Entries from marzo 2017 ↓

El colapso de la eternidad

Iván de la Nuez

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Cuando una sociedad entra en colapso, la historia suele dar paso a la histeria, a los ataques de pánico y al vértigo que sobreviene en el borde del barranco. A veces, sin embargo, se da el caso contrario: vivimos el desastre bajo la apariencia de una tranquilidad absoluta. La calma chicha, que se dice. Fue lo que ocurrió en la URSS durante los últimos años del comunismo, sociedad construida sobre la convicción de su inmortalidad. Esta circunstancia ha sido descrita por Alexei Yurchak como un proceso de “hipernormalización”, en su libro Everything Was Forever, Until It Was No More: The Last Soviet Generation (Todo era para para siempre, hasta que dejó de serlo: La última generación soviética).

Adam Curtis se valió de este concepto para darle título a su documental sobre la crisis contemporánea: HyperNormalisation. Según este cineasta y escritor, la definición rebasaba el caso específico del comunismo, estirándose hasta el mundo ficticio diseñado por entidades financieras y grandes corporaciones para que continuemos, “como si no pasara nada”, bregando con esto que hoy muchos llaman postcapitalismo. Ahora también, aquí también, estamos viviendo la debacle desde una realidad paralela que no parece reparar en su situación terminal.

Ante ese mundo “hipernormalizado” –donde hasta la decrepitud está programada- se plantan tres libros que la colección Breus, del CCCB, dedica al tiempo. Tres ensayos que abordan su estética, su política, su economía. Y tres autores que acoplan sus relojes con la intención de contrastar la aceleración de un presente que se comporta como el futuro, o de una cronología que cede el protagonismo de lo sucesivo a lo simultáneo.

En esa línea, Menchu Gutiérrez persigue una poética del tiempo a partir de elementos similares a los de Bachelard en su poética del espacio: los umbrales y las esquinas, la casa como arcano de una memoria detenida o el aeropuerto como ese ámbito en el que se estandariza el lugar bajo la promesa de acortar la distancia. En su pieza Los claros del tiempo, Gutiérrez cruza a Proust y a Juan de la Cruz, al budismo y a Ibn Arabí, al estatuto fugaz del circo o al instante epiléptico de Dostoievski. Desde estos y otros ejemplos, concluye que acelerar el tiempo nos lleva a atomizarlo, algo que consiguen astutamente las lógicas de consumo.

Si Gutiérrez, narradora y poeta, se mueve fundamentalmente en los ámbitos de la ficción y la historia literaria, Salvador Cardús y Judy Wajcman lo hacen desde la sociología, si bien no se cortan a la hora de tirar de la novela o el cine para redondear sus argumentos o experimentar sus intercambios entre política y economía.

En El temps i el poder Cardús desmonta el viejo axioma de que “tiempo es dinero” para desvelar la política escondida bajo ese imperativo. Una política no siempre visible desde el desorden temporal en el que estamos, con su aceleración sin precedentes y un control de los usos del tiempo que lo mismo procede de un poder político que nos agita, que de los grandes negocios de terapia anti-estrés que nos relajan.

Cardús coincide con Milán Kundera en que la velocidad supone un desafío a la memoria. Y aunque no desconoce la resistencia que puede proporcionarnos la lentitud –con su slowfood, su slowhealth, su slowschooling– tampoco desatiende algo menos tangible que toma de Max Weber: el tiempo se comporta, también, como un espíritu del capitalismo. Una moral que ha llegado a imponer eso de que “no tener tiempo” es una forma excelsa de la virtud. (Algo contra lo que ya se revolvieron en sus épocas Paul Lafarge o Bertrand Russell).

Si Max Weber bucea discretamente bajo las aguas de El temps i el poder, George Simmel nada sin complejos en la superficie de El temps a l´era digital, de Judy Wajcmam. Aquí se actualiza, en la época de Internet, la noción del tiempo surgida en la cadena de montaje del fordismo. Y se apunta directamente al ritmo de vida en la era digital, con la sensación de ahorro de tiempo que provoca la hiperconectividad o la proporción directa entre velocidad y aditamentos electrónicos. Wajcman entremezcla estadísticas con reflexiones, datos con estereotipos, la asincronía de la vida cotidiana con la simultaneidad de la vida digital, o a Google con Walter Benjamin. Tampoco rehúye la polémica, como cuando se opone a la idea extendida de que la telefonía móvil erosiona la comunicación real entre la gente.

Los tres libros se detienen en el impacto del transporte en la aceleración de la vida. Los tres exploran las maneras de resistirse a un tiempo en el que la eternidad se desvanece a cada pantallazo. Los tres beben de la ficción literaria para buscar, más allá de la ciencia o la teoría, las claves temporales de nuestra experiencia.

No es casual, entonces, que compartan cierta fascinación con el artefacto que mide el tiempo: el reloj. A Gutiérrez le inquieta el de La búsqueda del tiempo perdido. A Cardús su origen monacal. A Wacjman le intriga su aparición tardía en la historia de la humanidad, lo cual comprueba en su visita ritual de cada año al departamento de horología del Museo Británico.

Contra los relojes, precisamente, iban destinados los cañonazos de las revoluciones, en tiempos en los que las generaciones necesitaban conquistar su propio tiempo en la historia para acelerar el futuro. Hoy, lejos de ese afán redentor, el tiempo se nos presenta como una magnitud poliédrica desde la que se disparan los cañones para conquistarnos a nosotros.

(*) En la imagen: Sin título (Amantes perfectos), 1990, de Félix González-Torres.

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El Museo de las Máquinas

Iván de la Nuez

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La caseta del Tío Tom

Iván de la Nuez

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Donal Trump, el Brexit o el ascenso de la ultraderecha en Europa han puesto sobre la mesa la crisis, o el fracaso, del multiculturalismo. Hace poco lo alertaba Daniel Inerarity, al constatar que las quejas ante las recientes prohibiciones migratorias no deberían servirnos para esquivar el abandono o la frivolidad con los que el progresismo tradicional había actuado en materia de implicación cultural de los emigrantes antes de esta avalancha conservadora.

No es que el multiculturalismo no hubiera tenido detractores del más alto copete, como Harold Bloom o Robert Hughes. Pero hay una diferencia entre escribir un libro y levantar un muro, o entre acusarte de resentimiento y deportarte.

También cabría añadir que la crisis del multiculturalismo obedece a su propia lógica interna. Y que, en este sentido, se ha ganado a pulso una crítica desde las culturas que dice representar. O por parte de aquellos que se han negado a operar como una tropa étnica a base de repetir el mantra de su exotismo. Escritores y artistas que, en fin, han entendido que la descolonización no es una performance carnavalesca sino un proceso que empieza en tu propia cabeza, tal como lo descubrió Frantz Fanon en Los condenados de la tierra.

Durante los años en que el multiculturalismo triunfaba en universidades y bienales, a cualquiera que osara contradecir su sobreactuación se le silenciaba como a un Tío Tom que renegaba, en su cabaña, de sus propias raíces. Eran los tiempos de la explosión de los sujetos étnicos (con la etnia bien sujeta, dicho sea de paso), las culturas subalternas (con las culturas bien atadas al subsuelo), los Estudios Culturales…

Lo curioso es que esas acusaciones muchas veces provenían de curators y académicos del Primer Mundo, siempre dispuestos a poner el saber donde El Otro estaba obligado a poner el sabor. ¿Ha cambiado mucho esto? Todavía más curioso resulta que estos adalides no provocaran la risa o el escarnio; algo que sólo puede entenderse por el multioportunismo de entonces, y por la inconfesable verdad de que las manías coloniales alcanzan todos los espectros de la ideología, incluida la izquierda.

Que Sting no sintiera indignación por exhibir, All Around The World, un indígena de la Amazonia bajo el fervor de la Música Étnica, pero que sí la sintiera cuando este demostró que sabía usar su tarjeta de crédito y le tumbó unos cuartos, lo dice casi todo de aquella plaga. Un sujeto étnico ni siquiera puede ser pícaro, porque el rufianismo es un defecto occidental que no estaba al alcance del buen salvaje construido por la Global Music.

Hoy hemos comprobado que, lejos de ofrecer una alternativa a la estandarización cultural de la globalización, el multiculturalismo ha acabado funcionando como su fase exótica. Y si es cierto que tuvo su éxito en la puesta al día de la identidad, también es verdad que fracasó en el libre trasiego de la diversidad. Criticó, con razón, al Tío Tom en su cabaña, pero se acomodó a cuanta caseta de representación le ofrecieran ferias, festivales y bienales.

Por ese camino, jamás se colocó a las culturas de la periferia en la perspectiva de su modernidad, encapsulándolas en un tiempo –el pasado de su condición ancestral- y un espacio –el de su procedencia nacional.

Todo, por supuesto, desde esa mezcla de afán redentor y crítica a los centros desde los mismos centros, de sublimación del irracionalismo y realización de unas fantasías que ya había despachado Edward Said en Orientalismo o en Cultura e Imperialismo.

Tal vez hubiera sido interesante que los seguidores de Said o Édouard Glissant se hubieran remontado algo más en el tiempo. Y alcanzado la apuesta por la promiscuidad de Oswald de Andrade o Fernando Ortiz –con sus metáforas de la antropofagia brasileña y la olla podrida que representaba el ajiaco cubano-, en lugar de quedarse varados en la exaltación de una hiperanomalía infinita que sólo puede definirse por su inferioridad crítica con respecto a Occidente. Así comprobarían que, en muchos casos, el multiculturalismo ha significado una paso atrás con respecto a la transculturación, concepto que tal vez convendría actualizar.

Otro punto a tener en cuenta –sobre todo para esa izquierda curatorial que dictamina el destino del mundo del arte- es que el multiculturalismo alcanza su clímax a partir de la caída del comunismo. Y que, en de algún modo, su función ha sido la de diluir, en la cultura, el conflicto ideológico que enfrentaba al mundo bipolar. Es ahí donde el fin de la historia ha sido respondido con el fin de la geografía, bajo la óptica del acercamiento de la periferia a los centros del mundo.

En cualquier caso, si hay que entrar en la jungla, entremos en la jungla (la de Wifredo Lam no sería un mal comienzo). Sobre todo, para desactivar esa estrategia extendida que responde a la ley de la selva de la globalización con la ley del zoológico de su oposición cultural.

Desde una jaula o una caseta es posible mantener la diferencia, pero jamás conseguiremos la mezcla. Y ese, precisamente, se supone que es el destino una cultura múltiple.

La cifra

Iván de la Nuez

61

17 / 68 / 89

Iván de la Nuez

TUMBAR MUROS

 

Los sóviets al poder. La imaginación al poder. La imagen al poder. Esta secuencia de conminaciones se estira desde la revolución bolchevique hasta el desplome del comunismo, con su correspondiente escala en el mayo francés. Una travesía que, en su vertiente iconográfica, arrastra futurismo y agitprop, pop y posmodernismo, vanguardia y transvanguardia, el realismo socialista comandado por Alexander Deineka y el realismo capitalista acuñado por Sigmar Polke.

El caso es que se nos avecinan, en cadena, el centenario de la revolución soviética (2017), el cincuenta aniversario de mayo del 68 (2018) y los treinta años de la caída del Muro de Berlín (2019). Tres años en los que, presumiblemente, el siglo XX se precipitará sobre nosotros para ser escrutado a conciencia. Aunque sólo sea para comparar las alternativas de aquellos tiempos con el callejón sin salida de estos.

De momento, la Royal Academy de Londres ha abierto fuego con una exposición que cubre la época de Lenin y parte del mandato de Stalin. El título, Revolución, no deja lugar a equívocos en un proyecto que rastrea –entre 1917 y 1932- cómo la vanguardia se convierte en piedra, la creatividad en sospecha, el museo en mausoleo.

En esta línea conmemorativa, no es descartable que el 68 también tenga su revisión visual el próximo año. O que el siguiente -ese 2019 que evocará tres decenios desde el derribo del Muro de Berlín o el doble de décadas desde la revolución cubana- se aproveche para recapitular qué ha sido de la globalización en esta acelerada Era de la Imagen que empezó tumbando un muro que impedía salir y parece acabar con el levantamiento de los nuevos muros que impiden entrar.

“Todo el poder para los sóviets”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, “Transparencia, Reconstrucción, Solidaridad”. ¿Volverán a sonar estos eslóganes en las próximas efemérides o se mantendrán sepultados bajo el nuevo vocabulario de la eufemocracia? ¿Se posarán sobre un arte que ha llevado al límite de lo soportable la sublimación de una política de izquierdas bajo una economía de derechas, acomodado entre el mandato estético de la revolución y el mandato mercantil de la contrarrevolución?

La tendencia indica que los iconos de esas revoluciones serán reciclados, cómo no, en las próximas fechas. Es previsible, asimismo, que nos los despachen envasados al vacío. Listos para su congelación y consumo en el momento adecuado, justo cuando nuestro apetito radical lo exija para sostener su equilibrio proteico.

En eso consiste, precisamente, la digestión atropellada de esta época que empezó con Fukuyama proclamando el fin de la historia y parece cerrarse con Alexander Duguin exigiendo su reinicio. Ese es el vértigo de esta Era de la Imagen que va desde la caída del comunismo bajo el símbolo del deshielo hasta el fracaso de la globalización bajo la figura de la desecación.