Ensayo de una exposición

Iván de la Nuez

A su crisis, el mundo del arte suma los efectos de La Crisis; así mayúscula. Afronta la adversidad de los presupuestos menguantes y, además, la de las propuestas menguantes. Hay reducción de metros, pero también de crédito. Y un compás de espera muy parecido a la parálisis. Tan expandido como estuvo el arte hace solo una década ante todo lo que pasaba a su alrededor y tan contraído que parece, ahora, ante lo que le ocurre a sí mismo.

Son diversas las consecuencias del desconcierto. Frente a la drástica reducción de las exposiciones, los comisarios tienden a pasarse, con resultados muy dispares, a la escritura de libros. Y ante la reducción de proyectos de tesis, tiene lugar un desplazamiento en desbandada hacia el manoseo de las colecciones. De manera que todo aquello que antes constituía un plan B -si bien un recodo digno, interesante y necesario de este oficio- ha pasado a comportarse como una prioridad. Un “valor seguro” que se antepone a cualquier “apuesta de riesgo”, para hablar con la jerga de los tiempos.

En medio de esos males, muy señalados en España, y a contracorriente de ellos, navega Atlas portátil de América Latina. Este ensayo de Graciela Speranza interpela, a través del arte y de sus “ficciones errantes”, a un mosaico de obras que, en los últimos tiempos, han sido capaces de remover los cimientos de esa cartografía unitaria con la que se suele despachar a “América Latina”.

El libro nace de un ligero shock, provocado por el Atlas de George Didi-Huberman en el Museo Reina Sofía, y se deja leer como una repuesta fragmentaria a esa ambición de totalidad. Cosido con los mapas personales e intransferibles de Guillermo Kuitca, Francis Alys, Los Carpinteros, Alfredo Jaar, Santiago Sierra o Mario Bellatín, el ensayo de Speranza repara en la geopolítica y en el paseo cotidiano, en el mapa global y en el apunte personal, en el compromiso ideológico y al mismo tiempo en la ironía.

Si hubo un tiempo en que algunas exposiciones tenían la ambición de comportarse como libros –ensayos o relatos-, con Atlas portátil de América Latina se da el caso contrario; el de un libro que funciona como el proyecto de una exposición. El boceto de un display en el cual lo “portátil” no es una América invariable que vaga por el mundo, sino una América “maleable” que puede armarse o desarmarse en cualquier frontera.

No se trata, pues, de un souvenir sino de un puzzle.

En esa línea, cabe destacar el modo en que la autora intercala textos ajenos –Suely Rolnik, Antonio J. Ponte, Yuri Herrera, Roberto Bolaño- que remarcan, si cabe, esa condición de esbozo previo a “otra cosa” que está más allá del libro.

El tema abordado por Atlas portátil… es un vieja obstinación americana. Se remonta al mapa accidental de Colón y al mapa intencionado de Martín Fernández de Enciso, aquel cartógrafo que en pleno siglo XVI describió a su obra cumbre -la Summa Geografica– como un libro que trataba “largamente del arte de marear”. De esos tiempos en los que la geografía operaba como un arte, nos llegan estos ecos en los que el arte se permite la libertad de funcionar como una geografía.

Tales resonancias sacuden este libro sobrio y bien construido que tiene, sin embargo, un cierre brusco y casi desaprensivo. Un ensayo, cabe remarcarlo, que asume el riesgo de no limitarse a cubrir una clasificación genérica, y que desborda cualquier impedimento escolar para comportarse como el boceto de un mundo posible. Un mapa no sólo capaz de dibujar una realidad, sino también de producirla.

(*) Publicado en Babelia, El País, 29 de septiembre de 2012.

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