Nuestro hombre en Pyongyang

Iván de la Nuez

A través de la historia, los dictadores se han regalado todo tipo de caprichos. Lo mismo nombrar heredera del poder a una amante que cónsul a un caballo. De la orgía a la mesa, los tiranos han incorporado, en sí mismos, un compendio casi siempre extravagante de los pecados capitales decretados por la Iglesia (aunque a muchos sátrapas no le ha faltado el aval de cardenales y obispos).

Más insólito, si cabe, es que un dictador tuviera, entre sus antojos, ejercer como crítico de cine. Este fue el caso de Kim Jong Il, quien dio rienda suelta a esta pasión con resultados muy curiosos. Tiro de recuerdo y me veo hace más de veinte años —la fecha baila en mi memoria— en la Biblioteca Nacional José Martí, en Cuba, visitando una exposición de libros coreanos (coreanos del Norte). Eran ediciones de lujo, dedicadas a alabar la idea Juche o a glosar las virtudes incomparables de Kim Il Sung, también conocido como el Gran Líder. Según aquellos libros, que los cubanos hojeaban entre el estupor y la carcajada, en este mundo hostil había un paraíso y su capital se encontraba en Pyongyang.

En algunos de aquellos volúmenes comenzaba a descollar la figura del recientemente fallecido Kim Jong Il, hijo del también llamado Presidente Eterno. Y lo hacía como experto en cine. Debo decir que el Amado Crítico no se conformaba con ofrecernos sus conocimientos sobre el Séptimo Arte. Además de su función hermenéutica, acometía —como bonus track, digamos— un abanico de recomendaciones dedicadas a las distintas facetas del proceso cinematográfico. Para directores y guionistas, actores y editores. Para las niñas y las señoras. Su asesoría se desplazaba, con una convicción pasmosa, de la pose al encuadre, del libreto a la edición, de la cámara al protagonista. Kim Jong Il poseía la fórmula de un cine tan perfecto como el paraíso del cual nos daban noticia aquellos libros tan caros como absurdos.

Resulta, sin embargo, que el Amado Crítico era un hipócrita; un avezado consumidor de porno, películas de acción y de todo lo que El Enemigo, cinematográficamente hablando, dispusiera para que él (y sólo él) gozara sin remordimiento en medio del régimen más cerrado de la Guerra Fría.

Si el militarismo y la guerra representan la más evidente relación de Corea del Norte con Occidente, esas jornadas cinematográficas de Kim Jong Il constituyen —coñac aparte— una secreta vía de conexión entre ambos mundos. De manera que, en una futura historia sobre el deshielo de ese extremo régimen (si es que esto se produce alguna vez), Clint Eastwood o Rocco Siffredi ocuparán su lugar junto a la OTAN, la ONU, la UE y todas estas siglas encargadas de simular el regimiento del mundo.

Pero no han sido éstas las únicas conexiones. Si indagamos con algún cuidado, encontraremos una relación inversa, si bien muy esporádica, de Occidente hacia allí. En ese vínculo hay algo «cinematográfico». Y es que son varios los artistas occidentales que no han podido sustraerse a la inmersión en un país que se comporta como un decorado gigantesco —con hospitales y fábricas montadas para el visitante—, sus dirigentes como actores  —pasados de histrionismo, todo sea dicho—, y sus súbditos como figurantes.

Ahí están los casos de fotógrafos como Andreas Gursky o Charlie Crane. O el documental concebido por Vice TV, en la línea de reportajes extremos a los que nos tienen acostumbrados tanto su revista como la cadena televisiva.

Más allá de la curiosidad morbosa que despierta una sociedad uniforme y escondida del mundo cuya documentación se presenta como un reto en sí misma, esta aproximación occidental a Corea del Norte obedece a otras claves. Ese país funciona, in extremis, como un laboratorio de la Guerra Fría y la amenaza nuclear, la Reunificación y el militarismo, el Apocalipsis y la Utopía.

Es el «corte geológico», sin anestesia, de un pasado y presente que comparten, a su manera, alemanes y chinos, vietnamitas o cubanos.

Puede que algún día se filme, por allí, algo así como Nuestro hombre en Pyongyang. Acto seguido, los medios de Occidente (previa distribución de la película en nuestras cómodas salas adaptadas a 3D) darán por comenzada la transición norcoreana.

(*) La fotografía es de Andreas Gursky

 

Share

1 comment so far ↓

#1 lazaro gonzalez on 12.24.11 at 10:24 am

muchas felicidades por noche buena y navidades junto a los tuyos. salud y prosperidad.

Leave a Comment