Entries from marzo 2018 ↓

Las maestras caníbales

Iván de la Nuez

Middel-Fortuna

 

Las primeras mujeres de mi infancia me educaron en la impureza. Así que, antes de tropezar con la primera coctelería -antes de leer el Manifiesto Antropófago, de Oswald de Andrade o la teoría del ajiaco, de Fernando Ortiz-, ya sabía que mezclar era bueno. Y mezclarse mejor. (Aunque no siempre fuera con los mejores).

A partir de ahí, María Zambrano me indujo a buscar la Cuba secreta como Lydia Cabrera me mostró que la vida verdadera acaba en nosotros y empieza en los otros.

Frida Kahlo me descubrió que el mejor autorretrato es el que te hace inatrapable, ese que te permite buscar a Duchamp mientras te está esperando Breton.

Ana Mendieta me avisó de que cuerpo y discurso es lo mismo, aunque esto haya que asumirlo hasta las últimas consecuencias. Que somos seres inacabados, acosados por cuentas pendientes con nosotros mismos. Siluetas de contornos tenues que hemos traicionado una igualdad originaria a la que debemos regresar.

Camille Paglia, en cambio, me alertó de que somos figuras desiguales por definición. Y que desde Nefertiti no somos más que capítulos de una continuidad pagana. Seres turbulentos predispuestos a la violencia.

Laura Marx me confirmó que un hombre antillano puede entregarse hasta la muerte.

Rosa Luxemburgo que la libertad es siempre la libertad para los que piensan distinto.

Y Mary Shelley me preparó para renacer como un monstruo hecho de pedazos ajenos, impura mezcla de otras carnes.

No estoy a la altura de estas enseñanzas.

Pero me sigo aplicando.

(*) Imagen: Cristina de Middel, de la serie Rutas semánticas por la geografía española, 2011

Marcador

Por qué no me gustan las estatuas

Iván de la Nuez

piedra

De niño, mi padre y yo compartíamos un entretenimiento ingenuo y humilde: recoger piedras en la orilla del mar. Todavía guardo algunas, llenas de salitre. Unas tienen forma de cerebro, otras se parecen a un animal, otras son lisas y grises: listas para ser devueltas al mar de cortalazo, dando brincos sobre el agua.

Esas piedras estaban, por así decirlo, cinceladas por la naturaleza y acarreaban la historia del océano. Unas habían sido arena, otras pronto lo serían. Ese era su ciclo “vital”.

Desde entonces, me ha importado muy poco el uso excelso de las piedras, en particular su conversión en estatuas. Hay quien cree que una estatua es la salvación de una piedra, pero a mí siempre me ha parecido lo contrario. Una estatua es, y perdón por el contrasentido, la petrificación de la petrificación. Su domesticación más absoluta.

Ya si esa estatua pretende venerar a un héroe o un personaje histórico, me resulta aún menos interesante. Y si la cosa va de tiranos ecuestres o de señalar el camino con el dedo apuntando al horizonte, la cosa empeora en mi interior.

Frente a mi casa, en La Habana, he visto al general Máximo Gómez, en su caballo, batirse con un huracán. Incluso resistirlo. Pero ni siquiera eso me ha reconciliado con la estatuaria. También he visto a Sadam Hussein o a Lenin derribados en medio de este animismo contemporáneo al que un día le da por levantar estas moles y otro día le da por tumbarlas.

He conocido, en Lituania, un museo al aire libre de estatuas del comunismo derribadas o escondidas después de la caída del Muro de Berlín. Y he sabido de un comercio del bronce fundido de las estatuas derribadas, tal vez una repetición de aquellos campanarios convertidos en cañones por Napoleón.

Son herejías modernas, que lo mismo atraviesan la ideología que el mercado negro. Formas de trasladarse de la plaza pública al parque temático.

Cuando la política arrasa, no deja estatua sobre estatua. Cuando arrasa la naturaleza, no deja piedra sobre piedra.

Ese es el momento perfecto para que un padre con su hijo recojan los vestigios de esos avatares remotos y los guarden en un pomo de cristal para su particular y exclusiva memoria.