Lo que el arte (no) nombra

Iván de la Nuez

En su blog Todo lo veo negro, Valentín Roma ha publicado un recomendable post sobre la actual incapacidad del arte para producir epifanía –su manifiesta (¿o era Manifesta?) ineptitud para nombrar las cosas “como acontecimiento y como aparición, como desenlace y como convocatoria”.

Los vocabularios sagrados –observa Roma- han llegado a diluirse en la política, la burocracia o la economía, mundos estos en los que se reciclan castrados a conciencia –lejos de cualquier magnitud fundadora.

El arte no ha sido, ni mucho menos, ajeno a esta contaminación. Tal como está, “atraído por la imprecisión y por la ambigüedad”, al final ha quedado atrapado en un lenguaje al que le está negado nombrar lo innombrable.

-¿Se trata de un cambio de prioridades o de mera cobardía? ¿Mudó su substancia el arte o, simplemente, se naturalizó respecto a otras formas de conocimiento?.

Así se pregunta el autor.

-Es el peligro sin el peligro.

Y así parece responderle José Lezama Lima, con una de las maneras que utilizó para definir a las epifanías que no alcanzaban a serlo del todo.

Queda a la vista que el problema del arte ya no se encuentra, únicamente, en el hecho de no poder dotar a las cosas con un nombre que invoque una aparición en el horizonte. Su problema -aunque no el único- radica también en el desplazamiento instrumental de su vocabulario.

Así el proceso y el proyecto. Las estrategias y los modelos… En esta cuerda, lo que se nombra pertenece más al territorio de la exposición que al de la creación. Más que en el lenguaje del arte, parece concentrarse en su display.

Es por eso que me llama la atención lo que hacen los escritores de la, así llamada, «literatura expandida» una vez que arriban a los mundos de la cultura visual. Porque lo cierto es que, si bien los debates en el campo de partida (la literatura) han sido abundantes, en lo que respecta al campo de llegada, en particular las artes visuales, el recibimiento ha sido evidentemente frío. Aquí han pasado más bien ignorados, acaso por su escasa capacidad para modificar ese ámbito. (A este asunto dedicaremos, en breve, un texto más largo).

Y es que, bien mirado, no es tanto otro performer, u otro videoartista, lo que más necesita hoy el arte. Lo que necesita, y con premura, es algo con lo que estos escritores “expandidos” podrían, quizá, iluminarlo: la palabra. Sobre todo si viene acompañada con la virtud perdida de nombrar las cosas.

(*) La pieza Untitled (Petit Palais), 1992, es de Félix González Torres

 

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2 comments ↓

#1 Valentín Roma on 06.13.11 at 6:59 pm

Gracias por tu comentario. Me gustó mucho que recordaras a Lezama Lima. Como bien sabes otro de los grandes escritores de la epifanía fue Severo Sarduy, especialmente en su libro El cristo de la Rue Jacob.
Un día me contaste que Sarduy expresó en cierta ocasión, tras ser invitado a definirse, que él era una nota a pie de página de Lezama.
¡Qué escritor Severo!

#2 IváN on 06.13.11 at 7:51 pm

Así fue. Severo dijo eso en el programa «A fondo», de Joaquín Soler Serrano.

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