De Fukuyama a Fukushima

Iván de la Nuez

“Cuando me asalta el miedo invento una imagen”. La frase es de Goethe, y alumbra un capítulo de Ciudad pánico, libro que Paul Virilio dedica a la relación entre el terrorismo y la urbe. Podría decirse que Ciudad pánico es una obra complementaria a Lo que llega, exposición que este pensador dedicara al accidente en sus distintas variantes. Para Virilio, el atentado es un acto que imita los efectos del desastre natural. Diferentes en sus orígenes, ambos tienen en común ese resultado devastador, esa consternación ante el impacto, esa irrupción sorpresiva en la vida cotidiana. Atentado y catástrofe natural han dado lugar a una cultura del desastre que en Japón va de Godzilla hasta Akira, del cine de terror al manga, y que en Occidente reflejan artistas como Cristoph Draeger o Thomas Hirschhorn.

Ahora bien, al contrario que los teóricos de la conspiración, Virilio distingue entre un accidente y una acción intencionada. Entre los efectos de la naturaleza y los de la política. Por supuesto que las catástrofes tienen consecuencias políticas. Y claro que, por lo general —salvo excepciones como las del ex-canciller alemán Gerard Schröder, un político con suerte—, estas suelen ser fatales para los gobernantes. No podemos olvidar que la caída de un régimen tan cerrado como el comunista no puede explicarse al margen de Chernóbil, que dio paso a la perestroika, al derribo del Muro de Berlín y, a fin de cuentas, al fin de la historia. Desde esta teoría, Francis Fukuyama auguró, a principios de los noventa, un porvenir liberal; aburrido pero feliz. El Apocalipsis dulce de un Occidente triunfante que expandiría, All Over The World, su utopía sin revolución, el “mundo feliz” de un Huxley sin lisergia.

Fukuyama, de origen japonés y nacido en Chicago en 1952, es de algún modo hijo de la hecatombe nuclear de Hiroshima y Nagasaki. Como su obra es, de otro modo, hija de la catástrofe de Chernóbil. Dos desastres hacia el infinito de los que resulta imposible calibrar la duración de sus estragos.

De Fukuyama a Fukushima —la hecatombe de hoy—, hay un trayecto que confirma el fin de la historia como un imposible, al mismo tiempo que dibuja el fin del mundo como una posibilidad.

(*) Publicado en Diario de Cuba, en la columna “La semana en una imagen”

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