Las listas. (Refrescando un post de principios de año)

Iván de la Nuez

Ya empieza a amainar, pero llevamos varias semanas bajo una tormenta de listas. Dirimiendo los mejores libros y/o los más vendidos. Las mejores exposiciones y/o las más visitadas. Los premios de la lotería y los atletas del año (ojo, que aún no se ha votado el Balón de Oro). Esto sin olvidar las cifras del desempleo o las proporciones de las rebajas.

Vivimos sometidos a los listados (y los alistamientos). Hasta el punto de que resulta prácticamente imposible esquivar el imperativo de “listar” cualquier cosa o actividad del año que termina.

Cuando Robinson Crusoe se percató de que su estancia en la isla iba para largo, hizo una lista. Esa lista del naufrago -número uno (cómo no) en cualquier inventario que se respete en la materia- no documentaba enseres o deberes, sino la desgracia o la congratulación: lo que consideraba lamentable, dada su circunstancia, y lo que tenía que agradecer, a pesar de esta, a la Providencia. Desde entonces, los animales domésticos podemos ufanarnos de llevar dentro un Robinson cada vez que salimos al supermercado o la ferretería con nuestra hoja de ruta en el bolsillo.

Desde el código de Hammurabi, somos dados a configurar estos registros; da lo mismo que nos anime una empresa trascendente o un asunto baladí. El béisbol y el rock, tan amados por tantos, no se entienden del todo sin las listas.

La batalla entre listas electorales y listas negras definen, en buena medida, la gradación (o degradación) de la democracia. A los que han pasado por el ejército, el internado o la cárcel no le abandonan las pesadillas que reproducen, con distintas angustias, la fatídica hora del “pase de lista”.

En su ensayo ¿Qué es un autor?, Michel Foucault llegó a reivindicar las cuentas de lavandería de Nietzsche como “obra”. Y en el cuadro El número secreto de Velázquez, Salvador Dalí recreó La Meninas sustituyendo a los personajes por números. (Por cierto el 7, que aparece tres veces, representa, al mismo tiempo, a José Nieto, a Velázquez y al propio vestidor del lienzo). Una vitrina con 6.000 pastillas consiguió, en su momento, encaramar a Damien Hirst en la lista de artistas vivos más cotizados.

Las listas ordenan, en cualquier sentido de este verbo. Esto es: nos organizan y, asimismo, nos exigen cumplimiento.

Hay listas realmente curiosas; que van desde las señales de tráfico más extravagantes hasta las adicciones más increíbles. (Quien haya visto la serie Monk, podrá convenir que este maniático detective es, todo él, un compendio de fobias). A día de hoy, Facebook puede cumplimentar aquella obsesión de Roberto Carlos por tener un millón de amigos.

Es posible que algún crítico espere con euforia estas fechas para darse el gustazo de dictaminar. No es el caso del filósofo José Luis Pardo, que estalló recientemente en un artículo de El País, diario en el que lleva casi un cuarto de siglo valorando ensayos: “no hay cosa más tonta que una lista”. A Pardo le incomoda desde la cifra que suele solicitarse –“¿por qué siempre son diez?”-, hasta el contrasentido de ver a un crítico dedicado a semejante alineación: “lo esencial de la crítica es el análisis, la argumentación, a veces la ironía, siempre el matiz y hasta el tono y el timbre, mientras que quien pide una lista está pidiendo que cese toda argumentación y se deponga toda sutileza”. El artículo, quizá valga la pena mencionarlo, lleva por título Contra las listas.

Y, claro, estas también son fechas para aplicamos a las listas de buenos propósitos de cara al futuro que nos marca enero. Ahí entran gimnasios y dietas, eliminación de vicios y deudas, catálogos varios para en el buen obrar. Pero la vida es corta y la propensión al extravío es inmensa. Así que todo eso suele quedar en el escuálido guión de nuestros futuros “testamentos traicionados”.

(*) En la imagen, El número secreto de Velázquez, de Salvador Dalí.

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1 comment so far ↓

#1 Pedro Vizcaino on 01.08.12 at 1:25 am

El cuadro que mas me gusta de Dali

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