Entries from septiembre 2016 ↓

Pioletkult

Iván de la Nuez

Resultado de imagen de Fotos de la película El elegido matando a Trotsky

 

Cada cierto tiempo, Ramón Mercader reaparece en el horizonte, empuña su piolet… ¡y vuelve a matar a Trotsky! Entrenado por su madre para consumar tal destino –con Stalin siempre en el control remoto-, Mercader mantiene vigente el salvoconducto para su eterno retorno en esta cultura sobre la que ejerce una fascinación cíclica.

Acaba de confirmarse con El elegido, película dirigida por Antonio Chavarrías y estrenada recientemente en España. No será la última vez que se asome a la pantalla o a las páginas de un libro. Tampoco la primera.

Este mismo año, por ejemplo, Gregorio Luri ha publicado El cielo prometido: Una mujer al servicio de Stalin, donde desmenuza la vida y contradicciones de los Mercader, en particular la madre del clan. En 2011, Nuria Amat lo abordó en Amor y guerra. (Se da el caso de que Mercader había flotado sobre la familia de la autora como un tabú, un fantasma embarazoso que sólo podía intuirse leyendo entre líneas).

Entre Amat y Luri, dos libros con la palabra “hombre” en su portada. El hombre del piolet, de Eduard Puigventós López (2015) y El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura (2013). En 2007, José Ramón Garmabella había entregado El grito de Trotsky, abundando en el asunto y en alguna medida justificando al “asesino de un mito”.

Ya Jorge Semprún había saldado cuentas con el estalinismo cobijándolo en La segunda muerte de Ramón Mercader (1969). Ya Guillermo Cabrera Infante le había dado cuartel en Tres tristes tigres (1965) y, sobre todo, Mea Cuba (1992). Ya el cine le había hecho un sitio. Aunque si bien su hermana actriz, María Mercader, estuvo casada con Vittorio de Sica, no fue este quien lo llevó a la pantalla, sino Joseph Losey. En El asesinato de Trotsky, 1972, Richard Burton interpreta al revolucionario ruso. A Mercader, un Alain Delon cuyas prestaciones quedan por debajo del Ripley de A pleno sol o el gángster silencioso de El samurái.

Aquí conviene recordar Asaltar los cielos (1996), intenso documental de José Luis López Linares y Javier Rioyo en el que Caridad Mercader alcanza, como quien dice, su definición mejor.

Estas aproximaciones son diversas, evidentemente, y van de la parodia al ajuste de cuentas, pasando por el anti-trotskismo militante o las justificaciones psicológicas del asesinato.

Ramón y Caridad habitan un pozo freudiano en el que aún queda mucha agua para regar la vereda que va del proletkult al “pioletkult”: de la exaltación de la bondad proletaria a la fascinación por la maldad que esta, o en nombre de esta, puede llegar a encarnar.

El “piolekult” se entiende aquí como la Ostalgia. Un capítulo de ese género mayor que me gusta llamar Eastern y que implica la atracción de la cultura occidental por el mundo comunista y sus incontables tramas. Verbigracia de este hechizo, cada cierto tiempo tenemos garantizada nuestra dosis de un Mercader que, como el hombre del saco ideológico, siempre parece dispuesto a abrirle el cráneo a los militantes descarriados.

Pero el “pioletkult” no debe limitarse a la recurrente aparición de este chichiricú de la ortodoxia estalinista. Su abanico es algo más amplio e incumbe, sobre todo, a esa cultura de la purga que ha acompañado a la izquierda en toda su historia. A Trotski no lo mató el imperialismo. Ni el orden burgués. Ni unos sicarios del Chase National Bank. Tampoco murió de su cangrejo moro, ni de dos y dos son cuatro ni, claro está, de un sonetazo (para decirlo con las palabras de un poeta comunista).

A Trotski lo mató el estalinismo, por más que el piolet lo blandiera un tipo que arrastró su complejo de Edipo por todo Occidente hasta llegar al profeta (ya desarmado y desterrado).

El “pioletkult” registra las intrigas de una parte de la izquierda que se cree La Izquierda, y de unos revolucionarios que se creen La Revolución. Se sumerge en las malas artes de los más papistas que el Papa y en las de los Papas que no pueden vivir sin esos papistas. Así que podría contemplar, perfectamente, las cribas de los años de plomo –con damnificados como Roque Dalton o Maurice Bishop, pongamos por caso- que segaron la vida de los “traidores al dogma”.

Visto a distancia, el lenguaje militar clasificaría estas escabechinas bajo el concepto de “fuego amigo”; un incidente en el que acaban muriendo uno o más correligionarios. El problema es que, en este caso, las muertes obedecen a un acto programado y no a un error humano o técnico.

Quiso el destino manifiesto –o el manifiesto comunista- que Mercader cerrara el círculo de su vida en la isla de donde salió su extremista progenitora: Cuba. Allí vivió sus últimos días en el anonimato, añorando Barcelona y condenado al “olvido amigo” del que ahora vuelve a ser, una vez más, rescatado.

Marcador

Curator McCarthy

Iván de la Nuez

Resultado de imagen de Museo del comunismo praga

 

¿Imaginan al famoso senador Joseph McCarthy realizando una exposición con sus ideas? El Museo del Comunismo, en Praga, es lo más parecido a esa fantasía. Empezando por su ubicación, continuando por el display, y rematando con el sustrato doctrinario que alienta toda la muestra, no hay otra forma de calificar un proyecto que es algo así como una puesta en escena estalinista… ¡contra el comunismo!

Emplazado sobre un casino, y rodeado de todas las mega-marcas imaginables, la misma localización del museo garantiza el contraste entre las privaciones comunistas y la opulencia del nuevo capitalismo. ¿Cómo va a competir una cortadora de salami de los años rojos checos con un Rolex, una cabina telefónica de los tiempos socialistas con Vodafone, las vidrieras peladas del comunismo con los pletóricos escaparates de este barrio turístico?

Pero las cosas no quedan en esa obvia diferencia entre la abundancia y la austeridad. En su énfasis ideológico, este ejercicio de “macartismo curatorial” se vale de las peores armas de aquellos manuales soviéticos que tanto intentamos sortear algunos que crecimos en el comunismo. Como si el capitalismo también necesitara sus Nikitin y sus Rumiantzev para guiarnos en la larga marcha por este Mundo Libre que ha sustituido la vieja ortodoxia comunista por el nuevo evangelio del mercado. Entre la carestía y la carencia se explaya este adoctrinamiento de consumo rápido, que revierte la conocida parodia del paraíso perfecto contra el enemigo grotesco.

¿Alguna posibilidad para sacar conclusiones propias? En el Museo del Comunismo no hay espacio para esa extravagancia. Ni para metáforas, dudas, alegorías. Aquí el osito Misha –la mascota soviética- te recibe con un Kalashnikov. Aquí la matrioshka –la famosa muñeca rusa- te espera con unos amenazadores dientes de vampiro.

Ya en los textos que acompañan el recorrido, las comillas se encargan de liquidar cualquier posibilidad para la duda. Y todo lo que caiga dentro de ellas viene vacunado contra la contaminación. Empezando por Marx –un “bohemio, aventurero e intelectual” (no sabemos cuál de los tres calificativos es peor)- y acabando por la bomba H, que los soviéticos llegaron utilizar tan sólo unos meses después de los norteamericanos. (No hace falta decir que esa premura, y no Hiroshima, fue el peor crimen atómico en los orígenes de la Guerra Fría). Por no mencionar, ya metidos en la confrontación estratosférica entre Estados Unidos y la URSS, el terrible sacrificio de Laika, ese “perro vivo que falleció al pasar la órbita”.

Puesto que bajo el comunismo todo fue un horror, posiblemente el capítulo más decepcionante sea el que debía redimir a sus oponentes: “Underground y Contracultura”. Apenas se le dedica un trozo de pared, en un cuadro acaparado desmesuradamente por Vaclac Havel. Nada de detenerse en los artistas que desafiaron –y alguna vez burlaron- la censura. Mucho menos el intento de pensar la paradoja de que la invasión soviética fue perpetrada, también, contra un Partido Comunista.

Y no es que Havel desmerezca homenajes. Es que le sobra uno -el del culto a la personalidad-, que es justamente el que se le concede.

Llama la atención, asimismo, el escaso despliegue instrumental de los tiempos socialistas -en cualquier casa deben quedar todavía artefactos de sobra para darnos una idea de la historia material de ese sistema-, sobre todo si se nos advierte que el comunismo fue un sistema carente de espiritualidad.

Hay un tufo, en este museo, que huele a conversión. Algo que deja ver la prisa doctrinaria que sirvió a los profesores de Comunismo Científico para pasar, a marchas forzadas, del chip del optimismo socialista al de la euforia capitalista. (Con la misma alegría y la misma incapacidad para la réplica).

¿Es necesario rebajarle la gloria olímpica a Emil Zapotek para denostar el antiguo modelo? ¿Hace falta responder al viejo credo con un maniqueísmo sobreactuado que repite todo lo que se pretende fustigar? El resultado no es otro que un museo infantil, cuyo mensaje nos indica que el comunismo ocurrió casi por casualidad, por un descuido; un mirar para otro lado en el momento menos oportuno.

De refilón, se deja caer la sospecha de que los eslovacos (al parecer la parte maldita de la antigua Checoslovaquia) fueron más culpables; empezando, claro está, por su comunista más encumbrado: Klement Gottwald.

Lo contraproducente es que, si esto lo que tenemos que saber del comunismo –este catálogo de obviedades que mueve más a la risa que al espanto-, es probable que se consiga el efecto contrario al buscado y crezca el interés por lo que se pone en tela de juicio.

Un epílogo dedicado a Corea del Norte cierra este conjunto marcado por el oportunismo político como una de las bellas artes. Algo, por cierto, extendido hoy también en Occidente (aunque, de momento, un poco más sofisticado).

Con la revolución de terciopelo, los checos fueron capaces de liquidar el viejo régimen sin un solo disparo. El Museo del Comunismo, sin embargo, no le hace justicia a esa sutileza ni a esa perspicacia política. Al punto de que, una vez fuera de la exposición, queda la sensación de haber pasado por un laundry donde te lavan el cerebro por 190 coronas. El problema es que este tipo de enjuagues siempre sale más caro que lo que marca el ticket de la entrada.

El adjetivo como puente

Iván de la Nuez

Resultado de imagen de adjetivos

 

El paso de los manuales estalinistas a los neoliberales sólo supone un retoque en los adjetivos.