Salvando al soldado Kennedy

Iván de la Nuez

Stephen King, otrora Rey del Terror, acaba de publicar en español (Plaza & Janés) su monumental novela 22 / 11 / 63. El libro aborda, ni más ni menos, el viaje en el tiempo que emprende Jake Epping con el objetivo de evitar el asesinato de John F. Kennedy. Se trata de una Obra Maestra, así con mayúsculas. Al punto de que Rodrigo Fresán –irreductible lector del Rey King- la ha situado al nivel de sus mejores entregas: Carrie, El resplandor, La zona muerta. También le ha concedido valor a la solidez realista del libro, por más que aborde la posibilidad inverosímil del desplazamiento en el tiempo.

Vayamos a la historia que plantea la novela. Jake Epping es un profesor de inglés en un instituto, frecuenta una hamburguesería extrañamente barata para estos tiempos, y en ella conversa a menudo con el viejo propietario y cocinero Al Templeton. Jake se busca un dinero extra dando clases nocturnas para adultos. En uno de los exámenes, descubre la historia de un hombre cojo e insignificante, conserje de su instituto y objeto de burla continua de los estudiantes (le llaman “El sapo”). La historia escrita por Dunning revela el origen de sus problemas físicos, ocasionados en una terrible noche de 1958, en la que su padre asesinó a toda su familia a martillazos y lo dejó a él mismo seriamente lesionado. Su narración, plagada de errores ortográficos, conmueve de tal manera al profesor Jake, que este le da un sobresaliente y le invita a comer una hamburguesa donde Al Templeton. Este, por su parte, sufre un cáncer terminal y es guardián de un gran secreto, tanto como responsable de una gran misión. Sus días se acaban, así que ambos (secreto y misión) necesitan con urgencia un depositario. El secreto no es otro que el siguiente: desde el sótano de su cafetería es posible atravesar una puerta y acceder al pasado (concretamente al año 1958). La encomienda no es otra que viajar allí, aguantar hasta 1963, presentarse en Dallas, y evitar el magnicidio más famoso del sigo XX. El moribundo Al está convencido de que es imprescindible –para conseguir un mundo mejor que el de hoy- que Kennedy hubiera seguido con vida. Entre otras cosas, porque su supervivencia (repito las previsiones de Al) hubiera modificado la guerra de Vietnam, el asesinato de Luther King, el conflicto racial o la misma Guerra Fría.

El elegido, ya puede imaginarlo el lector, no es otro que el aburrido profesor Jake Epping, que tiene 35 años en 2011 y que pasará al “otro lado” con la identidad de George Amberson. El salto a lo que King llama La Era de Antaño tiene, desde luego, sus códigos, como es que cada vez que se atraviese el umbral del tiempo se rompe todo lo hecho o deshecho en el viaje al anterior. O que, al regresar, sólo han pasado dos minutos del presente, cualquiera sea el tiempo transcurrido en la otra época. Después de probar dos veces (entre otras cosas para arreglar la vida truncada del conserje lisiado) el profesor Epping emprende, por fin, la gran Odisea que le llevará a cambiar la historia de Estados Unidos y el mundo.

A partir de aquí, empieza una larga, detallada y accidentada trama en la que el protagonista busca a Oswald, el magnicida, con la firme decisión de eliminarlo. Más allá de esta búsqueda, fascinante por sí misma, lo mejor de la novela está en la recreación de esos años, con todas sus texturas y olores, sus automóviles y costumbres, su vestimenta y su música. Ahí está ese viaje al sur por carretera sin encontrar una sola cadena de comidas, salvo el reinado de Woolworth, ya en Dallas. Una época de segregación racial, por una parte, y en la que los tratos se cerraban con un apretón de manos, por la otra.

En más de una ocasión, Camille Paglia ha descrito a los cincuenta como una década hipócrita en la vida americana. Con esa foto familiar que ella consideraba tan propensa a la represión como al incesto. Stephen King no ignora ese doblez, pero su novela nos descubre otros matices que van desde el amor hasta la eclosión del baile. En La Era de Antaño, ciertamente, una pareja no casada debe disimular sus relaciones sexuales ante los vecinos, pero no se reprime a la hora de comerse por la mañana, después de la contienda sexual de la noche anterior, media docena de huevos con beicon. El sexo era aún un problema, el colesterol no. Tampoco la contaminación ambiental debida a las emanaciones de las fábricas o fumar compulsivamente en cualquier establecimiento.

Nuestro héroe, en todo caso, pasa apuros, se enamora, y pronto se convierte en un enigma, más bien un problema, para sus conocidos y amigos. Algo normal, si tenemos en cuenta que dice frases que no se usan (todavía), gana apuestas increíbles de béisbol o boxeo (sabe los resultados) o entona canciones de los Rolling Stones que son posteriores a los tiempos en que vive.

En cuanto al magnicidio que George Amberson (antes Jake Epping) debe evitar a toda costa, la apuesta de King es taxativa. No es que, tanto el personaje como el novelista, ignoren las distintas teorías de la conspiración alrededor del asesinato de Kennedy. Así el FBI o la KGB. Castro o el Anticastro. Los petroleros de Texas o los comunistas. La mafia o los republicanos. Ni los libros de Gerald Posner, Edward Jay Epstein o Thomas Mallon, todos ellos, entre muchos otras obras, documentos, entrevistas y filmaciones, consultados por el escritor y de los que da noticia en un epílogo tan instructivo como honesto.

Sin embargo, como concluyó Norman Mailer contra su propia idea inicial en Oswald: un misterio americano, King se decanta por la versión del hombre solitario y por aceptar las conclusiones de “la aburrida Comisión Warren”: Oswald actuó en solitario y no fue el cabeza de turco de una conspiración insondable. Lo que ocurre es que, como también dijo en su día Mailer, “a nuestra razón le es virtualmente imposible asimilar que un hombrecillo solitario derrumbe a un gigante en medio de sus limusinas, de sus legiones, de su muchedumbre, de su seguridad”.

Esta conclusión, discutible, convierte a la novela en un Western. Un duelo a muerte entre dos hombres comunes que, de repente, están llamados a encarnar al héroe americano y al villano americano.

No adelantaré el desenlace –los desenlaces- de este libro adictivo de 900 páginas. Como dice Stephen King, el pasado se protege, hace trampas. Es un lugar –esa Era de Antaño- donde gracias al efecto mariposa (atribuido aquí, curiosamente, a Ray Bradbury y no a la Teoría del Caos) los arreglos que se hacen en un sitio pueden descomponer una vida tranquila en otro.

Dejémoslo aquí. Stephen King ha vuelto a lo grande, y con bola extra, en esta pieza que, otra vez Rodrigo Fresán, tiene más de Lewis Carroll que de H.G. Welles. Más de Alicia en el País de las Maravillas que de “La Máquina del Tiempo”. En 22 / 11 / 63 es más bien el tiempo el que se comporta como una máquina. A veces divina, a veces diabólica, cuya función, por mucho que creamos saber del porvenir de los otros, consiste en ocultarnos el destino que nos espera a nosotros mismos.

(*) Publicado en Babelia, El País, 30 de junio, 2012.

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2 comments ↓

#1 El sí a King on 07.02.12 at 10:57 am

[…] gusta leer a Iván de la Nuez defendiendo a Stephen King. Antes éramos los […]

#2 Anónimo on 07.09.12 at 1:41 pm

[…] […]

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