12 rounds en “El jardín colgante”

Iván de la Nuez

Uno. El Jardín colgante es una novela tan cínica e insana como los lados más inconfesables de la transición. Pero no es una novela sobre, sino un residuo de esta. Un residuo tóxico.

Dos. Los libros de Javier Calvo no tienen, ni buscan, solución. De ahí que no clasifiquen, aunque El jardín… o Corona de flores así lo parezcan, como “novelas problema”. Eso sí, ambas trazan, con la misma amoralidad, un mundo donde el muerto, el asesino, el detective y el móvil carecen de importancia. Lo único trascendente aquí, a nivel policíaco, es la oportunidad (su «circunstancia»).

Tres. Desde una mirada bárbara y extranjera, las novelas sobre la transición –un género español como lo fue la novela del dictador para los latinoamericanos- no parecen viajar en el tiempo para restaurar la verdad del pasado, sino para desvelar la mentira del presente.

Cuatro. Ante esa transición a lo McLuhan –toda medio, toda mediación, toda mensaje- la única manera de redimir la República sería situándola en el porvenir. Más que de la arqueología, requiere del futurismo. ¿No fue eso, acaso, lo que intuyó Orwell, republicano y futurista él mismo?

Cinco. Aunque hay generaciones que no lo conciban, Barcelona ha sido, alguna vez, una ciudad sin “modelo”. Y si Corona de Flores desarrolla su argumento antes del Modelo Modernista, El jardín colgante despliega su trama, un siglo después, antes del Modelo Barcelona. Su autor, en cambio, ha escrito estos dos libros después que este último haya quebrado y quedara convertido en “marca”.

Seis. El jardín colgante no es (parafraseando a Isaac Rosa) otra “puta novela sobre la transición”, sino la constatación de su permanencia; su continuidad suspendida sobre nuestras cabezas. Por eso no es constatable en ella un ajuste de cuentas, sino una alerta. Un “yo lo advertí”, minutos antes de que el meteorito amenanzante que la cruza se desplome sobre el país y expanda su torrente de mierda.

Siete. Tiene razón Jordi Gracia cuando dice que los personajes de El jardín colgante parecen estereotipos. Pero, ¿hay algún detective de la literatura que no lo sea? ¿Se puede ser más ridículo que Holmes o Poirot? ¿Más sobreactuado que Sam Spade, incluso antes de que lo encarnara Bogart? ¿Cómo clasificar a un Pepe Carvalho que inicia su gesta afirmando, como si tal, “Yo maté a Kennedy”? ¿Qué decir de sus ayudantes –Watson o Biscuter-, sus secretarias y sus mujeres fatales?

Ocho. El Jardín colgante es una mezcla de Graham Greene (pero el de Nuestro hombre en La Habana, no otro) y algunas de las aventuras más disparatadas de César Aira. Despues, Mad Max y Blade Runner, Manuel de Pedrolo y Juan Eduardo Cirlot, Lovecraft y Spike Jonz, Juan Marsé y Francisco Casavella, Joan Colom y Eugeni Forcano, Conan Doyle y Stalker: es “la zona”. También un número completo de la revista Vice (si esta aceptara cambiar tema por relato).

Nueve. Risas enlatadas, los guiones de Roger Gual, los quince años de The Designers Republic, Coetzee, McGrath y Foster Wallace, El dios reflectante, Mundo maravilloso… A partir de ahí, la decisión de narrar, en Corona de flores, una época en la que no existía la televisión ni los cines ni el pop, aunque sí en abundancia los fantasmas famélicos del premodernismo. También la enseñanza de Dickens y una obsesión por convertir el folletín en follón.

Diez. Calvo lleva algún tiempo amenazando con un ensayo sobre Barcelona al que le está dando vueltas. ¿Un assaig al ast? Un assast. Pensándolo bien, esta no es una mala manera de definir, en catalán, un texto urbano del cual Corona de flores y El jardín colgante dejan traslucir algún derrotero. Un ensayo que, en todo caso, no debe ser visto como un cambio de disciplina, sino como la constatación de otra indisciplina literaria.

Once. Franco, como también Fidel Castro o cualquier otro recordista de la longevidad en el poder, no basó su dominación en la implantación del Orden, sino imperando en el Caos. Tal vez, por eso, la transición en España hizo de la fiesta (el alcalde Tierno Galván, sin ir más lejos) un referente “organizativo” de la democracia.

Doce. Ante la evidente crisis de esa democracia, El jardín colgante aporta una clave, y está en Aristides Lao, Melitón o Teo Barbosa, esos personajes… En realidad, ellos nunca tuvieron la encomienda de insertar formas democráticas en el cuerpo de la tiranía anterior, sino la estricta misión de diseminar su vileza en el nuevo mundo de la pluralidad.

(*) El jardín colgante, Seix Barral, ha ganado el Premio Biblioteca Breve 2012. 

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