Las maestras caníbales

Iván de la Nuez

Middel-Fortuna

 

Las primeras mujeres de mi infancia me educaron en la impureza. Así que, antes de tropezar con la primera coctelería -antes de leer el Manifiesto Antropófago, de Oswald de Andrade o la teoría del ajiaco, de Fernando Ortiz-, ya sabía que mezclar era bueno. Y mezclarse mejor. (Aunque no siempre fuera con los mejores).

A partir de ahí, María Zambrano me indujo a buscar la Cuba secreta como Lydia Cabrera me mostró que la vida verdadera acaba en nosotros y empieza en los otros.

Frida Kahlo me descubrió que el mejor autorretrato es el que te hace inatrapable, ese que te permite buscar a Duchamp mientras te está esperando Breton.

Ana Mendieta me avisó de que cuerpo y discurso es lo mismo, aunque esto haya que asumirlo hasta las últimas consecuencias. Que somos seres inacabados, acosados por cuentas pendientes con nosotros mismos. Siluetas de contornos tenues que hemos traicionado una igualdad originaria a la que debemos regresar.

Camille Paglia, en cambio, me alertó de que somos figuras desiguales por definición. Y que desde Nefertiti no somos más que capítulos de una continuidad pagana. Seres turbulentos predispuestos a la violencia.

Laura Marx me confirmó que un hombre antillano puede entregarse hasta la muerte.

Rosa Luxemburgo que la libertad es siempre la libertad para los que piensan distinto.

Y Mary Shelley me preparó para renacer como un monstruo hecho de pedazos ajenos, impura mezcla de otras carnes.

No estoy a la altura de estas enseñanzas.

Pero me sigo aplicando.

(*) Imagen: Cristina de Middel, de la serie Rutas semánticas por la geografía española, 2011

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