El que se mueva no sale en el cuadro

Iván de la Nuez

«El que se mueva no sale en la foto». Esta es una frase conocida de un líder del PSOE; el todavía incombustible Alfonso Guerra. Fue apenas un susurro, que dejó caer en medio de una instantánea colectiva del primer gobierno socialista de la democracia. Esa invocación a «no moverse» imponía la fijeza como un requisito para mantenerse en el poder. No era tiempo para disidencias o «críticas internas», así que era preferible estarse quieto para permanecer; para estar en la pomada de las decisiones, quién sabe si también de la posteridad…

Y de cotos más mundanos, como altos cargos o ministerios.

Quizá esa frase no fue más que una broma a la que se ha dotado de un halo trascendente. El caso es que la recuerdo ahora, a la luz de un ejercicio curioso que ha tenido lugar en la cámara española, que esta semana ha celebrado el 33 aniversario de la Constitución (ratificada por referéndum popular el 6 de diciembre de 1978).

Resulta que, en medio de la era digital y en pleno apogeo de la fotografía, el Senado ha inaugurado, por fin, un encargo realizado en 2007 al artista Hernán Cortés Moreno para que pintara la «foto fija» de 34 personajes relevantes de la democracia española.

Cortés Moreno es gaditano, de 1953, y cultiva una pintura realista de reminiscencias clásicas con un propósito (o por lo menos un resultado) anacrónico. Capta personajes de este tiempo que parecen, eso sí, pintados en «otra época». Ahí están, entre otros, sus retratos del filósofo Fernando Savater o del Rey Juan Carlos —la lista es larga.

La pieza de marras consiste en un políptico en el que aparecen desde Calvo Sotelo hasta Rodríguez Zapatero, pasando por Felipe González o José María Aznar. Y ante ella, queda claro que la frase de Guerra no tiene posibilidad de repetirse. Ahora, si acaso, alguno de estos honorables representantes se podrá permitir mascullar algo así como «el que se mueva no sale en el lienzo».

La transición y la propia democracia española descansaron, a nivel visual, sobre una eclosión de lo fotográfico (es incontestable la explosión del fotoperiodismo después de la dictadura). Gracias a la fotografía, la democracia se vio, y se vivió, como una humanización de la imagen política: los cafés entre contrincantes, esos cigarros cómplices entre Adolfo Suárez y Felipe González, las dos cervezas de estos días entre Rajoy y Zapatero…

Todo ello ha actuado como contrapunto a la visualidad hierática del franquismo. Y, por eso mismo, no deja de llamar la atención la insistencia en la solemnidad de este tipo de pintura.

De una transición «fotográfica» hemos pasado a un periodo post-transicional que persevera en mirarse desde la grandeur, con evocación a lo napoleónico y al canon sacro del arte incluidos. El gran cuadro de los elegidos forma parte de esta época abocada al maximalismo, que clama por la vuelta al orden y a un mundo de certezas sin lugar para las ambigüedades. Una época, en fin, más conservadora. (El hecho de que haya sido encomendado bajo un mandato socialista resulta todavía más revelador sobre el signo de este tiempo.)

Se ha dicho, y con cierta razón, que el comunismo inventó el photoshop. Ahí están los ejemplos de ilustres «borrados» —León Trotsky o Carlos Franqui— para confirmarlo; perdidos ambos en un ejercicio de revelado algo puntilloso.

Con un cuadro de evocaciones neogóticas, las cosas, en cambio, perecen distintas. Así que Sus Señorías, una vez que ha sido presentada la pintura en sociedad, ya pueden moverse todo lo que quieran (y hasta saltar la cuerda, desmelenarse, bailar la conga). Ya están en el lienzo, que supone lo clásico y, sobre todo, lo imborrable.

O casi…

Por si las moscas, no deberían olvidar que el arte español siempre ha estado a tiempo, cuando ha sido imprescindible, de vestir a la maja desnuda.

Share

0 comments ↓

There are no comments yet...Kick things off by filling out the form below.

Leave a Comment