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De “Postcapital” (2006) a “Postcapitalismo” (2016)

Iván de la Nuez

El arte, a veces, te permite adelantarte diez años.

Postcapital (2006)

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Postcapitalismo (2016)

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El derecho a la pereza… digital

Iván de la Nuez

 

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No es el tráfico de drogas lo que funciona como el capitalismo, sino al revés: es el capitalismo lo que funciona como el tráfico de drogas. Esto ya lo sabía Paul Lafargue, cuando afirmaba que la clave de este sistema radicaba en “descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades ficticias”.

Han pasado casi dos siglos desde esta frase y el capitalismo ha conocido muchas mutaciones, pero su entramado adictivo ha continuado, como diría Clausewitz, “por otros medios”. Es el caso de Internet, ámbito donde esta naturaleza compulsiva alcanza el éxtasis. Al menos, así lo entiende Enric Puig Punyet en La gran adicción, libro que leo en la estela de El derecho a la pereza. Libro que, desde sus primeros compases, pone bajo sospecha la supuesta panacea de las redes, el mundo digital, la realidad virtual…

La gran adicción desmonta la falsa comunidad de las redes sociales (lo que nos permite evocar a César Rendueles), tiene su punto ludita (algo de Jaron Lanier viene a la memoria), y no escatima alertas acerca de los efectos nocivos de internet sobre nuestras libertades (argumento que remite a Evgeny Morozov). Pero, aun reconociendo estos enlaces obvios, lo cierto es que Puig Punyet está más próximo a la antropología anarquista de David Graber que a Sociofobia, Contra el rebaño digital o El desengaño de internet, por mencionar tres títulos de esos autores.

Convencido de que no hay patología sin casos concretos, Puig Punyet arma su libro a partir de historias singulares. Un trazado peatonal por el mundo de los exconectados; veteranos de la guerra virtual que, como policías o militares, han acabado jubilándose pronto.

Aquí se mapea la experiencia de gente que, durante unos quince años, estuvieron obligadas a “vivir” en internet por motivos de trabajo. También se sigue el rastro a las causas de su desafección: un abanico de disidencias urbanas que subvierten la idea de que desconectarse implica perder el pasaporte citadino y retirarse a la vida bucólica.

Estamos, pues, ante historias únicas aunque no del todo intransferibles. Alguien que incuba su animadversión hacia internet después de vender software durante una década. La chica Tinder que se descuelga de su plataforma procurando una vida más táctil. El adicto al alcohol y las drogas que lleva en paralelo su desintoxicación y su desconexión. El adolescente que se engancha a los videojuegos hasta que conoce el sexo (carnal). El restaurante que borra sus huellas en la red y se convierte en un oasis unplugged. El músico que engaña al sistema en medio de la hecatombe de la industria musical. La pareja que atisba el futuro de su hijo como el de un ciborg en el que los dispositivos estarán insertados para siempre a su cuerpo…

Todos, antes de dejar internet, se habían sentido condenados a su particular parusía, esa espera de la segunda llegada de Cristo para la cual siempre, en su era digital, debían estar preparados. Y todos, al dejar internet, tuvieron la sensación de pasarse a una vida clandestina, expresada en susurros ante la pulsión totalitaria de los tecnófilos. Si salir del alcohol o las drogas implica salir de un problema, para ellos salir de internet representó, al principio, algo incluso más radical: salirse del mundo.

A través de estas experiencias, recuperamos el significado de volver a usar mapas o reconstituir la vida de papel como si fueran actividades similares a caminar o nadar, subir las escaleras o patinar, conducir o correr. Es decir, el regreso a una existencia física hoy amenazada, cuando no sustituida, por un futuro de viviendas minúsculas donde el placer de la comida o el cuidado físico quedarán como los últimos vestigios del viejo mundo material. Después de la desaparición paulatina de estanterías, kioscos o mesas de trabajo, y con el sillón convertido en un trono, salir de casa será algo parecido a un viaje turístico por el pasado.

Puig Punyet relata la pérdida del ritual gregario en beneficio de una socialización share en la que, por ejemplo, el éxito de la música ya no se mide por la asistencia a un concierto sino por las visitas en Youtube. Despojados de su entidad congregacional, escritores y artistas ya no tienen lectores o espectadores, sino seguidores. Si a esto añadimos que todo lo pagamos con nuestros datos y –no hay que olvidarlo- con nuestro trabajo, ya tenemos servido el cóctel perfecto entre control y productividad. En esa cuerda, son muchos más los que trabajan, y se trabaja mucho más, pero siguen siendo muy pocos los que se enriquecen. Ahí queda manifiesta esta plutocracia digital en cuyos dominios los riesgos corren por los trabajadores y los beneficios van engordar a una ciberoligarquía que ha tenido el detalle de convertir su enriquecimiento en nuestro derecho.

En La gran adicción, claro está, faltan historias por contar. Nos quedamos con ganas de saber más sobre el anonimato y su impacto en la muerte del autor o, al menos, del copyright. O sobre las consecuencias del ciberporno en el futuro de la sexualidad. O qué pasa con aquellos que ya no regresarán, jamás, del éter. Faltan, en fin, desenlaces menos felices.

Nada de esto, sin embargo, merma la inteligencia de un libro que esquiva la tentación doctrinaria y pone sobre la mesa la posibilidad constatable de que el colapso de la red implica, sistema por sistema, el colapso del capitalismo. Esa debacle ya se percibe en una democracia que tiene sus días contados desde que, verbigracia de la red, el ágora ha sido sustituida por la catarsis.

Tal vez, por eso, hay que darse por deslocalizados. Más que en activistas, hemos de convertirnos en “inactivistas”, si se me permite el barbarismo.

En esa tesitura, nuestra pereza digital será un derecho público, pero también nuestro deber secreto, nuestra parsimoniosa resistencia.

Si, como afirmó Paul Virilio, la era de internet no nos lleva al fin de la historia sino al fin de la geografía, tiene sentido entonces imaginarse el no lugar de los que abandonan el espacio omnímodo de la red. Allí donde, paradójicamente, la intemperie puede ser un territorio más cálido.

La trumpada

Iván de la Nuez

trump

 

Donald Trump se ha convertido en el presidente número 45 de Estados Unidos. Ni ha surgido de la nada –más bien del todo- ni únicamente le ha ganado las elecciones a Hillary Clinton. Trump ha derrotado, por el camino, a su propio partido, a Hollywood, a los medios de comunicación, al progresismo desfasado que habla en nombre de un pueblo al que apenas conoce, a las encuestas, a los intelectuales orgánicos de la democracia, al mundo que siempre espera de Estados Unidos un liderazgo global, al multiculturalismo, a las políticas de género, a los inmigrantes, al Welfare y hasta al lenguaje: en particular, el de la corrección política, al cual se ha ocupado de vapulear sin contemplaciones y, sobre todo, sin consecuencias.

La lista de derrotados es, ciertamente, muy larga, pero no tanto como para dejar escondida la pregunta inevitable: ¿quién ha ganado entonces con Trump? Además de él mismo y sus acólitos, su victoria enseña los dientes del enfado de las masas, su rebelión convertida en voto. Voto con “V” de venganza.

La de Trump es la victoria de lo estridente sobre lo rutilante. Así que, mientras más estrellas de Hollywood, más intelectuales, más progresistas de fuste se dedicaban a defenestrarlo, más se incubaba el voto sañudo de un proletariado que, entre una emancipación hipotética y una explotación segura, ha optado por esta última.

Estamos en un mundo en el cual el periodismo tiene más medios de comunicación que nunca. También, en el que cada uno de esos medios es cada vez más unánime en su línea. No puede extrañar, entonces, que Trump emerja como la apuesta de una mayoría silenciosa que acampa, como los bárbaros, en las afueras de ese inmaculado perímetro. Un conglomerado humano cuyo medio de comunicación consiste, precisamente, en un voto que no se puede adivinar.

Con Trump reaparece, igualmente, el viejo excepcionalismo norteamericano, su proteccionismo recurrente, amparado ahora en un líder que prefiere contentar a Utah antes que a Bruselas. Y no es que esté solo en el mundo, por cierto, o que carezca de congéneres europeos dispuestos a jalearle. Ya podemos entrever la alfombra roja tendida por Le Pen en Francia, Wilders en Holanda, Farage en Inglaterra, Orbán en Hungría y -con la cautela que requiere su posición- tal vez Putin en Rusia. A fin de cuentas, Trump es el primer líder de su magnitud geopolítica que resulta tan inesperado e informal como el terrorismo global. Por otra parte, el resultado de estas elecciones, combinado con el Brexit británico, logra un remake turbador del tándem Reagan-Thatcher de los años años ochenta. Y el recuerdo de que, desde la distancia del aislamiento, Estados Unidos e Inglaterra pueden dominar el mundo.

Pero Trump también representa el triunfo, quizá definitivo, de la post-democracia. El puntillazo a una tradición liberal que ha ido dimitiendo de las libertades en nombre de la economía, y de los derechos humanos en nombre de la seguridad. (Un músico negro decía ayer que estamos ante el primer presidente de los Estados Unidos que cuenta con el apoyo del FBI, el KGB y el KKK).

No se trata del primer presidente de Estados Unidos que se presenta por encima de la política. (Reagan ya lo hizo, aunque apuntalado con un Think Tank que le dio cobertura ideológica a su revolución conservadora). Pero Trump se las ha arreglado para arrastrar –sin teoría a la vista- a buena parte de la masa, la multitud, la gente, la muchedumbre, el pueblo, la ciudadanía o la sociedad civil que tantos dolores de cabeza le dieron a Gramsci, Ortega y Gasset, Canetti, Negri o Badiou, y que tantos debates semánticos sigue provocando en una izquierda que no encuentra sitio.

Si Lenin proponía canalizar el descontento creando una situación revolucionaria, Trump lo ha canalizado creando una situación reaccionaria.

Esa es la resaca que hemos de administrar y la trumpada de la que levantarnos si es que hay aspirina o conteo de protección que lo permitan.

(*) Publicado el 9-11-2016.

El Otro soy Yo / Arte Contemporáneo y colonialismo

 

Iván de la Nuez / Conferencia

Resultado de imagen de Rogelio López Cuenca bienvenidos

 

A diferencia del colonialismo o el neocolonialismo, el postcolonialismo se presenta como una acción afirmativa de los otros. Así, es posible reconocerse como un especialista en estudios postcoloniales sin tener que asumirse como un “postcolonialista”. Y cualquiera puede presumir de dominar unos temas, incluso unos territorios, pero jamás reconocerá que los está “postcolonizando”.

Desde Los Magos de la tierra hasta exposiciones más recientes, se ha afianzado la persistencia de esa marca y el inalterable reparto de unos roles en los que la cultura periférica es explicada por instituciones o curadores del Primer Mundo. Con esa mezcla de afán redentor y crítica a los centros desde los mismos centros, de sublimación del irracionalismo y revitalización de unas fantasías exóticas que ya había despachado Edward Said en Orientalismo o en Cultura e Imperialismo, se ha encumbrado este género que bien podríamos definir como la Exposición Postcolonial. Desde esta, es perceptible, un neofolclorismo que le adjudica a la periferia su tarea como reserva cultural de un Occidente varado en el fin de la historia.

La crítica a esta situación no ha sido bien recibida en los últimos años. En buena medida, porque hablamos de un colonialismo de buenas intenciones que se despliega en nombre de la emancipación de los “condenados de la tierra”. También, porque es difícil contrarrestar a un poder que se asume como subalterno y a unos centros que se autoproclaman como periféricos. Pero esa crítica, precisamente, es la que alienta el recorrido de esta charla.

(*) Esta conferencia tendrá lugar el próximo viernes 11 de noviembre a las 19.30, en el Centro de Documentación y Estudios de Arte Contemporáneo (CENDEAC).

Para más información, pinche aquí.

(*) La imagen que encabeza este post es de Rogelio López Cuenca.

El tipo que cargaba el rifle mientras los demás tiraban

Iván de la Nuez

Resultado de imagen de Reinaldo Miravalles Los sobrevivientes

 

Ha muerto, a los 93 años, Reynaldo Miravalles. Puede que no sea exagerado endosarle el título de “mejor actor cubano de todos los tiempos”. Aunque esto, como se sabe, es discutible.

Lo que será más difícil de contradecir es que no ha habido, en el cine cubano, un actor secundario más efectivo ni otro que haya cumplido con la dulce maldad que se les supone a los mejores actores de reparto: robarle la escena a los protagonistas.

En eso, Miravalles no fallaba. Y se cuentan por decenas las películas en las que, nada más aparecer, hacía gravitar en torno a su figura toda la historia. Sus personajes eran agujeros negros que se tragaban las tramas y los héroes, las verdades y las coartadas. Y esto era así porque, más que bueno, Miravalles era distinto.

Pese a la percepción de que era un “actor natural”, era menos intuitivo de lo que podría pensarse y se pasaba horas buscando las rendijas de sus personajes.

Un día, llegó a decir que su técnica descansaba en una ecuación sencilla:

-En un tiroteo, yo cargo el arma mientras los demás disparan.

No encuentro mejor definición de la originalidad. Ni forma más digna de dejar una huella en este mundo. Esto es: tomarte un respiro mientras los otros se matan.

Cultura e ingratitud

Iván de la Nuez

Resultado de imagen de obras de Orlan

 

La historia de la cultura debería ir acompañada por una historia de la gratitud.

Una historia del don.

Así lo entendieron, a su manera, ejemplos que me resultan cercanos: Orlan o Camille Paglia, pongamos por caso.

Así lo entendieron -más lejos, más alto- el Bob que se pone Dylan para agradecer al maestro remoto; el Jim Morrison que honra a Aldous Huxley nombrando a su grupo; el Severo Sarduy que se reconoce como una nota al pie de José Lezama Lima.

Pero estas son excepciones que sólo pueden entenderse por sus respectivas grandezas.

Islas extrañas en el ancho mar de ingratitudes que arman esta cultura que, al final, es también una historia de los mal agradecidos.