Cuando Osama encontró a McLuhan

Iván de la Nuez

 

Osama Bin Laden disfrutó, en su día, de una vida occidental. Su familia tuvo intereses en Hollywood y en el mercado inmobiliario de Estados Unidos (país al que más tarde declaró la Guerra Santa). Sus parientes estudiaron en universidades elitistas y laicas; él mismo sirvió a la CIA (organización occidental donde las haya). Su padre llegó a patrocinar a la escudería Williams, de Fórmula Uno, en la que han corrido mitos de este deporte como Alan Jones, Keke Rosberg, Nelson Piquet o Alain Prost. (El joven Osama llegó a «probar» el prototipo que dio el primer campeonato del mundo a la firma en 1979).

Bin Laden no era un hacinado de la Banlieu; ni el típico inmigrante de segunda generación que pega el salto hacia atrás en la integración (síntoma clásico en las comunidades inmigrantes de Europa). Ni siquiera es comparable a Unabomber, el terrorista occidental cuya biografía nos lleva a sospechar que, en una situación económica más ventajosa, habría canalizado su violencia practicando el Full Contact o afiliándose a algún Club de la Lucha.

Tampoco es un personaje de las Mil y una noches ni clamó por la destrucción de Occidente desde una alfombra voladora y armado con una cimitarra. Al contrario. Su cruzada no se entiende sin la utilización de muchos mecanismos que se suponen occidentales: el Mercado (la Bolsa y el petróleo); los avances tecnológicos (telefonía, aviación, internet, universidades elitistas); o el estilo manipulador de los medios de comunicación.

El terrorista más buscado de todos los tiempos era, hasta esta semana, un retrato robot de las disparidades de una era global en cuyo origen participó. (En aquel Afganistán donde también empezó el derrumbe del Imperio Soviético). Una prueba de las pocas fronteras que tiene el dinero y los muchos muros que alzan las mentalidades. Cuando se estudie esta zona de su vida, tal vez encontremos más claves para entender a este millonario sobre el que ¿pesan? miles de muertos, la mayoría musulmanes.

Decía Marshall McLuhan aquello de que «el medio es el mensaje». Desde el principio, el terrorismo no ha sido otra cosa que la sublimación absoluta de los medios (y de los media). Osama Bin Laden murió dentro de esa lógica que llevó hasta el paroxismo y con la que llegó a contaminar, incluso modificar, los usos políticos de un mundo que se propuso destruir y, afortunadamente, le ha sobrevivido.

 

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3 comments ↓

#1 RCA Víctor on 05.07.11 at 9:37 am

¿Puede decirme por qué pone usted que el mundo «afortunadamente» le ha sobrevivido?

#2 IváN on 05.07.11 at 12:37 pm

Se me ocurren, RCA, varios argumentos, pero uno bastante primario es que me siento parte de ese mundo superviviente.

#3 Tenchy Tolón on 05.09.11 at 9:47 am

La obviedad es un terreno cada vez más escurridizo 😉 Iván, otro excelente Post !

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