La fiesta de los otros

Iván de la Nuez
El País, Babélia


Novela, ensayo y memorias se mezclan con una historia de espionaje en la nueva obra de Antonio José Ponte. En La fiesta vigilada, la incisiva mirada del narrador cubano repasa sus recuerdos de la revolución y la visión de autores como Sartre o Graham Greene.

“¿Te has pasado por la noche?”. Esta pregunta menudea entre los noctámbulos españoles y explica, por sí misma, algunos misterios sobre la subversión del tiempo que se consuma en la juerga nocturna. “Ir a la noche”: he aquí el dictum desde el cual la nocturnidad no se presenta como un tiempo, sino como un espacio, un ámbito donde expandir la otra vida; tal vez la vida, para qué engañarnos. Bajo ese prisma espacial nos percatamos rápidamente de un malentendido: la fiesta no es la noche, sino un disparo de luz en medio de ésta. Por eso los grandes fiesteros, y los mejores afterhours, no hacen otra cosa que simular, de sol a sol, el día infinito.

De ese fogonazo surge La fiesta vigilada. Una pieza promiscua que hace equilibrios entre la novela, el ensayo, las memorias, la crónica de un periplo interior que se ejerce como contrapunto del viaje turístico. No es éste el único libro cubano que entra a La Habana por Graham Greene y sale de allí por Berlín. (De hecho, es casi natural este viaje para un autor que ha nacido en la Cuba de 1964 y vivido los distintos avatares de la revolución, la diversidad de periodos que cifran su continuidad). Pero a diferencia de otros escritores cubanos con una vida similar, Antonio José Ponte no se instala con comodidad en el poscomunismo. La de Ponte es siempre, si no la fiesta del capitalismo, sí la del dinero y el trapicheo de unas pintorescas relaciones mercantiles, la fiesta del dólar y del turismo, el remake infinito de Nuestro hombre en La Habana. No compone tampoco su libro un catálogo de aquellas fiebres cubanas de sábado noche, cuando los prospectos del hombre nuevo bailaban, a golpe de ponche, la “música del enemigo” hasta el minuto exacto en que Roberto Carlos invadía sin clemencia las primeras madrugadas de su adolescencia. Ni hay que buscar en él, como ocurre en un Severo Sarduy, la bacanal del sexo sino el toque de su insinuación. No importa tanto lo lisérgico como litúrgico. Más que la apoteosis de los cuerpos -aunque cuerpos y licras no faltan- se privilegia aquí la intriga de las máscaras (no olvidemos que en La fiesta vigilada se solapa una insólita historia de espionaje kitsch).
La fiesta vigilada condensa

las obras anteriores del escritor: Las comidas profundas, El libro perdido de los origenistas, Un asiento en las ruinas, Cuentos de todas partes del imperio, Contrabando de sombras. Y podemos llamarle autor o Jueves, simplemente narrador o nuestro hombre en La Habana; Antonio José Ponte también puede nombrársele. Una multiplicidad tan austera como su prosa, que no alcanza la abundancia de personalidades de Julián Herbert, en Cocaína. (Manual del usuario), o Carlos Labbé (Navidad y Matanza), por sólo mencionar dos potentes narradores latinoamericanos editados recientemente.

A contrapelo de su incisiva mirada sobre los otros, Ponte es muchas veces pudibundo con respecto a sí mismo. Aplica sin piedad el bisturí a las vísceras de los demás, pero se guarda de aplicarse un poco de anestesia que mantenga incólume el modo en que vigila, desde su propio dolor, la fiesta de los otros. Acaso porque sus lastres consiguen derrotar a sus afinidades: Sartre hunde a Greene, el museo de la represión arrastra al museo de arte, el Berlín de la Stasi no deja vibrar el Berlín libertario del poscomunismo, un detalle que lo coloca en la línea de artistas alemanes como el cineasta Florian Henckel von Donnesmarck, los fotógrafos Daniel & Geo Fuchs o el mismo Hans Haacke.

Hipnotizados por el “alumbrón” en medio de la oscuridad, los personajes de este libro parecen captados por una polaroid. Por eso, después del flash inicial, las imágenes terminan por confundirse hasta desaparecer. Algo nos dice que también Antonio José Ponte está llamado a atravesar la cortina de luz -más allá de la fiesta- para que su obra futura esté a la altura de las altas expectativas que, con justicia, ha despertado su escritura hasta hoy.

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