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Obra completa

Iván de la Nuez

Una faceta separada de Julián Rodríguez basta para dar por satisfecha cualquier vida. No es que esto sirva de consuelo pero tal vez, con el tiempo, ayude a mitigar su ausencia. La suya es una obra total y completa. Escrita, editada y expuesta, sin olvidar las muchas iniciativas que lideró y que quedan también como un legado tangible y útil.

Lo que afirma Daniel G. Andújar sobre su impronta como galerista sirve para todo lo que Julián hizo en su vida. Allí por donde pasó, cambió el modelo.

En cualquier caso, su autoridad como editor, galerista y gestor cultural viene de su grandeza intelectual, el único patrimonio con el que se plantó en un mundo todavía clasista e incólume a la movilidad social.

Como escritor, fue pionero en incorporar a la narrativa contemporánea española dos asuntos, en apariencia distantes, que años después han conocido el éxito: el campo y el arte.

Con su escritura, seca y profunda, rebajó la algarabía de ambos temas, a los que dotó de naturalidad sin naturalismo, de contemporaneidad sin fetichismo. Cortando, de cuajo, la tendencia pintoresca del primero y la pulsión frívola del segundo.

Ahí quedan sus libros como testimonio de esa precisión: Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás, Ninguna necesidad, Santos que yo te pinte, Cultivos

Como editor, sigue la estela de sus propios editores, Constantino Bértolo o Claudio López Lamadrid, aunque también nos remita a Roberto Calasso; con esos textos para las contracubiertas que están a un nivel inalcanzable para otros colegas de ese mundo. Un mundo al que llega desde una extracción humilde que mantiene como raigambre, pero que no le lleva ni al desclasamiento servil ni al revanchismo.

Su ambición siempre estuvo más adelante, más lejos, más alto.

Era un rompehielos.

Y como tal, capaz de imponer un catálogo que destroza la frontera entre España y Latinoamérica, algo que siempre consideró un territorio indistinto. Aunque no por el hecho de estar unido por una misma lengua -todas esas metáforas del territorio de la Mancha, etc.-, sino por lo contrario: porque son muchas las lenguas, y muchos los acentos, que componen este espacio al que trató desde una igualdad ética, sin la jerarquía editorial que sigue manteniendo España sobre sus excolonias. En ese sentido, el nombre de Periférica es, desde el principio, un manifiesto diferente de geopolítica literaria.

Si no entiendes a Rita Indiana, Yuri Herrera, Juan Cárdenas, Diamela Eltit o Valentín Roma, no te preocupes. Ya los entenderás mañana. No hace falta un glosario que te los traduzca a la primera, sino seguir editándolos, haciendo común una lengua distinta que se ha formalizado dentro de un mismo idioma. (Perdón por el trabalenguas).

Como galerista, su reto no consiste en inocular lo contemporáneo en el arte español sino en recuperar lo español en el arte contemporáneo, siguiendo esa misma noción de lenguajes mixtos. Por eso abre su aventura con una exposición-libro de Joan Fontcuberta. Y por eso busca artistas -como Pedro G. Romero, Javier Codesal, entre otros- que han de tener un plus literario dentro de una obra que siempre está un poco más allá del arte.

Todos estos son capítulos de esa obra única que es, también, un ejemplo sofisticado de pedagogía para autodidactas.  

Por eso, cuando recupera clásicos -Maupaussant o Balzac- nunca es para insuflarles una agenda contemporánea sino al revés. Lo hace con la esperanza de que ofrezcan algún recurso al desconcierto del presente.

En esa cuerda, no hay libro más “periférico” y actual que el de Joseph Joubert: Sobre arte y literatura. Una pieza sólo comparable a Más allá del bien y del mal, de Nietzsche.

En una página de ese libro, se lee esta frase: “Antes de emplear una palabra hermosa, hazle un sitio”.

El sitio que ocupa la obra completa de Julián Rodríguez es de una tremenda belleza, de una totalidad desconcertante. No conozco a nadie que lo haya atravesado y no haya crecido. Para la literatura, para el arte, para la vida.

Conozco muy pocos de los que se pueda decir esto.

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Félix González-Torres como escritor de la intemperie

Iván de la Nuez / @ivandelanuez

Occidente necesita el exotismo como una manera de simplificar las culturas complejas que existen más allá de sus mares. Incluso, llegando al punto de no reconocer siquiera el carácter occidental de algunas, como es el caso de la cubana. Por eso premia ese tipo de literatura que reitera hasta la saciedad la reinvención de parajes bucólicos, poblada de matices neoconservadores, acrítica con su tradición autoritaria y pregonera inconsciente de los poderes establecidos. Una literatura balsámica para un Occidente aburrido que tiende a sublimar y destruir simultáneamente la Amazonia o la selva de Costa Rica para construir hoteles, recoger caucho o filmar Parque Jurásico.

Uno de los artistas más influyentes en el panorama contemporáneo es Félix González-Torres. Un cubano, nacido en Guáimaro, que comía frijoles negros y escuchaba a Celia Cruz en su casa, aunque siempre tuvo el talento de no convertir eso en una bandera. Su obra es uno de los legados más interesantes y bellos del arte conceptual, aunque González-Torres es prácticamente un desconocido entre los cubanos o en los mundos ajenos al arte. Además, no es lo que pudiéramos considerar un «escritor».
Sin embargo, el intenso cuidado de la palabra, su manera de alojar lo privado en lo público, su fina composición del texto, el modo en que deja caer la historia en la imagen, siempre las he asumido como una herencia literaria.

González-Torres había fundado el Group Material en Nueva York y luego desarrolló una obra en la que no hizo concesión al folclorismo ni a los oportunismos multiculturales. Él entendía la identidad cubana como un rito gestual, una marea. Murió de sida a los 39 años, dejando unas piezas que pueden ofrecernos la clave de lo que significa este arte de habitar en la diáspora. En una de ellas, aparece una valla pública que reproduce un lecho sin hacer, una cama antes habitada con la huella de sus componentes. Como si los cuerpos sin paisaje del comienzo de este ensayo encontraran su contraparte en el paisaje sin cuerpos que hoy sólo nos remiten a un rastro.

Esa es, tal vez, el secreto de escribir en la diáspora, cuando ya no hay hogar ni regreso al mismo: conceder un paisaje a cuerpos que no lo tienen y, a la vez, encontrar los cuerpos perdidos tras una huella marcada en la intemperie del mundo.

(*) Este es un fragmento del ensayo «Registros de un cuerpo en la intemperie», publicado en 1998 y que aparece recogido en mi próximo libro, Cubantropía, que editará Periférica este otoño. Justo después de la ola de calor.

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