El disidente poscomunista

Iván de la Nuez

Dos noticias procedentes de Europa del Este nos hablan de las contradicciones que enfrentan los países poscomunistas. Una, esperada, proviene de Rusia. La otra, más sorprendente, viene de Hungría. La primera está protagonizada por el hombre más poderoso del país: Vladimir Putin. El ex-teniente coronel del KGB, y ex-miembro del PCUS, acaba de recuperar la presidencia después de más de una década alternando ese puesto con el de primer ministro, siempre rigiendo, eso sí, los destinos del país. Lo más probable es que Putin tuviera más votos que sus oponentes (desde el comunista Ziugánov hasta ultranacionalista Zhirinovski). Lo más posible, asimismo, es que no haya alcanzado todos los votos que proclama. Y lo más seguro es que su nuevo mandato afianzará las dificultades que confronta la democracia rusa, debidas, en parte, a un poder que durante años Putin ha considerado “en propiedad”. La reacción violenta del Estado contra los manifestantes al día siguiente de las elecciones (desde comunistas hasta liberales pasando por una izquierda más joven sin conexión directa con la URSS), es un buen ejemplo de ello.

La segunda noticia, ya lo hemos dicho, proviene de Hungría, país que abrió sus fronteras en 1989, incluso antes de que los alemanes derribaran el Muro de Berlín. Esta vez no se trata de un hombre poderoso o un oligarca, sino de una víctima: el escritor Ákos Kertész, que ha pedido asilo en Canadá. El argumento de Kertész –sin relación familiar con el Premio Nóbel de literatura Imre Kertész- es que teme por su vida, sobre todo después de haber sido “insultado y atacado” en plena calle. ¿Los motivos? Este autor y columnista judío había publicado un artículo en el que criticaba sin contemplaciones a los propios húngaros –llegó a decir que eran “genéticamente serviles”- por su actitud ante el Holocausto. Es verdad que sus palabras fueron duras y de un esencialismo corrosivo. Es verdad, asimismo, que el hombre pidió disculpas. Pero ya no había nada que hacer. Por lo general, los países –y sus patriotas de oficio- aguantan mejor la crítica de los extraños que la de su propia gente. En cualquier caso, la actitud de este escritor no es nueva. Ahí tenemos el ejemplo de Thomas Bernhard, reprochando a sus paisanos austriacos por apoyar el fascismo. O el de Orhan Pamuk, que hizo otro tanto con sus compatriotas turcos por negarse a aceptar las matanzas de kurdos. Pero Bernhard no se vio obligado a huir de Viena, mientras que Pamuk se ha mantenido en Estambul, aunque a veces amenazado de muerte.

El caso de Kertész nos plantea un problema adicional. Hasta ahora, estábamos acostumbrados a que los disidentes europeos siempre procedían del Bloque Soviético y buscaban en Occidente un espacio democrático donde poder hacer o decir lo que les estaba vetado al otro lado del Telón de Acero. Los nombres, entre muchos otros, de Solshenitzin o Kundera, Tarkovski o Nureyev ilustran esa poblada lista de gente que huía del comunismo. Lo que singulariza el caso de Kertész es que Hungría abandonó ese comunismo hace veinte años, clasifica como una democracia, es un país regido por la economía de mercado y, para colmo, pertenece a la Unión Europea.

Cumpliendo una especie de viaje al revés, Kertész se nos presenta como un exiliado del poscomunismo.

Aún a sabiendas de que los húngaros tienen un gobierno ultraconservador, este caso nos propone interrogantes que sólo pueden llevarnos al desasosiego. ¿Es imaginable una Europa en la que, por opinar distinto, la gente se vea obligada a perder su condición de ciudadano? ¿Es posible que, pongamos por caso, en una Francia bajo el gobierno del Frente Nacional, salido de las urnas, alguien pueda estar sometido a persecución y termine por pedir asilo en otro lugar?

De llegar a esta circunstancia, estaríamos ante dos problemas de máxima gravedad. El primero, por el punto de partida (esa Europa que hasta ahora funcionaba como garante de la democracia para buena parte del mundo). El segundo, aún más grave, tiene que ver con el punto de llegada. Porque si las cosas llegan a estos extremos, ¿dónde se asilarán los europeos?

(*) En la imagen, instalación de Mona Vătămanu & Florin Tudor, All Power to the Imagination!, 2009. La fotografía es de Wolfgang Thaler.

 

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1 comment so far ↓

#1 atriff on 03.11.12 at 8:09 pm

todo castrismo tiene fantasmas… y vienen.

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