La arquitectura posible

Iván de la Nuez / Un texto de 1989

¿Es posible hablar de una arquitectura cubana de los 80, como se hace de la plástica, la poesía o la nueva canción? Esta pregunta es fundamental para comprender un movimiento cultural que se ha desplazado por toda la década desde (y no exclusivamente en) la arquitectura. Este movimiento ha proyectado su inserción social de una manera notable, y recorrido trayectos muy similares a los del resto de la intelectualidad protagonista de algunas rupturas en esta década. En cualquier caso, estamos ante una arquitectura autorreflexiva, que parece preguntarse en cada momento qué es, o qué debe ser, y cual es el lugar del arquitecto en la sociedad cubana. Es una arquitectura cuyas características, también, se deben a sus primeros naufragios, padecidos por los precursores de principios del decenio (Emilio Castro, Rafael Fornés, Enrique Pupo) con más nostalgia y menos alegrías que “los que llegaron después”. (1)

Acaso por la razón anterior, se permita los lujos de ser especulativa, conceptual, irónica. Y asumir como finalidad no tanto construirse como meditarse, indagar en su propia historia, expandirse más allá de sí misma y concebirse como un modo de operar y transformar la ciudad desde la mayor pluralidad de universos posibles. La ciudad comprendida como “cosa humana por excelencia”, armada por todas aquellas obras que constituyen el modo real de transformación de la naturaleza” (2); y los hechos urbanos entendidos como un proceso “complejo” donde cada componente aporta su peculiaridad válida e irreemplazable.

No es casual que este movimiento coincida con la restauración de la Habana Vieja, y tampoco que intervenga confrontándose con parte de sus propósitos. Estos arquitectos están dispuestos a reconocer los aportes realizados en materia de recuperación y conservación del patrimonio, pero también están resueltos a asumir las culturas subalternas y renegar de una reconstrucción unívoca, palaciega y autoritaria.

Los nuevos arquitectos refutan, en fin, una tradición distorsionada, cuyos efectos dominantes nos enclaustraron en una modernidad racional, absoluta y selectiva. Es por ello que emplean las variantes postmodernas, aunque de un modo funcional, para dejar sólo como un primer paso la información teórica que han tenido a su disposición. Han “aprendido de todo”. Sin embargo, más que de los libros de Venturi –los cuales se han agenciado por cualquier vía– han aprendido de una realidad arquitectónica circundante, caótica y misteriosa, que va del barracón a la barbacoa, del art-decó que sobrevive en el Malecón hasta el sobrio kitsch, hoy necesariamente retro, de los cincuenta. Sin olvidar la activación de los solares habaneros. La postmodernidad (si es que podemos usar este término) les viene de Aldo Rossi y de Phillip Johnson, pero también de una experiencia concurrida por estilos y posibilidades.

Como toda verdadera ruptura cultural, este movimiento es heterogéneo y polémico en su propia lógica interna, aunque cohesionado en sus propósitos y en los obstáculos comprensibles o insólitos que están obligados a franquear casi a diario. Otros puntos de confluencia se localizan en la búsqueda de la historia arquitectónica cubana y en la activación de elementos que son tanto estructurales como del orden de las costumbres, ya algo olvidados o relegados a la hora de comprender los requerimientos adecuados de cada espacio urbano. Hay una coincidencia en la valoración de la esquinas, de las funciones que desempeñan los interiores, la apreciación del Malecón como gran portal de la ciudad y en el punto de vista sociológico de la intención arquitectónica. (4) Por otra parte, en casi todos los casos se asigna una trascendencia profunda a las costumbres y alternativas populares, por lo que podría afirmarse que, en muchas ocasiones, simplemente se ofrece la infraestructura necesaria para legitimar actitudes y necesidades cotidianas. (5)

Lo anterior no significa que estemos ante una arquitectura pasiva, sino aguda, mordaz, indagatoria y activa para incidir en la cultura y la sociedad toda con un aliento muy contemporáneo, que puede ser semejante en sus presupuestos a la de los artistas plásticos de las promociones más recientes. Tales convergencias contienen los rasgos de lo que Denise Scott Brown ha denominado como una actividad “socialmente responsable”. (6)

Una evocación de algunas individualidades puede confirmarlo. Desde el explosivo Congódromo Chano Pozo, propuesto por Rosendo Mesías, hasta el insinuante proyecto conceptual Se formó el Cuchún (título más bien próximo a un número de la orquesta Revé) se hace posible el descubrimiento de una gama de opciones con los más variados recursos expresivos. El Congódromo, por ejemplo, recupera los lenguajes carnavalescos desde una perspectiva deconstructivista. Es el ofrecimiento de un espacio con la personalidad de un enorme solar, para que habiten allí los tiempos diversos que el carnaval recoge y olvida, expresa y oculta, insinúa y transgrede. Se formó el Cuchún (Teresa Luis, Héctor Laguna, Oscar García) confirma una mirada lacónica, descabellada y violenta hacia el Malecón, desde un criterio irrealizable (aunque deseable) de “traer y extraer” las construcciones que los autores rechazan o prefieren. Es una especie de arquitectura escatológica, que muestra los deterioros y se permite hacer compartir, en la conocida fachada de la ciudad, al Castillo de la Punta con la Ópera de Sidney, el Museo Guggenheim o la Sagrada Familia. Hablamos de una ciudad inundada por Phillip Johnson, Robert Venturi, Le Corbusier, Gaudi o Michael Graves. Todo apuntalado por incisivos y recontextualizados titulares de prensa con claras alusiones al movimiento de los 80.

Andar el Malecón (Juan Luis Morales, Teresa Ayuso, Francisco Bedoya) es un modelo que sintetiza el derrotero por el que caminan los arquitectos más jóvenes. En este caso, se han planteado reciclar la cultura arquitectónica y operar desde la mayor multiplicidad. Su investigación se concentra en las actitudes espontáneas que tienen lugar en la zona escogida, y se apropia de la tradición tipológica y funcional que tuvo alguna vez el Paseo del Prado o la Alameda de Paula. Las “citas” de esta propuesta aluden por igual a elementos de la tradición cubana y a Miguel Ángel, Aldo Rossi o Frank Lloyd Wright, desde una dinámica que vulnera, desde el primer momento, el impulso conceptual para mostrarnos, en toda su funcionalidad, una red de servicios capaz de reactivar (no ostentosamente, pues tienen los pies en esta ínsula) la cultura culinaria criolla. Es la invitación a pescar, bañarse e ingerir más tarde un tamal de confluencias postmodernas. Imaginemos a Robert Venturi diseñando una fiambrera ovoide para significar el expendio de productos del huevo o a Portoguese obligado a resolver tipológicamente un puesto de refrescos de paquetico.

No han faltado los proyectos hi-tech, como los presentados por dos equipos que compiten ahora en Tokyo (8), los cuales proyectaron, para dos manzanas, sus respectivos centros culturales con toda la sofisticación imaginable en una plaza de grandes dimensiones. Y tampoco los diseños para consultorios del Médico de la Familia, que Eduardo Luis Rodríguez y Abel Rodríguez han visto realizados para su euforia. El primero trabajó la zona aledaña a Sol y Campanario, retomó el tema de la portada y recuperó el patio central, con la correspondiente jerarquización de la esquina. Eduardo Luis, por su parte, se propuso “citar” los monumentos arquitectónicos que Rossi ha prefijado como “la trama de la ciudad” (Convento de Santa Clara, Iglesia del Espíritu Santo, una tintorería de la zona) para que, al final, todos ellos estén discretamente “presentes” en su construcción.

En Abel Rodríguez es apreciable una disposición frugal, impregnada de recursos racionalistas que no lo llevan, en ningún momento, a “desindividualizar” el edificio (como resuelve en su proyecto de Prado y Genios o en el consultorio citado), sino que –desde la continuidad de la personalidad de la construcción– consigue entablar un diálogo con el entorno y prever, al mismo tiempo, las condiciones concretas para su ejecución. Todas estas características, se dimensionan, en su máxima escala, en el proyecto de Águila y Reina, donde el edificio se sumerge en la ciudad, asumiendo referencias que van desde la Universidad de la Habana hasta el Capitolio.

Emma Álvarez Tabío, que además escribe sobre arquitectura, ha fijado, por su parte, un universo sobrio y sutil. Su proyecto de Restaurante Vegetariano (un re-diseño de la pizzería El Rodeo), y la gasolinera de Boyeros y Santa Catalina, entre otros, demuestran una preocupación ecológica y sensitiva que parece destinada a dialogar, más que con el entorno, con las personas que acudan a “admirar” su revival burlón.

Rolando Paciel, a dúo con el artista plástico Huber Moreno, ha optado por la comunicación ideológica en su insistencia por convertir el Morro en una gran valla que nos anuncie las conmemoraciones simbólicas –un inmenso brazalete rojinegro para el 26 de julio, por ejemplo– o nos informe, colocando esta vez una gorra en la “cabeza” del faro, que estamos en la Serie Selectiva de béisbol.

 

Quiero resaltar, por último, el caso muy singular de Francisco Bedoya, dotado de un saber enciclopédico sobre la arquitectura colonial, incluida aquella de la que no existe información visual. Bedoya –con su dibujo fuera de lo común– ha desplegado decenas de plazas, fortalezas y edificios a partir de la documentación histórica, que busca meticulosamente. El practica una cultivadísima “imaginación arquitectónica”, digna, por lo menos, de un libro. Nadie como Bedoya, en nuestro medio, ha resumido la metáfora de Phillip Johnson, recordándonos que “hacer arquitectura es vagar a placer por la historia”.

Pudiera objetarse a la joven arquitectura cubana una actitud excesivamente cosmopolita, aunque esa evasión es comprensible si miramos las barreras que reducen sus potenciales creativos. (8)

Asumir lo paródico (he encontrado un proyecto firmado por Aldo Rossi y Juana Bacallao) y hasta lo inmediatamente risible, no resta seriedad al concepto de arquitectura que estos jóvenes nos intentan transmitir. Se trata de sustituir esa arquitectura “cosmética” que se nos impone por otra con un sentido sustancialmente diferente desde el punto de vista histórico y humano, sólo asimilable, desde las estructuras burocráticas, a partir de una nueva cultura urbana y otra sociología de la arquitectura.

Ellos saben que no viven en la afirmación lyotardiana de un mundo postindustrial que ha abandonado el emblema de progreso por el de conocimiento. Pero también le conceden su importancia a no identificar nuestra pseudomodernidad, o modernidad periférica, con el emporio del “gran proyecto de la Razón” consignado por Habermas.

Están mucho más próximos a entender la cultura cubana como un juego de sistemas, y a su arquitectura como un envoltorio misterioso –según el decir de Prat Puig (9)–, todavía por desentrañar.

Tal vez en contrapunto con la visión apocalíptica de Jean Baudrillard, Gerardo Mosquera nos ha dicho, con agudeza: el 2000 está aquí.

Para la joven arquitectura cubana esta afirmación es y no. Al menos, muchos tenemos la esperanza de que este movimiento construya las ciudades cubanas del milenio futuro. Para esa fecha, otra promoción estará ejerciendo su legítima presión e intentando nuevos y más osados proyectos. Sería imprescindible, entonces, para estos arquitectos maduros de esos días, saber dotar a los próximos del espacio suficiente para la existencia de todas las culturas y las arquitecturas posibles.

La Habana, noviembre-diciembre de 1989. Escrito originalmente para el catálogo de la exposición sobre la Arquitectura de los 80 (que al final no se publicó). Publicado en La Gaceta de Cuba, enero-febrero, 1990.

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NOTAS

(1) Castro, Fornés y Pupo comenzaron a plantearse sus proyectos “más allá” de la arquitectura habitual y la ampliaron, otorgándole una dimensión cultural mucho más vasta, sintonizada con los cambios constructivos y teóricos que acontecían en el mundo y en perfecta consonancia con la plástica cubana del momento. Los tres introdujeron las corrientes postmodernas en sus proyectos. Por ejemplo: Fornés: Restaurante Pacífico o el Parque (frente al Riviera). Emilio Castro: Re-diseño del Castillo Ca´venier (Venecia) o Microbrigada (Avenida de las Misiones). Enrique Pupo: Parque Salvador Allende. Los tres conservaron su propia personalidad, y tanto Fornés como Castro ocuparon un espacio en las artes plásticas, invitando incluso a artistas (como Eliseo Valdés o Tonel) a sus propuestas de equipo.

(2) Aldo Rossi: La arquitectura de la ciudad, Barcelona, 1982, p.77.

(3) Las lógicas de poder de la representación arquitectónica han sido analizadas por Carlo Aymonino en El Significado de la ciudades. (1975).

(4) Un ejemplo de esta afirmación es el proyecto Azoteas, presentado por Juan Luis Morales, Rosendo Mesías, Teresa Ayuso y Lourdes León.

(5) Este juicio se ha expuesto elocuentemente en el taller de la Tercera Bienal de La Habana, donde sobresalieron, en esa línea, los proyectos de Patricia Rodríguez y María Eugenia Fornés, así como el
citado Andar el Malecón, entre otros.

(6) Cfr. Denise Scott Brown y Robert Venturi: Aprendiendo de todas las cosas, Barcelona, 1971.

(7) Un equipo está integrado por Juan Luis Morales, Teresa Ayuso, Nury Bacallao, Francisco Bedoya, Rosendo Mesías y Rolando Paciel. El otro lo componen Mario Durán, Bejerano, Eduardo Luis Rodríguez, Adrián Fernández y Elsa Suárez.

(8) Como movimiento, sólo encontramos una fuerza dinámica en La Habana y Santiago de Cuba. Este último ha sido reflejado en un artículo de Roberto Segre aparecido en La Gaceta de Cuba.

(9) Véase Prat Puig: El Pre-Barroco en Cuba.

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2 comments ↓

#1 Joaquin Estrada-Montalvan on 05.10.08 at 8:46 am

Ivan esta entrevista en el sitio IPVCE, al arquitecto de la vocacional de Camaguey, se relaciona con este post, y me parece interesante estos testimonios en primera persona

saludos

http://ipvce.org/index.php?option=com_content&task=view&id=406&Itemid=118

Entrevista con el Sr. Reinaldo Togores, Arquitecto de la Vocacional.

#2 HBN on 06.11.08 at 7:16 pm

Una generación que en medio del paraguas de la posmodernidad, removió el panorama cultural y arquitectónico de Cuba. Muy buen articulo, gracias por publicarlo.

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