Capitalismo y limusinas

Iván de la Nuez

David Cronenberg ha estrenado por aquí su película Cosmópolis, en la que sigue el viaje en limusina de Eric Packer -un tiburón de las altas finanzas- a través de Manhattan con el único objetivo de llegar a su barbero.

La asepsia del vehículo contrasta, claro está, con el caos que tiene lugar más allá de sus protegidos cristales. ¿Una metáfora de la crisis financiera? El director lo niega con firmeza, echando mano de una secuencia que, en principio, debería disipar cualquier duda. Sostiene el director de Videodrome, La mosca o Una historia de violencia que el guión de Cosmópolis fue escrito hace tres años. Por si fuera poco, está basado en la novela homónima que Don Delillo publicó hace más de una década.

Imposible, entonces, que se trate de una obra sobre esta crisis de ahora. Si así fuera, Delillo podría ser confirmado como un Julio Verne posmoderno, un practicante de la literatura de anticipación (en este caso financiera).

También cabría otra interpretación: que esta crisis es más larga de lo que convenimos, producto de codicias más antiguas y, por lo tanto, no es difícil que Delillo la avistara nada más empezar el siglo. La prueba es que, aunque Cronenberg no lo mencione, hay otros antecedentes con argumentos similares a Cosmópolis. En su ensayo La anarquía que viene, publicado en 1994, Robert Kaplan –un defensor a ultranza del liberalismo- también utilizó la alusión a un paseo en limusina para explicar el entonces pujante capitalismo global y, de paso, la democracia posterior a la Guerra Fría.

¿Merecen la democracia todos los países?, se preguntaba Kaplan. Y su respuesta no podía ser más categórica: la democracia es, apenas, un accidente “occidental”, una superstición etnocéntrica y, en el caso de los países de Asia, África e incluso América Latina, una extravagancia.

Ante la anarquía prevista en 1994 (esa bajo la que hoy vivimos), Kaplan optaba por las dictaduras “benignas” de esos años. Así, Turquía, Perú o China (capaces de garantizar el crecimiento económico y la estabilidad política), le parecían preferibles a las precarias democracias de otros países por entonces “ingobernables” (Rusia, Nigeria, Colombia), en los que el caos se había adueñado de la situación.

Lo curioso es que, para sus predicciones, Kaplan se había apropiado de una parábola de Homer Dixon, un neomalthusiano, que ¡también! utilizó la limusina para construirse una imagen del mundo.

Para ambos –Dixon y Kaplan-, la diferencia entre la limusina y los barrios por los que esta se desplazaba es la misma que encontramos entre el mundo desarrollado y los otros mundos, entre los países que merecen subirse a la democracia y los países que no pueden sentarse en ella.

Tanto el broker de Delillo y Cronenberg, como el ultraliberal de Dixon y Kaplan, practican un darwinismo financiero que da por “natural” el hecho de que unos vivan en el lujo y otros en el desahucio.

No es casual, pues, que viajen en limusinas; esos artefactos que casi siempre consiguen evitar la contaminación, aunque no siempre el tráfico.

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2 comments ↓

#1 Roberto madrigal on 10.15.12 at 6:15 pm

Excelente. Con tu atino de siempre!

#2 IváN on 10.15.12 at 6:31 pm

Gracias, Roberto. Me ha llamado la atención esa coincidencia «automotriz».

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