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Imágenes que cortan la mirada

Iván de la Nuez

Resultado de imagen de L'ull i la navalla

Hace algún tiempo que las imágenes han cobrado vida propia. Sobre todo, desde que la era digital les garantiza una superproducción automática que difumina su dependencia de nuestra mirada. Cada segundo recibimos imágenes que no hemos demandado, y cada segundo enviamos imágenes que ni siquiera hemos elegido.

Esa desconexión entre mirada e imagen es, paradójicamente, la base sobre la que hoy se sustenta la visualidad del mundo. Esa incomunicación activa nuestra interconexión.

Contra ese orden de cosas se revuelve L’ull i la navalla (El ojo y la navaja). Contra esa cuchillada que anticipó Buñuel y que ha guillotinado, definitivamente, el nexo entre ojo e imagen que los occidentales acarreábamos desde los antiguos griegos. El libro de Ingrid Guardiola es, a la vez, una actualización de los estudios sobre la interfaz y una crítica a la imagen que sólo puede concebirse desde la era de la imagen, del mismo modo que su sospecha de la conectividad sólo puede proyectarse desde la hiperconectividad en la que estamos atrapados.

Jueza y parte, aquí, no comparten la misma culpa pero sí la misma red.

Por ese motivo, este ensayo es también un manifiesto sobre la pertinencia de tomar distancia y experimentar una contracción en la escala del paisaje visual de nuestros días. Es un ajuste en el enfoque del campo de batalla y un manual de uso sobre las enseñanzas que, en esta materia, ya habían aportado desde el Paul Virilio de la aceleración hasta el Regis Debray de la grafosfera. Todo ello, sin olvidar actualizaciones tan lúcidas como las de Michel de Certau o David Harvey, Joel Schumpeter o Jean Baudrillard, Elias Canetti o Jean-Luc Godard, Aby Warburg y Jacques Rancière.

Pese a algún vestigio de tesis doctoral que asoma por momentos, L’ull i la navalla sostiene argumentos suficientemente sólidos para abrir una perspectiva singular en un asunto ya tratado en incontables estudios. Un tema en el que se agolpan cuestiones tecnológicas, económicas, culturales, estéticas o directamente políticas. Lo mismo si tratamos el emplazamiento tecno-utópico de Sillicon Valley o la reconversión lúdica del espacio público, el poder intrínseco del archivo de imágenes o la necesidad política de compartir su capital simbólico, la dimensión tecnológica de la interfaz y la obligación humanista de reconducirla.

El libro transmite con solvencia el modo en que nuestra vida transcurre como una película en tiempo real, o es presa de un juicio a la vista de todos por el que seremos premiados o castigados, o se ha convertido en un continuo trasiego de datos y algoritmos que la encaminan hacia una “muerte a distancia”.

Nada escapa, pues, a esta interfaz cuyo sustrato económico ha convertido lo gratuito en negocio, el acceso en rendición, el desplazamiento en un experimento de control por GPS, cada biografía en una carrera zigzagueante entre una aplicación y otra.

En este Nuevo Orden Visual, tal cual lo ha definido Joan Fontcuberta, la imagen ha dejado de ser la expresión del “instante decisivo” de nuestra inmortalidad para convertirse en la captura fugaz de una condición intrascendente y mortal. En ese punto, L’ull i la navalla se ofrece como un ancla para aguantar la avalancha; un lastre para resistir este aluvión que nos arrastra combinando la velocidad extrema con la inmovilidad, el superávit con el vacío, la voracidad con la apatía.

Desde su experiencia como programadora y como crítica, Ingrid Guardiola nos alerta que todo aquello que escapa de nuestro control termina por entregarnos al control de los otros. Por eso su convicción de que, para habitar en esta Era de la Imagen, a veces hay que aprender a cerrar los ojos.

 

(*) Publicado en El País, suplemento Quadern, 24 de enero, 2019.

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«Teoría de la retaguardia» según Jorge Ferrer

Una recomendación

TR-PORTADA

Eché toda la mañana con Teoría de la retaguardia, el nuevo libro de Iván de la Nuez. Parte de aquella célebre Teoría de la vanguardia de Peter Bürger y consiste en un sofisticado artefacto donde el arte contemporáneo es enfrentado a los sucesivos viajes que ha hecho a la política, la iconografía y la literatura, tres viajes de los que no ha salido indemne y de los que ha vuelto cada vez al museo con el rabo entre las patas.

No es este libro, ¿cómo podría serlo viniendo de quien viene?, una de esas tan enfurecidas como ñoñas diatribas reaccionarias contra el arte contemporáneo que se leen últimamente. No: es una relectura del paisaje del arte para afearle su ceguera e imaginarle un porvenir. Iván cuece el pensamiento con un chup-chup verdaderamente único en mi generación y arma unos potajes que a veces, puede que esta vez lo consiga con el arte, son capaces de revivir un muerto.

Nadie debería saltarse este libro magnífico, nadie

(*) Aparecido la cuenta de Facebook de Jorge Ferrer. 

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«Teoría de la retaguardia» según Andrea Valdés

El arte de la contradicción

TR-PORTADA

 

Leí Teoría de la retaguardia con las previsiones meteorológicas actualizándose a la velocidad de los semáforos, tras enterarme por la prensa de que un Banksy previamente adjudicado por 1,2 millones de euros se autodestruyó en plena subasta. Dicho escenario se adapta perfectamente a lo que nos describe Iván de la Nuezen su último ensayo, Teoría de la retaguardia. Cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a casi todo lo demás). Bastará leer el índice para entender que el mencionado subtítulo va con ironía. Incluso podría ser un guiño al publicista Paul Arden, cuyos libros son una mercancía muy visible en las tiendas de museo, donde proyectos editoriales como Consonni subsisten milagrosamente a una oferta cada vez más variopinta y que, sin embargo, da cuenta de dónde está el arte contemporáneo.

Resulta difícil no sospechar del creciente esplendor del arte a medida que ha ido relacionándose con otros ámbitos: de la política a la literatura, la más fecunda de sus interferencias a juzgar por los ejemplos que aquí se exponen. Con todo, este ensayo no se limita a describir dicha expansión en una era dominada por las imágenes y donde el artista ya no es el único en dejar su huella, sino que la explica como una cuestión de supervivencia y que viene de un fracaso anterior. Lo expone Peter Bürger en su Teoría de la vanguardia, libro que se cita en la primera fase. Según este autor, al querer romper las fronteras entre el arte y la vida, los vanguardistas no lograron provocar ninguna revolución social, lo que consiguieron fue impugnar al arte como institución. Ante semejante derrota, no debería sorprendernos que éste haya renunciado a pensar el porvenir. En palabras de Iván de la Nuez, le “tiene horror al futuro” y prueba de ello es que, en los catálogos, el currículo del artista ya empieza a escribirse hacia atrás: “Hace un moonwalker”.

Boris Groys también tomó nota de esa imposibilidad en Sobre lo nuevo, donde defendía que la innovación consistía no ya en superar lo anterior, sino en desplazar los límites de lo que puede o no entrar en museo, partiendo de la base de que solo está “vivo” aquello que queda fuera. El problema es que una vez “museificado”, lo nuevo deja de serlo: ya es pasado. Y así andamos, con un arte que se actualiza continuamente mientras por otro lado reitera su defunción. Engorda pero no avanza. No cabe duda de que Teoría de la retaguardia está escrito a la contra y desde un lugar que invita a replegarse, que es como pedirle al arte que asuma al fin sus contradicciones. Algunas son obvias, pero en otras me hubiera detenido algo más, aunque él las deslice con elegancia. De hecho, esta facilidad de escritura es lo que le permite hilvanar dinosaurios, limusinas y una Venecia fantasma sin recurrir a esas palabrejas de las que abusan los críticos (ahora todos desmundanizan). Igual no las necesita. Iván de la Nuez va a la suya y con esa misma frescura le reclama al arte que se resitúe o se largue definitivamente, mientras nos arranca alguna que otra sonrisa.

(*) Publicado en El País, Babelia, 5 de enero de 2019. 

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«Teoría de la retaguardia» según Rafael Rojas

Iván de la Nuez y su «Teoría de la retaguardia»

TR-PORTADA

El ensayista y crítico cubano Iván de la Nuez, afincado en Barcelona desde hace tres décadas, ha escrito un libro titulado Teoría de la retaguardia. Cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a casi todo lo demás) (Bilbao, Consonni, 2018). El tránsito al siglo XXI, piensa De la Nuez, se ha producido en dos tiempos, uno que va de la caída del Muro de Berlín al derrumbe de las Torres Gemelas, y otro en el que nos internamos en una baja globalización, donde el mercado se reconcilia con el Estado y sus instituciones, empezando por los museos y terminando por las policías.

Si la primera fase impuso una nueva espectacularidad global, basada en los grandes despliegues mediáticos de las transiciones en Europa del Este y las guerras del Golfo Pérsico, la segunda, entreverada con el Internet y las nuevas tecnologías, marcó la hegemonía definitiva del discurso visual. El crítico toma de uno de sus artistas de cabecera, el fotógrafo catalán Joan Fontcuberta, el concepto de Nuevo Orden Visual, y lo hace premisa de su propia teoría de la retaguardia: una respuesta a la frivolización del vanguardismo tardío.

Todo se ha vuelto “carne de museo”, dice De la Nuez: el fascismo y el comunismo, las dictaduras y las guerras civiles, el colonialismo y las revoluciones, la pobreza y la marginación. Pero esa facilidad con que se arma un parque temático sobre cualquier catástrofe no rebasa ni diluye la función de los museos. Más bien la refuerza, al punto de regresar a los orígenes de esa institución en la antropología evolucionista del siglo XIX. Así, el Museo de Malmö exhibe mendigos gitanos, el dramaturgo Brett Bailey expone negros esclavizados en Londres o Santiago Sierra paga a más de 500 desempleados mexicanos para que posen en una sala del Rufino Tamayo.

Hay algo centralmente antropológico en el arte contemporáneo, que lo politiza pero también lo neutraliza. En la tradición de vanguardia, que arranca con Marcel Duchamp, el foco de atención era el objeto del ready-made: el urinario, la rueda de bicicleta, la aspiradora. En el arte contemporáneo, son los sujetos: “las causas y no las cosas”, concluye De la Nuez. No falta intencionalidad emancipatoria en buena parte de esa producción, que incluye en dosis crecientes al llamado “arte político”. Pero con frecuencia, sostiene el crítico, el arte contemporáneo “envasa al vacío las contradicciones sociales para servirlas más tarde en una lógica de supermercado –sección de pescadería fresca, por ejemplo–, desde la cual la crítica se convierte en denuncia; el discurso, en retórica; la democracia, en catarsis”.

En el largo periodo vanguardista del siglo XX, muchos artistas se comprometieron con las causas de la izquierda mundial. Hoy, cabría preguntarse por las preferencias ideológicas y políticas de un Jeff Koon, un Damien Hirst, una Marina Abramovic o un Kehinde Wiley, que lo mismo hace un retrato de de sí mismo como Napoleón a caballo que otro de Barack Obama en tono de realismo mágico. Iván de la Nuez resume el desplazamiento en una frase: “si en la época del Viejo Orden Visual los artistas de la vanguardia llegaron a situar el arte bajo las prescripciones del agitprop, en el Nuevo Orden Visual los artistas –desde la retaguardia– han conseguido licuar el agitprop en las reglas del arte”.

En la cultura visual del siglo XXI las imágenes más rentables son aquellas que encarnan íconos. Las estrellas de Hollywood, Michael Jackson y Madonna, Vladimir Putin y Kim Jong-un, Mickey Mouse o el Che Guevara, serían casos a la mano. Una vez constituida en ícono, por obra del mercado o de la ideología, la imagen detenta un poder representacional, que De la Nuez llama “iconocracia”. Las formas más perversas de la iconocracia son las que tienen que ver con la estatuaria y la monumentalidad de los regímenes autoritarios, con los mausoleos rusos, chinos o coreanos, pero también con la nueva política cultural de los Emiratos Árabes donde llega a concebirse una “isla de los museos” en Abu Dabi.

La iconocracia, sostiene De la Nuez, llega también al arte y a la fotografía y produce una inversión de sentido, que favorece la crítica de los discursos del poder. Destaca el crítico el caso del fotógrafo alemán Thomas Ruff, seguidor de las técnicas de Man Ray y Moholy-Nagy, que convirtió en una bruma espesa la tragedia espectacular del atentado del 11 de septiembre en el World Trade Center de Manhattan. El derrumbe de las Torres Gemelas, ícono de la larga “guerra contra el terror”, se convierte en una incógnita a medida que el espectador avanza hacia la foto.

Lo mejor del arte de retaguardia, aquello que lo coloca en la resistencia a la mercantilización de la última vanguardia, tiene que ver con el avance hacia una narrativa en la que los límites que se traspasan no son entre el arte y la vida, como sostenía Peter Bürger en su Teoría de la vanguardia (1974), sino entre el arte y la supervivencia. De la Nuez encuentra esa disolución de fronteras en artistas escritoras como la española Alicia Kopf (Imma Ávalos) y la mexicana Verónica Gerber, quien en su novela Conjunto vacío (2017), narra la sobrevida y el duelo del exilio a través de diagramas de Venn.

Iván de la Nuez no está solo en su crítica al arte contemporáneo. Lo preceden otros críticos a los que rinde homenaje en su libro, como los recientemente fallecidos Arthur Danto y Paul Virilio, y lo acompañan también artistas con quienes dialoga de manera permanente como los ya citados Fontcuberta y Ávalos, Daniel G. Andújar o los cubanos Carlos Garaicoa y Leandro Feal. Hay que leer a Iván de la Nuez para convencernos de que la crítica de arte puede ser ensayo, bien pensado y bien escrito.

(*) Publicado en Letras Libres, 8 de enero, 2019.

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