Por qué no me gustan las estatuas

Iván de la Nuez

piedra

De niño, mi padre y yo compartíamos un entretenimiento ingenuo y humilde: recoger piedras en la orilla del mar. Todavía guardo algunas, llenas de salitre. Unas tienen forma de cerebro, otras se parecen a un animal, otras son lisas y grises: listas para ser devueltas al mar de cortalazo, dando brincos sobre el agua.

Esas piedras estaban, por así decirlo, cinceladas por la naturaleza y acarreaban la historia del océano. Unas habían sido arena, otras pronto lo serían. Ese era su ciclo “vital”.

Desde entonces, me ha importado muy poco el uso excelso de las piedras, en particular su conversión en estatuas. Hay quien cree que una estatua es la salvación de una piedra, pero a mí siempre me ha parecido lo contrario. Una estatua es, y perdón por el contrasentido, la petrificación de la petrificación. Su domesticación más absoluta.

Ya si esa estatua pretende venerar a un héroe o un personaje histórico, me resulta aún menos interesante. Y si la cosa va de tiranos ecuestres o de señalar el camino con el dedo apuntando al horizonte, la cosa empeora en mi interior.

Frente a mi casa, en La Habana, he visto al general Máximo Gómez, en su caballo, batirse con un huracán. Incluso resistirlo. Pero ni siquiera eso me ha reconciliado con la estatuaria. También he visto a Sadam Hussein o a Lenin derribados en medio de este animismo contemporáneo al que un día le da por levantar estas moles y otro día le da por tumbarlas.

He conocido, en Lituania, un museo al aire libre de estatuas del comunismo derribadas o escondidas después de la caída del Muro de Berlín. Y he sabido de un comercio del bronce fundido de las estatuas derribadas, tal vez una repetición de aquellos campanarios convertidos en cañones por Napoleón.

Son herejías modernas, que lo mismo atraviesan la ideología que el mercado negro. Formas de trasladarse de la plaza pública al parque temático.

Cuando la política arrasa, no deja estatua sobre estatua. Cuando arrasa la naturaleza, no deja piedra sobre piedra.

Ese es el momento perfecto para que un padre con su hijo recojan los vestigios de esos avatares remotos y los guarden en un pomo de cristal para su particular y exclusiva memoria.

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