Entries from julio 2017 ↓

De la estratosfera al cabaret

Iván de la Nuez

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En junio de 2006, el programa Cuarto Milenio estuvo dedicado a un astronauta soviético que, tras una accidentada misión espacial, había sido borrado de la historia. Se trataba de Ivan Istoichnikov, cuya historia se había conocido finalmente en 1997, casi treinta años después de los hechos y cuando ya la desintegración de la URSS era irreversible.

Un libro titulado Sputnik –editado por la Fundación Arte y Tecnología con al apoyo de la Federación Rusa y el gobierno de España- recuperaba la biografía de este cosmonauta que en 1968 había tripulado la nave Soyuz 2 con el objetivo de explorar el espacio. Asimismo, daba cuenta de la interrupción abrupta de ese viaje debido al impacto de un meteorito.

Como no era descartable un ataque enemigo, norteamericano o extraterrestre, el Kremlin, por si las moscas, decidió silenciar el hecho. El mundo estaba en plena Guerra Fría y ni Estados Unidos ni la URSS se concedían un solo centímetro del Cosmos en su carrera espacial. Así que, por el bien del comunismo, Istoichnikov desapareció de todos los archivos que probaban su participación en la leyenda de la cosmonáutica soviética.

El libro -originalmente bilingüe, en ruso y español- estaba bien nutrido con decenas de fotos, documentos, facsímiles, y demás pruebas de la vida de Istoichnikov, ese “pequeño Orfeo rescatado de la razón de Estado”.

Unos días después de aquella emisión, se destapó todo. Y quedó al descubierto que la historia era un proyecto artístico de Joan Fontcuberta, ensayista y fotógrafo que se había tomado el trabajo de construirla en todos y cada uno de sus detalles. (Hubo, incluso una queja formal del embajador ruso).

Esta pormenorizada ficción, que pronto se convirtió en exposición, dejó su impronta en El cosmonauta, de Nicolás Alcalá, primera película española realizada con crowdfunding; o en Los Afronautas, serie fotográfica de Cristina de Middel; o en la exposición colectiva Fake, comisariada por Jorge Luis marzo.

Pues bien, una década más tarde, Fontcuberta lo ha vuelto a hacer. Esta vez, nos la ha colado en la recuperación de Ximo Berenguer, un fotógrafo valenciano que se fascinó por El Molino, al que fotografió obsesivamente bajo la influencia de su amante, el coreógrafo cubano Negrito Poly, quien le abrió las puertas de los camerinos y otros secretos del famoso cabaret barcelonés.

Así pues, entre fake y fake, Fontcuberta ha viajado del cosmos a la tierra, de la guerra fría interespacial a la transición caliente del cabaret. Un espacio que, desde el desmadre, se valió para poner en solfa el régimen –político y moral- del franquismo.

Revisando la edición de A chupar del bote, publicado por RM, mis sospechas al principio no se se encaminaron a la fotografía sino a la literatura. Algo me decía que detrás de los textos y canciones de Manolo de la Mancha podía estar Vázquez Montalbán.

Se da la curiosidad de que en El hombre de mi vida, su detective Carvalho asiste a la conferencia sobre Walter Benjamin que ofrece un fotógrafo “llamado Fontcuberta”. También que MVM ya había usado el seudónimo de Jack el Decorador para abordar una Barcelona sin modelo y sin marca en la que el efecto llamada no provenía de las campañas turísticas sino de la libertad.

Pero, al final, la clave estaba en estas fotografías (con autorretrato incluido). Como esas fotos analógicas de sus primeros pasos que Fontcuberta encontró en un cajón, se da el caso de que hay fakes que no están hechos para ocultar el mundo sino para revelarlo.

A chupar del bote, por otra parte, no desentona en el regreso a los años setenta del siglo pasado que hoy estamos viviendo. Con las reediciones de El Víbora, la reivindicación de la Barcelona libertaria o las memorias “a destajo” publicadas por Pepe Ribas. En fin, todo esto que, como el fake de Fontcuberta, nos dice que a veces las mejores vueltas son, precisamente, las revueltas.

(*) En la imagen: Fotografía de Ximo Berenguer (Joan Fontcuberta), realizada en El Molino, Barcelona, 1975. Del libro A chupar del bote, RM, 2017. 

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La ciudad caníbal

Iván de la Nuez

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Cuando la ciudad sea, por fin, definitivamente orwelliana, tal vez estalle la guerra entre turistas y emigrantes. Con los habitantes locales en medio: atribulados entre servir a los primeros y expulsar a los segundos. A esos bienvenidos que llegan para gastar el dinero y a los “malvenidos” que han aparecido en su frontera para buscarlo. Ambas tropas frente a frente, gracias a esta economía de servicios en la cual nunca ha habido “efecto llamada” más poderoso que una campaña turística.

Antes que se desate semejante distopía, la ciudad habrá cumplido primero el ritual caníbal de devorarse a sí misma, el urbanita habrá fagocitado al ciudadano y las leyes urbanas, paradójicamente, se habrán engullido sin contemplación el “derecho a la ciudad”.

No es casual, entonces, que desde esta ciudad eventual (de festivales, congresos y ferias: de eventos), crezca la evocación de aquello que pudo ser. La nostalgia por la Barcelona previa a la marca y al modelo (que no a la Modelo). Una ciudad cuyo imán no era otro que la promesa de libertad. O incluso el libertinaje, para no ponernos demasiado trascendentes. Así queda recogido en A chupar del bote, un libro que recupera la vertiente subversiva del Molino, con las fotos perdidas de Ximo Berenguer y textos y canciones de Manolo de la Mancha.

Una evocación de otra envergadura es la que rastrea Carme Grandas en La Barcelona desestimada. Un estudio sobre los proyectos que en su momento no recibieron el “sí” de las autoridades públicas o privadas y que han conformado, durante siglo y medio, la historia de una ciudad paralela. Toda una tradición de concursos y adjudicaciones que traducen el pulso sin tregua entre la vanidad urbana y la necesidad ciudadana.

Esta ciudad -más que escondida, archivada- se aloja en las catacumbas de los proyectos rechazados y su recuperación nos confirma que los cambios de fisonomía prueban las mutaciones de las clases barcelonesas, sus prioridades, la repartición concertada de sus prestigios. Si una ciudad se descubre por lo que ha construido, también debemos conocerla por lo que ha rebatido construir.

Aquí Itziar González va más lejos, al proponer que lo mejor que puede hacerse por la ciudad es, precisamente, no construir nada nuevo. Bajo la sobredosis de oferta que plantea este modelo económico, la dieta urbana sería nuestra salvación, el único camino viable para dejar de zamparnos los unos a los otros.

Así las cosas, tampoco debe ser casual la reedición de El derecho a la ciudad. El clásico de Henri Lefebvre donde queda claro que la economía del turismo representa tanto el lugar de consumo como el “consumo del lugar”. Que la desindustrialización de la ciudad la hace retroceder a una condición medieval, por mucha Smart City que tengamos a mano. O que la primera función urbana del Estado es, precisamente, burocratizar nuestro hábitat. Así que la democracia implica saber, ante todo, que no hay ciudad ideal. Como tampoco hay habitante ideal: nuestra libertad urbana suele acabar donde empieza la del vecino.

En esta guerra civil, la ciudad continuará funcionando como ese “teatro espontáneo” donde sucede la política. Esa misma política que Itziar González abandonó con el objetivo de empezar a hacerla de otra manera.

El problema es que esto no parece aplicable a la ciudad, pues no hay manera de abandonarla para salvarla. A la espera de reconquistar nuestra condición ciudadana, los urbanitas estamos obligados a seguir fundidos con la ciudad. Sea nuestro propósito transformarla o destruirla.

 

(*) Fotografía de Manolo Laguillo: Proyecto Eixample (2012-2013), Barcelona.

Fotografía, cabaret y resistencia

Iván de la Nuez

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Comparto aquí la nota de presentación del libro A chupar del bote, el próximo miércoles 19 a las 19.00 en la Fundación Foto Colectania, de Barcelona.

Dice así:

Foto Colectania acoge la presentación del libro A chupar del bote, de Ximo Berenguer, a cargo de Horacio Fernández e Iván de la Nuez.
Editorial RM publica esta obra que recupera para la historia de la fotografía española el legado de Ximo Berenguer, autor fallecido prematuramente en 1978 a los 32 años de edad.

EL LIBRO

Entre 1975 y 1977, el popular music-hall barcelonés El Molino mantuvo en cartelera un espectáculo titulado A chupar del bote, que entre el esperpento y el despendole escarnecía la calaña de los chupópteros, tan profusamente implantados en suelo ibérico, mientras trazaba la crónica de la transición a golpes de destape y humor.
Atento a ese papel catártico que trascendía el simple entretenimiento, un joven fotógrafo decidió condensar en imágenes ese caudal histórico. Ximo Berenguer fue un fotógrafo valenciano afincado en Barcelona que participó activamente en los movimientos contraculturales de principios de los 70, legándonos un valioso testimonio gráfico de manifestaciones, conciertos, reivindicaciones sociales y toda la efervescencia política del momento. Su muerte prematura ocasionada por un accidente de motocicleta cuando regresaba de realizar un reportaje de Canet Rock dejó sumido su archivo en el olvido. Recientemente se ha recuperado la maqueta de A chupar del bote, que Berenguer preparó para proponerla como un posible título de la famosa colección “Palabra e Imagen”.

Actividad organizada en colaboración con la Editorial RM.

Entrada gratuita. Aforo limitado.
Después de la presentación se ofrecerá una cerveza Estrella Damm.
Los Amigos y Socios de la Fundación pueden disponer de asientos reservados.

El ogro sin filantropía

Iván de la Nuez

KARMELO

 

La imagen del poder ha sido, históricamente, tan mutante como aquello que refleja. Y si hoy tiende a la simbiosis, a esa amalgama en la que política y economía han roto sus contornos, lo cierto es que hubo otras épocas en las que el poder del dinero y el poder del gobierno se diferenciaban, relativamente, en su representación iconográfica.

Tal vez convenga recordar aquella “pirámide del sistema capitalista”, que se hizo “viral” a principios del siglo XX. Con sus roles bien definidos y la bolsa de dinero ocupando el trono, allá en la punta. Desde ahí, la plantilla del expolio al completo: “Nosotros ponemos las reglas”, “Nosotros los atontamos”, “Nosotros los golpeamos”, “Nosotros comemos por ustedes”. Y todos descansando sobre los hombros de los que trabajaban para sostenerlos.

En una línea semejante, tenemos a ese burgués opulento –al que “nada humano le es ajeno”, porque es propietario de casi todo-, tantas veces dibujado por Chumy Chúmez. Y tan desdibujado hoy por la marea de un poder ubicuo al que no siempre conseguimos situar, pero que siempre acaba por situarnos a nosotros.

La tentación de personificar el poder en el Estado y en su condición monstruosa, ha vivido momentos de esplendor. Así el Leviatán devastador de Hobes. O ese Ogro filantrópico de Octavio Paz que, como diría Rubén Blades, “te da y te quita y te quita y te da”.

Hoy, en cambio, el Estado es visto como un elemento más del poder, ni siquiera el más importante, aunque los emoticones insistan, exclusivamente, en representar a la autoridad con la policía.

La que sí se ha actualizado, un siglo después, es aquella pirámide de 1911 con la famosa teoría del 1%, de Thomas Piketty. Desde ahí, se desvela el crecimiento exponencial de la desigualdad en la distribución de la riqueza y, al mismo tiempo, se apunta al pacto concertado entre la política y las finanzas. He aquí el gran cóctel de este capitalismo millennial, consistente en un neoliberalismo de Estado que lo mismo atraviesa el modelo chino que las democracias occidentales, con el autoritarismo salvaguardando el crecimiento del mercado. O el mercado velando por el crecimiento del autoritarismo.

Gracias a esta mezcolanza, se han ido diluyendo las representaciones doctrinarias: la hoz y el martillo, la espada y la cruz o la esvástica han dado paso a los objetos por encima de los símbolos ideológicos. Y la reproducción hagiográfica del poder ha quedado desfasada ante el selfi infinito del dinero: el coche y la casa, los yates diurnos y las fiestas nocturnas; la obscenidad absoluta de los gastos.

El territorio propicio para esta simbiosis es, sin duda, la corrupción, que ha sido atendida por el cine, el teatro, la novela o las artes visuales. Presente en todos los estamentos, esa corrupción ha dejado de ser un fenómeno excepcional para convertirse en un modus operandi que cruza la sociedad y nos enreda a todos, aunque nos guste pensar, como Sartre del infierno, que estamos a salvo o que la corrupción son “los otros”.

Llegados a ese punto, el dramaturgo checo Petr Sourek se inventó un “Corrupt Tour”. Con visitas a los barrios de Praga donde viven los estafadores y mostrando sus malhabidas viviendas como “nuevos monumentos” de la nueva economía. Una forma extrema de patrimonio de la humanidad.

La corrupción ha desatado, por otra parte, una estética que oscila entre el narco y el nuevo rico, con esa repartición de “tequieros” tan propios de la camaradería dopada del atraco, sus vicios privados y sus dineros públicos.

Cuando la revista Forbes decidió incorporar al Chapo Guzmán, y a las ganancias del narcotráfico, en su lista, quedó sellada esta normalización en la que ya no parece haber vuelta atrás. Precisamente, a partir de ahí, la corrupción se convierte en norma, y no excepción, de nuestro tiempo.

Figuras como el hombre hecho a sí mismo desaparecen, entonces, del imaginario colectivo a la misma velocidad con la que queda cancelada la posibilidad de que el tesoro privado nos sirva para contar la historia del individuo en el capitalismo. Ahora el botín se consigue en el erario público. Y el viejo capitalismo en el que el emprendedor conseguía su riqueza a pesar del Estado, ha dado lugar a la figura del corrupto que sostiene su riqueza gracias al Estado.

Poco importa que sean los mismos que predican contra los males del gobierno y que, en consecuencia, se dediquen a achicarlo por la vía rápida del desfalco.

Un Estado al que, eso sí, se le deja la monstruosidad del Leviatán pero se le arrebata su capacidad para repartir algo de riqueza o paliar algo de miseria. Un ogro al que se le mantiene su fase represiva y, al mismo tiempo, se le va despojando de su filantropía.

(*) En la imagen: secuencia de la pieza de Karmelo Bermejo ‘10.000 euros de dinero público enterrados en el punto de coordenadas 42º 50′ 57.2172” Norte y 2º 40′ 5.3688” Oeste’.