El deporte como catarsis

Iván de la Nuez

Se cuentan por centenares de miles los españoles que salieron a la calle, por toda la geografía del país, a celebrar el triunfo de la selección de fútbol en el Campeonato de Europa. Es probable que exista, pero a mí no me viene a la mente ningún líder europeo que esté en condiciones de desatar una movilización de esa magnitud.

Los que han acabado su mandato porque, abrasados por la crisis, sólo producen incredulidad. Y los que han estrenado cargo porque únicamente están generando incertidumbre.

Exactamente lo contrario que estos futbolistas, quienes en cuatro años se han ganado un crédito inobjetable acumulando dos campeonatos de Europa y uno del Mundo (hasta ahora algo no alcanzado por ningún equipo). Estos muchachos consiguieron que mucha gente se olvidara de la que está cayendo; por unos días, unas horas, unos minutos…

El acto de recibimiento en Madrid fue una celebración y, asimismo, una catarsis.

Y fue -como el carnaval primigenio- el mundo al revés.

Así, un país que será rescatado de su hecatombe financiera, ha demostrado la máxima profesionalidad en algo (aunque fuera en eso que Vázquez Montalbán definió alguna vez como una religión en buscada de un Dios: el fútbol). Por un día, todo lo que era crítica en la prensa anglosajona (desde las playas hasta las siestas, de las políticas sociales a la picaresca) se convirtió en alabanza. El sapo parecía haberse transformado en príncipe.

La euforia alimentó la sobredosis de exaltación patriótica que suelen tener estos festejos y adquirió tintes políticos obvios. Como una especie de reivindicación del sur frente a un norte derrotado; acaso una venganza por los brincos descompuestos de la canciller alemana Ángela Merkel en el palco cuando Alemania vapuleaba a Grecia. No ha faltado la certeza de que el venerable entrenador, Vicente del Bosque, cumple los requisitos para ser un buen presidente –atildado pero honesto, discreto pero seguro- y, ya puestos a repartir cargos, hasta los jugadores fueron ensalzados, través de las redes, como ministros preferibles a los verdaderos.

Los locutores de televisión enfatizaban, en el triunfo español, la prueba de que las cosas se podían hacer bien y, en general, la victoria se vivió como un ejemplo fehaciente de los valores colectivos. España jugó, por encima de todo y de todos, como un “equipo”, todo lo contrario a un individualismo que hace aguas por todos lados (y que acaso sólo queda como paradigma del “sálvese quien pueda”).

No es la primera vez que el deporte funciona como catarsis política.

Mientras era invadida por los soviéticos en 1956, Hungría derrotó en las Olimpiadas de Melbourne a la URSS por un contundente 4-0 en waterpolo, una gesta recogida en Freedom´s Fury, documental producido por Tarantino (con dirección de Colin C. Gray y Megan Raney) que reconstruye aquel partido y sus “circunstancias”.

De las Olimpiadas de México 68 ha quedado la imagen de los atletas Tommie Smith y John Carlos con un guante negro cada uno alzando sus puños contra el racismo (acaso también a favor del Black Power). Esta crítica en el lugar inesperado –nada menos que en el podio de una final olímpica- sucedió apenas dos semanas después de la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas. Fue el mismo año que los tanques soviéticos invadieron Praga y los jóvenes tomaron París con sus eslóganes de “Prohibido prohibir” o “La imaginación al poder”.

Desde entonces, es posible rastrear esas protestas “fuera de lugar”, donde la política aparece, por así decirlo, “en otra parte”. Alejada de sus templos habituales; de los congresos, los parlamentos, la partitocracia.

Si viajamos, por ejemplo, hasta la RDA de los años setenta, encontraremos a unos jóvenes hartos de la vida reglamentada por el Partido y vigilada por la Stasi. Su acción no contemplaba ni la inmolación ni la militancia; sino algo más sencillo y razonablemente más libre, aunque igual de temerario para las mentes cuadradas de la burocracia. Querían dedicarse al skate. Así que construyeron sus propias tablas para patinar. Unos artefactos rudimentarios que quedaban algo lejos del mercado incipiente que, por esas fechas, lanzaba este deporte callejero al otro lado del Muro que los separaba de Occidente. El recién estrenado documental de Marten Persiel, This ain’t California (2012), da cuenta de esta pequeña epopeya, dibujada fuera del trazado convencional que les marcaba la política que parametraba sus vidas.

En La Habana de comienzos de los años noventa, tuvo lugar una sorprendente performance. Su lema, El arte joven se dedica al béisbol, no puede decirse que fuera “político”; al menos no con la solemnidad que suele acompañar esta palabra, pero sí fue elocuente. Los artistas cambiaron sus cámaras y pinceles por los bates y los guantes. Y se “dedicaron al béisbol” como un acto de reprobación a la política cultural de ese momento en la isla (y con la que entendían que no había salida en el campo artístico).

Algo de toda esta historia se dejó ver en las celebraciones españolas por la Eurocopa, acaso la única buena noticia que ha vivido este país, a lo grande, en los últimos tiempos. (Los investigadores españoles implicados en el descubrimiento del bosón de Higgs no han provocado mucha algarabía).

Lo que pasa es que las fiestas, por desgracia, no pueden durar toda la vida: hay un momento en el que hay que recoger y regresar a casa, aunque sea a cuatro patas y en el peor estado. “Con la resaca a cuestas”, como cantaba Serrat, llega el momento en que el sueño de la igualdad se desvanece y la realidad entra por la ventana. Una aspirina, o dos, y cada cual vuelve a su estatus: el rico a su riqueza, el pobre a su pobreza, el cura a su misa y, aunque envuelto en la bandera, el banquero a la divisa. Intervenida, eso sí.

(*) Publicado originalmente en Club Dante, 6 de julio de 2012. En las imágenes: la selección española de fútbol celebrando el título en Madrid; el waterpolista húngaro Ervin Zàdor, héroe de la victoria contra la Unión Soviética en 1956 en el momento que tiene que abandonar el partido sangrando; y cartel del documental This ain’t California.

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3 comments ↓

#1 Luz García on 07.08.12 at 1:43 pm

Hola, entiendo lo de la protección de la autoría. Pero no podrías, cuando se da a la tecla del compartir, para face, etc., que saliera al menos el título del artículo que interesa difundir? sólo sale la dirección de tu página web, sin nada más, con lo cual dificílmente puedes crear interés en el face. Podrías modificarlo? tampoco sé si te interesa hacerlo. Gracias, Luz

#2 AF on 07.08.12 at 4:21 pm

El fútbol español adeuda a Hacienda 752 millones de euros, deuda que crece cada año. Liga de fútbol con una deuda de más de 5000 millones de euros, con estrellas multimillonarias en empresas arruinadas.

#3 antonius block on 07.09.12 at 7:51 am

Los intelectuales por lo menos deberían tener una visión un poco mas crítica del fútbol. Aunque crean en su bondad, para compensar la imposición que el deporte y sus partidarios, con una agenda nada clara, hacen al resto de la sociedad.
Los muchachos no consiguieron ese día que se olvidara lo que está cayendo, sino que el fútbol omnipresente es uno de los catalizadores de la caída, del olvido de todo lo que no es fútbol, cultura, arte, literatura y humanismo incluidos. El éxito de la selección española no se contrapone a los políticos y su fracaso, sino que los apoya, promociona y legitima

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