Una experiencia trans-iberiana

Iván de la Nuez

 

TODO 320

Ejemplar para excursiones del Museo del coche antiguo

 

Por desviaciones estrictamente profesionales, mis primeras experiencias extremeñas comenzaron por el mundo del arte (algo que corregí tan pronto como pude). No fueron, ni por asomo, aventuras originales, sino más bien obvias. Primero fue la invitación del Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC), en Badajoz. Después, con un día de separación, tuvo lugar mi visita al Museo Vostell, donde me estrené en su conocida colección del Grupo Fluxus. Ambos certificaron mi ingreso en Extremadura y, todavía hoy, no he dejado de visitarlos en cada viaje. En parte, porque aquella gentileza de entonces certificó de algún modo mi entrada en España a una escala desconocida (a mediados de los noventa llevaba pocos años viviendo en Barcelona, ocupado en la supervivencia, y ofrecer una conferencia junto a otros colegas a los que sólo conocía por sus trabajos me daba cierta carta de naturaleza como crítico aceptado en este país). Y en parte, por la contradictoria sensación que me deparan, siempre, esos museos. No hablo sólo de sus colecciones o sus proyectos temporales. Hay algo sobrecogedor en ellos que los llena de misterio.
El MEIAC es una antigua cárcel en cuya arquitectura parecen latir, todavía, lo ecos de la represión. Su emplazamiento evoca las fotografías de Bleda y Rosa sobre edificios de otros tiempos –cuarteles militares, por ejemplo- y su diversa persistencia en el presente. O el proyecto donde Ana Teresa Ortega documenta cómo los antiguos espacios de represión de la guerra civil han acabado convertidos en sitios de ocio, museos de arte, o simples descampados. Ahí están los casos extremos, y extremeños, del hospital San Marcos de León, hoy un hotel, o del campo de concentración de Castuera, o del mismo MEIAC… Las revisiones fotográficas de Gervasio Sánchez, en lo que queda del Frente de Aragón, también me vienen a la mente cuando atravieso esta tierra.

 

315788_2[1]

Restos del campo de concentración de Castuera. Fotografía de Ana Teresa Ortega

 

En los alrededores del museo Vostell, de tanta quietud, uno termina por inquietarse. En primer lugar, por su situación en el paisaje; por el hecho paradójico de que una colección de Fluxus esté ubicada en ese paraje estático, junto a un lago. Es sabido que, en un lago, las cosas no fluyen. Todo movimiento parece quedar allí enclaustrado como un bucle infinito, en un rito circular y claustrofóbico. Tal vez por eso los coches –esos tótems modernos del desplazamiento- sean maltratados en alguna serie de vídeos; en el interior del museo. En esa pieza donde varias mujeres desnudas de los setenta, dejan el sabor melancólico de un mundo más táctil, aunque muerto o ya envejecido. Una desnudez de otro tiempo desde el que asoma un erotismo vintage.

 

 

El museo Vostell reflejado en el agua

Museo Vostell. Fotografía de Gustavo Pérez Mayord

 

Si el MEIAC resulta inquietante por su hálito fascista, por esa cárcel que no acaba de abandonar del todo su estructura, por lo que pudo acontecer allí en el pasado; el Museo Vostell nos provoca una zozobra por lo que no ha explotado todavía, algo siniestro por venir. En uno, inquieta su historia. En el otro, su atmósfera.

Siendo cubano, no se me han escapado algunas conexiones “extremeñas” con mi país de origen. Como la presencia de los artistas José Bedia, Armando Mariño o Tania Bruguera en la colección del MEIAC. O la acogida rocambolesca a una estrella de baloncesto –Geofrei Silvestre su nombre- que estuvo a punto de estrenarse con la camiseta del Plasencia Extremadura después de escapar de una concentración de la selección cubana. O la actualizada presencia de Antonio Machín en el proyecto del Monty Jazz Ensemble, con su disco llamado, cómo no, Sabores de Machín, un tributo al intérprete de «Dos gardenias», que vivió en España durante más de tres décadas. No hace falta remarcar que, antes de lanzarse a la conquista de México, Hernán Cortés, ese extremeño que quemaba naves, participó con Velázquez en la conquista de Cuba y se estableció, incluso, en la primera villa fundada en la isla.

 

32-badajoz-museo-meiac_500x250[1]

Museo Extremeño Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC) 

 

Así pues, metrópoli y colonia, república española y república cubana, franquismo y revolución, régimen comunista o democracia, flotaron por momentos en las veladas con mis anfitriones. Aunque, más que todos esos conceptos, tantas veces vacíos, a mí me parecen más apropiados los esgrimidos por el grupo Extremoduro para definir estas visitas: “Introducción al caos”, “Lo de fuera”, “Lo de dentro” o “La realidad”, criterios estos que pusieron en alerta mi perspectiva de turista feliz, y que fui escuchando en un viaje por carretera de Hervás a Portugal.

De vuelta a Cáceres, llegó el turno de Sr. Chinarro, The New Raemon o La Bienquerida, sin olvidar la explosiva incursión de Bambino, a punto para el aperitivo. Una banda sonora que unas veces se integraba en el paisaje y otras veces lo violentaba. Y que amplificó una experiencia de ida y vuelta, expandida y múltiple, a la que me gustaría llamar “trans-iberiana”. Una aventura extremeña que en ningún caso sentí como extrema.

  

TODO 386 - copia

 

(*) Esta crónica fue escrita para la revista Imagen de Extremadura, que suele pedir a algunos visitantes que compartan en ella los recuerdos de sus visitas, en un apartado llamado «Firma invitada». 

Share

5 comments ↓

#1 Una experiencia trans-iberiana | Emilio Ichikawa on 12.31.09 at 8:14 am

[…] Por desviaciones estrictamente profesionales, mis primeras experiencias extremeñas comenzaron por el mundo del arte (algo que corregí tan pronto como pude). No fueron, ni por asomo, aventuras originales, sino más bien obvias. Primero fue la invitación del Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC), en Badajoz. Después, con un día de separación, tuvo lugar mi visita al Museo Vostell, donde me estrené en su conocida colección del Grupo Fluxus. Ambos certificaron mi ingreso en Extremadura y, todavía hoy, no he dejado de visitarlos en cada viaje. En parte, porque aquella gentileza de entonces certificó de algún modo mi entrada en España a una escala desconocida (a mediados de los noventa llevaba pocos años viviendo en Barcelona, ocupado en la supervivencia, y ofrecer una conferencia junto a otros colegas a los que sólo conocía por sus trabajos me daba cierta carta de naturaleza como crítico aceptado en este país). Y en parte, por la contradictoria sensación que me deparan, siempre, esos museos. No hablo sólo de sus colecciones o sus proyectos temporales. Hay algo sobrecogedor en ellos que los llena de misterio. (Más…) […]

#2 Heriberto Hernandez on 12.31.09 at 10:44 pm

Te deseo lo mejor, amigo, desde esta orilla.

¡Feliz año 2010!

#3 JR on 01.01.10 at 2:53 am

Feliz Año, Iván! Andas por el centro a finales de años. Todo te cae en la zona de strike. Lo mejor para tí y familia.

#4 Iván on 01.01.10 at 10:43 am

Gracias, Heriberto y JR. Cosas buenas para 2010.

#5 Barbarito on 01.01.10 at 11:15 am

Feliz año nuevo a Iván de la Nuez y a toda la buena gente que ama a Cuba de verdad.

Leave a Comment