Un ensayista del que no tenemos nada que aprender

Iván de la Nuez

 

 

 

Uno va escribiendo sus ensayos hasta que, un buen día, lee a Eliot Weinberger. La primera sacudida induce, directamente, a la jubilación. Pasado el impacto, se impone la autoindulgencia…

Uno persiste.

Weinberger (Nueva York, 1949) tiene por norte a Plotino: “la memoria es para los que han olvidado”. De ahí que sus ensayos no se refieran a cualquier memoria, sino a aquella que no necesita siquiera ser recordada -está tan impregnada en nuestra experiencia como lo estaba el aroma en el karma de la antigua India.

Weinberger, traductor de Octavio Paz y Jorge Luis Borges, de Vicente Huidobro y Bei Dao, es capaz de escribir un ensayo donde no encontramos una sola opinión. O certificar que un texto suyo de cuatro páginas ha sido escrito entre 1499 y 1991. También puede desmantelar al Chomsky que no dudaba en calificar las masacres de los jemeres rojos como una invención del New York Times. Y es capaz de preguntarse “¿qué es una estrella?” y concebir una cascada con decenas de respuestas diferentes.

Sus ensayos son manifiestos sobre el valor del ensayo. Poemas que operan como alegatos sobre la poesía. Son memoria de la civilización y, a la vez, huellas de lo que será recordado en los próximos siglos, cuando la nuestra no sea más que una cultura remota.

En la escritura de Weinberger hay algo telúrico. Así Rastros kármicos, que empieza con un ensayo llamado “Río” y termina con otro que se titula “Cataratas”. Una obra fluvial, inscrita “naturalmente” en el curso que va de la corriente a la explosión, de la India a Islandia, de China a Kampuchea, de los hombres a los animales, de Nazca al Myflower.

Sus textos tienen algo que ver con lo que Lezama Lima denominó “la razón poética”. A veces, como sucede en sus aproximaciones a la música del desierto, me ha venido a la memoria una zona del mundo de Huxley.

En Algo elemental, Weinberger da otra vuelta de tuerca. Desde el prólogo -que nos adentra en una historia azteca- hasta una leyenda de lagartos capaces de engendrar humanos, los siglos apenas alcanzan la magnitud de un instante.

Hay un momento en que un perro le quita un sándwich a una niña frente a una tienda de bagels y, acto seguido, nos encontramos ante el dilema de Perpetua, en el Cartago del año 203.

Weinberger no puede ser explicado ni interpretado; es improcedente su escolarización. Es uno de esos pocos autores que únicamente pueden ser leídos.

Una vez, tuvo la ocurrencia de definir a Islandia como «la sociedad más perfecta del mundo, de la cual ninguna otra tiene nada que aprender».

Lo mismo puede decirse de su escritura.

 

(*) Tanto Algo elemental como Rastros kármicos han sido traducidos por Aurelio Major.

Share

1 comment so far ↓

#1 Gerardo M. on 08.30.10 at 4:04 pm

Es un ensayista fabuloso, hay un ensayo titulado Blanqui copied by Walter Benjamin, que es una joya. En realidad, encaja muy bien con una suerte de literatura «post-natural» que en estos momentos estoy pensando.
Un gusto tenerte de vuelta Ivan,

G

Leave a Comment