DOROPAEDIA

Iván de la Nuez

  

 

Producciones Doradas ha alcanzado la octava edición de su Doropaedia. Un proyecto que esquiva la dimensión de la Enciclopedia, tal como la hemos entendido tradicionalmente, y al mismo tiempo se desmarca del libre albedrío que gobierna, por ejemplo, la Wikipedia. En este sentido, la Doropaedia es totalmente intencionada: tanto en sus temas como en los actores que los generan y los formatos que los activan. Cada capítulo es un micro-mundo, un círculo –la enciclopedia no deja de ser, etimológicamente hablando, un círculo de saber- que une la música, el ensayo escrito, y las artes visuales.

En un formato de mini-cd, Doropaedia no sólo aspira a divulgar el conocimiento. También alienta su renovación; los criterios que lo arman y las formas de comunicarlo. Apela a la contemplación y a la lectura; pero también a la participación. Más que un modo concreto de recepción –que lo es-, la Doropaedia puede ser entendida como una forma de experiencia.

Este último número, último hasta el momento, lleva por título Procomún. El ensayo, del Laboratorio del Procomún/Grupo de Trabajo, asume la forma de un manifiesto –“Estética y política del procomún”- y es un texto colectivo surgido de Medialab Prado. Los dibujos son de Miguel Brieva y el vídeo –“La escucha”-, del colectivo Zemos 98. La música, compuesta alrededor de este asunto, se nos entrega en cuatro cortes: Antonna, Los claveles, Prisma en llamas, y Wild Honey. La edición ha contado con el soporte público del CA2M.

Si nos vamos a su primer número, el de su nacimiento, descubrimos que su título fue, precisamente, Maternidad. El ensayo, allí, lo escribió Marco Antonio Gunguerra –“El coste de tener un hijo”-, el trabajo multimedia fue de Alex Reynolds & Elena Barreras, y las imágenes fotográficas de Blanca Navas. La música corrió por cuenta de Anticonceptivas, Sibyl Vane, Tu Madre, Viva Maestro y Silvia Coral y Los arrecifes.

 

Entre estas dos entregas, la Doropaedia ha desplegado títulos como Revolución, Cacolalia, Despotismo ilustrado, Gastronomía, Extrarradio y Radio (en este caso un homenaje a los 30 años de Radio 3).

Músicos que han aparecido en la escena de estos últimos años -Cohete, Los Punsetes, Manny Rodríguez, Tarántula, Joe Crepúsculo, Los Carradine, La Bienquerida, Nabo UNDemocraty, Thelematicos, Grande Marlaska, Extraperlo, Descabello, Alarido, Manos de topo, Bon Company- se han conectado con el mundo de la imagen y el arte -Zumo Natural, YP, Querido Antonio, Venga monjas, Basurama-, y a su vez con los textos de Gunguerra, Diego Manrique, Madrid Lab, Santiago Alba Rico, Carolina del Olmo, Jápeto Kiviuk, Antonio Castilla Cerezo o Cultura de Base. Entre todos, han tramado, desde ángulos distintos, las definiciones de la Doropaedia. 

Como apunta Philipp Blom nada mas empezar Encyclopédie, la importancia de una empresa de esta naturaleza no radica en que sea “la mayor”, “ni la primera”, “ni la más popular”, ni siquiera la “que tiene más autoridad”. Basta con que consiga crear constelaciones, mezcle con efectividad sus dosis diversas de conocimiento, “testarudez” e “ideas revolucionarias”, y consiga apuntar a un horizonte distinto al que su época le predestina.     

Todo esto estaba en la cabeza de Daniel Granados, uno de los fundadores de la Doropaedia, al inicio del proyecto. Granados es él mismo músico, productor y promotor cultural (integrante además del grupo Tarántula); alguien que piensa la cultura y los modos de intervenir desde ella (que no exclusivamente en ella). Así que resulta prácticamente “natural” esta mezcla de soportes y su respectiva importancia en el proyecto.

En la Doropaedia los músicos no hacen “banda sonora” ni los artistas “ilustran”: todos producen conocimiento y definen las entradas que la conforman.

Los capítulos de Doropaedia están formados por esas constelaciones y apuntan a un sistema cultural que no deja de crecer ni de experimentar otras maneras de entender la creatividad colectiva y la individual, la proyección pública y la privada. En su dimensión, diminuta y portátil, la Doropaedia dibuja el mapa de una escena que no se conforma con el escenario, un conocimiento que no se encapsula en la universidad, un programa cultural que no se limita a lo institucional (aunque no deje de poner un pie en todos estos ámbitos). Ejerce la crítica sin demagogia y, por eso mismo, deja abierta una ventana para que podamos escoger y desmenuzar, intervenir y descartar.

Al final, y como toda enciclopedia que se precie, su batalla se encamina, fundamentalmente, a recuperar y devolvernos la semántica perdida de las palabras.

 

 

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