Julián Herbert en La Central

Iván de la Nuez

Este jueves 24, presentaré a Julián Herbert con su novela Canción de tumba. Será en La Central, a las 19.30, en la librería de Mallorca 237. A continuación, refresco la crítica del libro que ya compartimos en el blog. Los lectores de Barcelona, quedan invitados.

Sin anestesia

“Antes de emplear una palabra hermosa, hazle un sitio”. Este frontispicio de Joseph Joubert puede aplicarse, también, a las palabras terribles. Antes de usarlas, conviene crearles un espacio adecuado que las proteja de esa extendida convicción que considera que las historias tremendas se “explican solas”.

Julián Herbert -el poeta y el narrador, el músico y el performer– siempre ha “gozado” de un relato extremo que compartir. Pero siempre ha encontrado un hueco –un agujero negro cuando ha hecho falta- en el que colocar, en su justa medida, un estilo narrativo a la altura del desarraigo o la violencia, de la intemperie o la vida tóxica que han atravesado sus obras. Esquivando, desde una escritura certera y honesta, la sobredosis de énfasis; cualquier tentación de mecerse sobre la tragedia.

En Canción de tumba, el autor mexicano alcanza su punto más alto en esa batalla por conquistar un lenguaje apropiado para lidiar con el precipicio. El libro aborda, sin paliativos, la historia de una madre prostituta y un hijo a la deriva. Se sumerge en el prostíbulo y en el hospital, moteles y desahucios; dibuja sueños fallidos. A nuestro narrador le impulsa la redención y al mismo tiempo le ronda el suicidio.

Es como si Spider, el personaje de Patrick McGrath, practicara su delirio en la franja de la cordura. O como si aquel malogrado suicida de Thomas Bernhard se viera obligado a sobrevivir en la zona caliente de latitudes más broncas. Sin anestesia de ninguna índole; nada a mano con que cauterizar su circunstancia.

Herbert avanza en la tiniebla, persiguiendo, acaso, una secreta salvación para su madre –“sólo hay una. Y me tocó”, reza el exergo de Armando J. Guerra que abre la novela- y para sí mismo.

Por momentos, la madre cree que, en las luces de Cuba que pueden verse desde Yucatán, hay un mundo sin prostitutas ni pobres en el que ella hubiera podido redimirse. Y allá va el hijo a comprobarlo. Sólo que esto, como la mayoría de las fantasías de una prostituta en estado terminal, no es más que un fuego fatuo. Otro más dentro del continuo up and down mental de una mujer atormentada en proceso de extinción. Este zig-zag, por otra parte, es la reproducción de una existencia oscilante. De una ciudad a otra, de un hombre a otro hombre, de una a otra miseria. Y como esas luces de Yucatán que prometían una utopía al alcance de una hora de avión, no son más que espejismos de vidas posibles.

Por el camino, el goteo persistente de una degradación física que, paradójicamente, desbroza el camino hacia una cierta reconstrucción sentimental. Y un racimo de asuntos irresueltos, ya crónicos en el trabajo literario de Herbert. El de los nombres, por ejemplo. Estos parecen esconderse o multiplicarse, chocar o eludirse, pero el autor no consigue, en ningún momento, fijarlos. Acaso porque la vida nómada que describe está llena, cómo no, de absurdos burocráticos y equívocos prosaicos.

Así que el autor termina abdicando de unificar los apelativos que le califican –el del pasaporte o el de la vida cotidiana, el que esgrimen las autoridades o el que pronuncia su hijo- y se lanza a conseguir, no una firma, sino una huella. Alguna marca no perecedera que le hable al mundo y al tiempo desde esta epopeya de bajo fondo donde la redención es la novela misma.

Como en Sin anestesia, la película de Andre Wajda, Canción de Tumba es, casi a pesar de las situaciones que relata, una historia acerca de la lealtad. Una pieza rotunda que condensa, si cabe, los libros y preocupaciones anteriores de Herbert (El nombre de esta casaCocaína). Y, la verdad, no se sabe que resulta más difícil: si apartarse de su lectura o reponerse de ella. Así de hipnótica y dura es esta novela protagonizada, y narrada, por un Sancho Panza del siglo XXI mexicano cuya misión consiste en testimoniar, y acompañar, el delirio hasta las últimas consecuencias.

(*) Publicado en Babelia, El País, 21 de enero, 2012. 

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