual, la vindicación de crianzas diferentes a las establecidas por la costumbre, el lugar de la comunidad o el Estado en la enseñanza, las nuevas políticas de género… Todas esas batallas, más que acabar con la familia, la han multiplicado; más que dinamitarla, la han fortalecido. No puede negarse que la han arrancado del monopolio conservador, pero al mismo tiempo la han estirado hasta estos tiempos como un núcleo imprescindible de la sociedad.

Que el hecho de alcanzar metas socialdemócratas sea aireado hoy como algo “revolucionario”, es otro síntoma de una época en la que a cualquier cosa se le concede esa condición. En los últimos años, hemos conocido revoluciones naranjas, indignadas, sexuales, digitales. Antes, allá por los finales del siglo XX, hubo una revolución de los claveles en el Portugal de los setenta y –diez años más tarde- una “revolución conservadora”, comandada por Reagan, Thatcher o Chuck Norris. (No se pierdan el documental Chuck Norris contra el comunismo, de Ilinca Calugareanu).

En cualquier caso, la intención de cambiar el mundo persiste. Sólo que, para conseguirlo, ya no parece suficiente con acudir a la posición bípeda de nuestro pasado material. Esa postura erecta que remitía a la guerra y la fábrica, al acarreo de la siembra y el mando de la horda, al liderazgo y la vanguardia.

La mayoría de eso que llamábamos sujeto histórico –en la “antigüedad ideológica” escrita y filmada por Alexander Kluge-, hoy responde, en buena parte del mundo, a otra biomecánica. A la postura vital propia de un humano que ha cambiado el campo de guerra por la pantalla, la trinchera por la butaca, el fusil por el mando a distancia.