Tres momentos dandis

Iván de la Nuez

Esta es una historia reciente y la jalonan tres momentos concretos. Tres alertas que han dejado la pista, durante este último año, de un renovado interés por los dandis en el mundo hispanoamericano.

El primer aviso llegó  de la mano de Gloria G. Durán con su libro Dandys  extrafinos, publicado a finales del año pasado por la editorial Papel de fumar.

El segundo aviso lo acaba de emitir la editorial Capitán Swing con la edición de Prodigiosos mirmidones. Esta antología (y apología), concebida por Leticia García y Carlos Primo, es un All Star del dandismo. Para empezar, el prólogo de Luis Antonio de Villena. Para acabar, Tom Wolfe. Entre ambos, Carlyle y Baudelaire, Virginia Woolf y Francisco Umbral.

El tercero de estos avisos lo ha dado Francisco Morán. El ensayista y editor cubano acaba de compilar un homenaje a Julián del Casal como un número especial de La Habana Elegante (Segunda Época), pionera de las revistas electrónicas cubanas, que celebra así su 15 aniversario. A Morán le debemos también un título imprescindible de este rescate, Julián del Casal, o los pliegues del deseo, editado por Verbum.

De pronto, editoriales pequeñas que consiguen agrupar a grandes autores y actualizar, en pleno siglo XXI, una actitud cultural que muchos consideraban extinguida.

¿Por qué?

¿Acaso porque, como decía Baudelaire, y repite De Villena, el dandi es “el último resplandor de heroísmo en la decadencia”? ¿Acaso porque, como intuye Gloria G. Durán, el dandi está mejor preparado para salir airoso en un mundo donde todo es imagen y todo mercado? ¿Acaso porque, ahora lo explica Francisco Morán, estos personajes aun condenados al olvido ejercen una fascinación sobre nosotros que nos obliga a recuperarlos, pero no tanto para afirmarlos a ellos sino para negar a aquellas sociedades que los mantenían sumergidos?

Lo cierto es que, en medio de una decadencia sin héroes, no debe resultar extraña la búsqueda de los héroes de la decadencia. A los dandis de este siglo, en cualquier caso, no le han faltado máscaras –Michael Jackson-, ni reafirmaciones sublimes de su individualidad –David Bowie-, ni un mundo al que despreciar sin contemplaciones –Michel Houellebecq-, ni la exhibición cínica del dinero –Jeff Koons-.

Hay dandis tristes y en blanco y negro –como la Edith Piaff de Gloria G. Durán. Y hay dandis horteras –dandis anti-dandis- como el Tony Manero de Saturday Night Fever. Hay incluso, vuelvo a Durán, “dandysymas”, así en femenino. Los hay oscuros e incluso aterradores (¿dónde colocar, si no en el dandismo, a toda la saga vampírica, deudora de Drácula, que hoy hace furor?

El dandi prefiere comportarse como un rebelde antes que como un revolucionario; una característica que detectó Camus y que ha rescatado siempre Luis Antonio de Villena. Y esa puede ser una clave para entender este regreso. Más que obedecer a una “decadencia”, el dandi de estos días parece expresar una “disidencia”. Para decadente, ya tenemos al mundo.

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