Museos en la cabeza

Iván de la Nuez

wurm-house attack 2006

1. De día, los museos acostumbran a ser lugares apacibles y cultos; altares para el recogimiento en los que hablamos poco y tocamos menos. O nada. Por la noche, en cambio, esos mismos espacios se pueblan de fantasmas y momias que cobran vida. Por fuera, hay mendigos que acechan. Por dentro, se cometen crímenes atroces y robos perfectos, se revelan verdades milenarias y hay propensiones orgiásticas… El Metropolitan de Nueva York, por ejemplo, ha alojado al último ser vivo sobre la tierra, según David Markson en La amante de Wittgenstein. También ha dado cuartel al pasado siniestro que acosa a Aloysius X. L. Pendergast, inquietante investigador del FBI -mitad hombre de las tinieblas, mitad David Bowie- concebido por Preston & Child…

2. Todo eso, y más, sucede en novelas de culto y en best sellers, películas clásicas y de serie B, teleseries y cómics. Los hermanos Marx han pasado una noche en la Ópera, mientras que la estancia de Mr. Bean en el museo ha durado un poco más. Sabemos del museo secreto de Barcelona, recorrido palmo a palmo por Ignacio Vidal-Folch (e imposible de construir). Y tenemos noticia del museo de la inocencia de Orhan Pamuk (en fase de construcción). Hay quien impulsa la idea de convertir Guantánamo en un museo (de momento improbable) y ya está en marcha la Isla de los Museos en Abu Dabi (de momento viable). El museo de la revolución es el título de una novela de Martín Kohan, en la que se dibuja el itinerario práctico y teórico de la generación argentina que se enfrascó en la lucha armada durante los años setenta. Es fácil recordar The Museum As Muse, realizada en el (algo lejano) 1999. Desde ella, era perceptible el “reflejo” del museo en unos artistas para los que este dejaba de ser la “casa de la musa” para convertirse en una obsesión: Thomas Struth y Cartier-Bresson, David Seymour y Marcel Duchamp, Christian Boltanski y Christo…

3. Así como hay artistas y obras imaginados (de unos y otras ha dado alguna cuenta este blog), desde Erasmo de Rotterdan inventarse un museo ha sido una fantasía moderna. Si nos ponemos serios, es inevitable aludir a Aby Warburg, André Malraux o Didi-Huberman. De vuelta a la ligereza, no está de más echar una mirada a teleseries como Bones, best sellers como El Código Da Vinci, animados como Los Simpson y Family Guy, o inclasificables como ese castizo Museo Coconut.

4. Unas veces, la invención está en la trama que tiene lugar en museos “reales”. Otras, el museo resulta ser, él mismo, la invención. De hecho, cuando alguien me habla de “museo de autor”, siempre pienso, primero que todo, en este tipo de “autoría” y no en el director-estrella que tiende a arrogársela. Mi reacción se debe, en parte, a una creciente consideración del arte como género literario. Y en parte a una desavenencia con eso que llaman “programación de autor”. Y es que -salvadas las preceptivas distancias y asumidas las muy notables excepciones- la mayoría de los que se consideran a sí mismos dentro de esta categoría no programan por el hecho de haber sido “autores” previamente, sino que han devenido “autores” por el hecho de haber programado antes. Algún día, tal vez valga la pena que dialoguemos sobre esa autoría, que tiende a fundirse con la autoridad. De momento, evoquemos esta otra que proviene de la imaginación. Y de esos personales e intransferibles museos que cada uno –un premio Nobel o el más simple mortal- lleva en la cabeza.

(*) El blog se toma respiro de un par de semanas (o tres). Más que por vacaciones, por trabajo. Y más que por mi ocio, por el vuestro. Para aquellos que las tengan, les deseo unas buenas vacaciones. Para los que no… ¡paciencia!

 

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1 comment so far ↓

#1 Pau Llanes on 07.27.11 at 8:27 pm

Llegué a tu blog siguiendo el rastro de David Markson, de quienes lo citan y/o comentan… Ha sido una gran sorpresa encontrarte y leerte de paso… Ahora que ya sé el camino vendré a menudo a tu casa a leer tus cosas. Te echo en falta desde Fantasía roja…

Creo que este misterio del encuentro literario requiere una ceremonia de palabras por mi parte. Hilvánalas como quieras a las tuyas y tus reflexiones prevacacionales… Sobre la autoría curatorial, por ejemplo…

Roland Barthes plantea la necesidad de que la crítica, el trabajo curatorial, sean poéticos para poder dialogar y responder la lógica simbólica de lo literario-artístico. Harold Bloom descree sin embargo que sea posible una interpretación crítica, aun poética, una especie de poesía en prosa… Mi decisión al respecto hace años fue intervenir en mis proyectos curatoriales singulares como si de un pas de deux se tratara, implicándome no sólo en su producción y caracterización formal definitiva, sino también “artísticamente”, con mi propia creatividad, escribiendo literariamente, por ejemplo. Escritura poética, por supuesto: una escritura imaginativa, evocadora, donde fundir contenidos y formas, acentos personales, todo tipo de figuras retóricas, con los pensamientos de mis autores preferidos y los míos propios, recurrentes; en todo caso una escritura tanto conceptual como poética de algún modo “musical”, cuyo punto de partida son las resonancias y evocaciones que reconozco en las obras de “mis” artistas. En suma, mi intención ha sido construir un todo estético compartido hasta en sus más mínimos detalles, interpretado “al unísono”. Aborrezco las tareas excluyentes y los compartimentos estancos a la hora de abordar un proyecto artístico. Estoy absolutamente en contra de cualquier apartheid artístico…

En esto de escribir y “hacer” sobre arte no entiendo otra lógica ni otras estrategias de creación que no sean las poéticas. Es decir, reinventar e incrementar el mundo de lo real metafóricamente, semejante a la operación de “redescribir” la realidad que realiza el artista en sus pinturas. Una redescripción que aúna tanto lo referencial ––en cuanto hace referencia a un mundo visible o al menos verosímil–– como sobre todo lo imaginativo-creativo, para lo que el artista debe poner en acción su facultad más sustancial, acaso la más decisiva, su imaginación: esa capacidad sutil de crear imágenes desde no sé qué inteligencia nada común, tengan mayor o menor contenido referencial, que siempre lo tiene, pero transfiguradas según su sensibilidad y estética particulares…

Planteo mis textos artísticos pues como la relectura poética de un poema visual. Así lo entiende también Harold Bloom, para quien “todo poema es lectura de otro poema” y toda creación sería “el fruto de un entramado de hallazgos que irriga y fertiliza su aparición”. En toda obra de arte vibraría con fuerza el eco de otra anterior que es leída a su través lo que le caracteriza como una urdimbre tejida de múltiples e indeterminadas influencias: unas conscientes y evidentes, reconocibles incluso a simple vista; otras secretas e invisibles, tan inconscientes como inconfesables. En todo caso “afinidades electivas”, ni más ni menos…

Saludos “desde el otro lado”…

Pau Llanes

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