Teoría de la «absolutidad»

Iván de la Nuez

Los tres hechos sucedieron, prácticamente, de manera simultánea. Mientras la Universidad hebrea de Jerusalén hacía públicos los archivos de Einstein, un terrorista islamista –de la variante ahora llamada “lobo solitario”- asesinaba en Francia a siete personas, entre ellas varios judíos. A la vez, un adolescente negro era tiroteado en la Florida por la muy sospechosa conducta de ponerse una sudadera con capucha, caminar por un barrio donde el guardia de seguridad lo percibió como un “extraño” e ir “armado” con una barrita de chocolate, un teléfono celular y un refresco de lata.

Los asesinatos opacaron, como no podía ser de otra manera, la puesta en órbita del legado del famoso físico y premio Nóbel, que parecía astillarse ante la presencia absoluta de estos crímenes y los no menos absolutos ideales que los mueven. Y es que el fundamentalismo –bajo cualquiera de sus signos, incluidos los racistas- consiste en el asesinato de la relatividad. Con ese desprecio que coloca a la ortodoxia en la certeza y a lo ambiguo, lo que genera dudas, lo que está abierto a más de una interpretación, en el lugar de la sospecha o directamente la culpa.

Un relativismo que ha sido ridiculizado, dicho sea de paso, por los extremistas de todas las corrientes políticas. En nombre de Dios, de Alá, del Mercado, del Estado, de Jahvé, del Capitalismo, del Comunismo, el maximalismo es la forma principal de expresión que va adquiriendo una política degradada que comienza a fundirse con lo policial.

Cada vez que un absolutista se tropieza con lo que no comprende, o simplemente con aquello que detesta, la emprende contra el relativismo (cuidando siempre de situarse él mismo en el reino sagrado de lo indiscutible).

Algo tan curioso como contradictorio, puesto que vivimos en una época que no para de generar perplejidades. Una época en la que, para quedarnos tan sólo con estos días, vemos a la derecha subiendo impuestos o a un Papa -jefe de uno de los Estados más reaccionarios que existen- abrazado al único gobierno comunista de Occidente. Como dijera Max Aub en La Habana de 1960 (Enero en Cuba), «que baje Dios y lo explique».

Estas políticas se afianzan cuando la gente prefiere la seguridad a la duda; acusar a comprender. Todo eso puede explicar el triunfo generalizado del panfleto, género perfecto para confirmar expectativas y no para interrogarlas.

Tales conductas no responden a una ideología fija: se encuentran en el ultranacionalismo de, digamos, un Le Pen y en los religiosos ultraortodoxos, tanto como en los regímenes de izquierda obsesionados en reprimir las voces que les cuestionan. En todo los casos, queda manifiesta la misma alternativa: “Ellos o Nosotros”.

Ante hechos como estos, puede que nos reconforte un viaje por los archivos de Einstein. Por los Escritos científicos y los Escritos no científicos, los diarios de viaje o la correspondencia… O por el resto de su papelería –Einstein Paper Projects– apoyado por la Universidad de Princeton y por el California Institute of Technology.

Ahí nos toparemos con el Einstein que se preocupa por el conflicto árabe-judío y el que escribe a sus amantes. El Einstein que se ocupa de la desigualdad racial en Estados Unidos y el que se involucra en el pacifismo. En fin, con la relatividad de este físico (y humorista) judío capaz de percatarse de que «es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio».

(*) En la imagen: La Bonne Trajectoire, de Guy Peellaert, en la que aparecen Einstein y el legendario bateador Babe Ruth.

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3 comments ↓

#1 “La absolutidad” on 03.30.12 at 10:32 am

[…] “Cuando la gente prefiere la seguridad a la duda; acusar a comprender”, escribe de la Nuez […]

#2 JR on 03.30.12 at 10:03 pm

Thumb up!. Tienes (o mejor, cargas pesadamente) toda la razón. Vivimos tiempos de ortodoxias impe/placables. Pueden modificarnos paisajes poderosos en apenas un cuarto de hora. Pueden derruirnos una empatía con un desplante intransigente.

#3 luz on 04.09.12 at 5:15 am

e ir “armado” con una barrita de chocolate. Los Skittles son caramelos.

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